Dispara misiles con sus dichos y quiere ganarse el favor popular

Operador político de Menem, amigo de Nosiglia y líder del gremio gastronómico, busca una banca en el nuevo Senado
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27 de agosto de 2001  

Hubo una época que parece tan lejana -y apenas ocurrió ayer... hace menos de dos décadas- en que la política, por contraste con siete años de dictadura militar, pasaba como una noble vocación.

En aquellos días de efímera gloria, a los acuerdos bajo la mesa se los justificaba, con razón o no, en nombre del sistema democrático apenas recuperado. Mantener la sociedad a oscuras respecto de ellos era una prueba -así se pensaba- de la disposición a cargar con una responsabilidad enorme como un transatlántico: la nave del Estado.

En esos tiempos de augusta dignidad, los hombres -no había tantas mujeres entonces- que se ocupaban de este toma y daca que engrasaba los ejes de la República eran identificados con el tecnocrático título (muy "ochentas") de "operadores políticos".

El gran operador por excelencia de aquélla época, la star admirada por todos, era el radical Enrique "Coti" Nosiglia, cuyos diversos cargos sólo eran expresión de un único rol.

Del otro lado del mostrador, en el opositor peronismo, sus interlocutores eran muchos, pero amigos personales, con disposición a hacer lo mismo, unos pocos: entre ellos, José Luis Manzano, Hugo Anzorreguy... y Luis Barrionuevo.

Barrionuevo era un sindicalista peronista por historia y vocación, una identidad muy fuerte para cualquiera criado en ella. Pero años después, cuando gobernaba Carlos Menem, a quien había ayudado a entronizar, se definiría así: "Yo soy un "operador todoterreno": sindical, empresarial, político, militar o eclesiástico".

Se hacía poca justicia, tal vez, porque era un caso único: un operador dispuesto a definirse públicamente como tal. A contramano de la discreción del oficio, Barrionuevo se hizo famoso por su propensión a las definiciones estridentes. La última de ellas: que había que "meterles picana" a los que "se robaron el país para que digan dónde está la plata que es de millones de argentinos que se mueren de hambre".

El ascenso

Un intento de explicar esta curiosidad debe partir de un recuento de su vida. Nacido 59 años atrás en Catamarca, Barrionuevo fue monaguillo, lavacopas, cadete, peón de albañil, cafetero y mozo de albergues transitorios antes de encontrar el camino del éxito: el gremialismo.

Según cuentan los memoriosos del sindicalismo, todo comenzó cuando era empleado de la seccional San Martín de la Asociación Obrera Textil (AOT). En relativamente poco tiempo consiguió conectarse con Casildo Herrera, líder del gremio y de la CGT de entonces, en cuyo nombre tomó por la fuerza (muy propio de esos años) la Unión de Empleados Gastronómicos, en 1975, de manos de Ramón Elorza, para ser echado por la Justicia 48 horas después.

De los años militares existen dos memorias. La que dice que tuvo buenas relaciones con los tres coroneles que intervinieron su gremio y la propia, que expuso en estos días: "A mí me aplicaron picana porque luchaba contra la dictadura militar, porque quería la democracia".

Cuando ésta llegó, Barrionuevo hizo buen uso de su amistad con Nosiglia, nacida, según su propio relato, de los tiempos en que militaba en la Juventud Sindical y éste, en la Juventud Radical.

Con el gremio todavía intervenido, Nosiglia logró en 1985 que Rafael Pascual -hoy presidente de la Cámara de Diputados- fuera designado interventor en su obra social, según recuerda éste. "Barrionuevo ganó el gremio en 1986 y entonces empezó a trabajar para echarme", contó Pascual a LA NACION. Un año después lo consiguió, "con Nosiglia", cuando Pascual se fue para competir y ganar una diputación nacional, explicó.

El eje Nosiglia-Barrionuevo habría servido, según versiones que se han publicado a lo largo del tiempo, para instrumentar la ayuda del gobierno radical al entonces precandidato justicialista Carlos Menem en su competencia interna contra Antonio Cafiero, cuando se pensaba que éste sería un rival más serio que aquél en las elecciones presidenciales de 1989.

Barrionuevo ha dicho que aportó un millón de dólares a la campaña de Menem y fue, según todos reconocen, organizador de su gran acto de campaña en River Plate. A actos y campañas aportaba no sólo la fuerza de su gremio, sino también la de la barra brava de Chacarita, club del que años después sería presidente.

Como recompensa, fue designado interventor en el Instituto Nacional de Obras Sociales (INOS), luego Administración Nacional del Seguro de Salud (Anssal).

Pero entonces, cuando le tocaba su turno de convertirse en el gran operador del menemismo, la lengua lo ¿traicionó? por primera vez. Cuando le preguntaron de dónde había obtenido su fortuna, respondió: "No la hice trabajando". Y relató que los gremialistas como él cobraban comisiones por la cesión de trabajos legales o contables de sus sindicatos. Le costó el puesto.

Había quedado en el imaginario popular como un hombre de sinceridad brutal. Haría uso de ello en adelante. En esa etapa de ira, tras ser expulsado del gobierno, inventó otro refrán clásico: "Hay que dejar de robar dos años" para que la Argentina salga adelante, una alusión a sus ex colegas de la administración nacional.

Fue opositor y oficialista en esos años, dentro del sindicalismo y el PJ, tanto como para participar, nuevamente con Nosiglia, en una operación legendaria: el Pacto de Olivos, que permitió la reforma constitucional y la reelección de Menem. Barrionuevo fue, según testigos, el encargado de avisarle al entonces presidente que el acuerdo estaba listo, para lo cual tuvo que superar al entorno que le impedía acercársele.

Como explicó luego: "Los dos (Nosiglia y él) sabemos que el poder es una alternancia". Esta ductilidad hizo que en el sindicalismo le atribuyan un chiste clásico: dicen que cuando va a jugar a la ruleta apuesta a todos los números, al cero y tira una ficha al piso por si la bola, por accidente, salta del tambor.

Al mismo tiempo, su cruda locuacidad le ganó el apodo de El Canciller, inventado por Alberto Brito Lima y Norberto Imbelloni, y algún episodio desgraciado: en diciembre de 1990, un grupo de personas lo corrió a cascotazos y al grito de "ladrón" hasta el edificio de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE).

Volver a empezar

Fue denunciado dos veces por enriquecimiento ilícito, pero nada se probó, pese a que se publicó en los diarios que había comprado un chalet por 230.000 pesos en el country club Golfer´s, cuya inscripción costaba entonces 12.000 dólares. En su típico estilo, apuntó:"Yo no creo en las leyes. También los que las ejecutan fallan. Ahí tenemos jueces que están detenidos (...) Yo creo en las actitudes políticas". Sus bienes estaban a nombre de su mujer, Graciela Caamaño, diputada nacional peronista de la provincia de Buenos Aires.

La amistad con Nosiglia, sin embargo, no pareció beneficiarlo tras el cambio de gobierno. Graciela Rosso, cuando era miembro frepasista de la intervención en el PAMI, aseguró que Barrionuevo y Nosiglia eran prestadores de la obra social. Barrionuevo fue el encargado de desmentirlo tajantemente en público y el tema se acalló.

Luego, la ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, otorgó personería jurídica a un segundo gremio gastronómico, llamado Nueva Organización Sindical, opositor a Barrionuevo.

Finalmente, Menem, su líder, fue a prisión. Barrionuevo empezó a buscar su propio destino y volvió los ojos al comienzo: Catamarca, su provincia natal. Diez años antes, el líder peronista local, Ramón Saadi, a quien apoyó durante el escándalo que sucedió al asesinato de María Soledad Morales y que acabaría por derribarlo del gobierno, le había propuesto que fuera senador nacional.

No aceptó entonces. "No tiene paciencia para el Congreso", explicaba su entorno. Ahora cargó contra el propio Saadi, a cuya lista ganó las elecciones internas por la candidatura hace dos semanas, en un extraño final en el que se reconoció la victoria antes de que se hicieran públicas las cifras del escrutinio.

Enfrenta el desafío que Nosiglia no superó: ganar el favor popular a cuesta de una imagen que él mismo definió hace años como "de regular a mala". Su apuesta: llamar la atención con lo que más resultado le ha dado, la "brutal sinceridad". Como se jactó alguna vez: "Algunos me buscan para fusilarme, con tal de que no hable".

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