Duhalde cambió el paisaje del barrio

En Lomas de Zamora, los vecinos no tienen una opinión unánime sobre la presencia del Presidente
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26 de enero de 2002  

A pesar de las largas jornadas de trabajo, que muchas veces lo retienen en la Casa de Gobierno hasta altas horas de la noche, Eduardo Duhalde sigue viviendo en la residencia que comparte con su familia en Lomas de Zamora y no en la quinta de Olivos, como lo hicieron 24 presidentes que lo precedieron desde que la familia Villate Olaguer donó la residencia al gobierno nacional, en 1918, para que fuera utilizada como lugar de descanso de los jefes de Estado.

Esta circunstancia cosecha, como tantas otras cuestiones que escapan de lo habitual, amores y odios entre los habitantes de Lomas de Zamora que conviven, desde hace casi un mes, con un antiguo vecino devenido primer mandatario.

Es cierto que la mayoría de los que viven cerca de la casa del Presidente están acostumbrados a tenerlo como vecino. Vivió allí mientras fue intendente, entre 1974 y 1976; desde el retorno de la democracia hasta 1987 y mientras ocupó la gobernación de la provincia de Buenos Aires, entre 1991 y 1999.

Voces

María Rosa Castoldi es dueña de un quiosco situado a media cuadra de la casa de la familia Duhalde desde hace más de treinta años. "Para nosotros es común que el Cabezón (como se dirige, cariñosamente, al Presidente) viva acá. Fue así toda su vida. Además, nos sentimos más seguros con toda la custodia que le han puesto", confiesa durante una recorrida de LA NACION por el barrio.

Beatriz Bonfiglio (56) llega al quiosco y enseguida coincide con esta postura: "Yo no tengo miedo, acá no cambió nada. Los Duhalde fueron siempre muy tranquilos, muy de barrio -comenta-. Lo que sí pasa es que hay más movimiento, mucha gente que pasa con el auto para chusmear la casa del Presidente", cuenta, con una sonrisa cómplice.

La zona de Lomas de Zamora en la que vive Duhalde es tranquila. Los árboles, abundantes, esparcen sombra sobre las casas, en su mayoría bajas. Los autos circulan despacio. Por la tarde, las calles se pueblan de chicos que aprovechan el espacio para jugar a la pelota. Las mujeres esperan a que baje el sol para baldear las veredas.

Hay otros vecinos para los que, a pesar de la costumbre, la cercanía del jefe del Estado no resulta tan cómoda. "Claro que estamos acostumbrados, Duhalde nació acá, pero por momentos nos sentimos inseguros; sobre todo cuando pasan cosas como la de la semana pasada", cuenta Sandra Olive, de 39 años, mientras sigue con la mirada a uno de sus hijos que anda en bicicleta.

Se refiere a un cacerolazo que hace diez días se produjo frente a la casa de Duhalde. Cerca de 100 personas protestaron allí contra el corralito financiero. La manifestación duró veinte minutos. Un patrullero dio la vuelta a la manzana y la gente se dispersó sin provocar incidentes.

"Para mí no es de ningún agrado", confiesa Susana Ríos, de 58 años, mientras lava la vereda. "Vivo con mucha incertidumbre; la inseguridad sigue siendo la misma porque la custodia está para protegerlo a él (por Duhalde) y no para todos nosotros -explica enojada-. Si me están robando a mí, nadie me va a venir a ayudar", pronostica.

"Si llega a haber una revolución vamos a ser los primeros en caer", pronostica Betty Sánchez desde el mostrador de su almacén. "Acá pueden armarse los mismos líos que en la Capital", reflexionó.

El camino a casa

El traslado de Eduardo Duhalde hasta Lomas de Zamora puede hacerse por tierra o por aire. En el primer caso, el Presidente llega a su casa rodeado por su custodia, que está a cargo de la Policía Federal.

Frente a su casa, situada sobre la calle Ramón L. Falcón, hay un grupo de custodia permanente. A los efectivos de la policía bonaerense que acompañan a Duhalde desde 1991, por haber sido gobernador de Buenos Aires, se le suma un grupo de efectivos de la Policía Federal.

Recorrer en auto los veinte kilómetros que separan la Casa de Gobierno del barrio de Lomas de Zamora lleva alrededor de 40 minutos.

El viaje en helicóptero, en cambio, puede hacerse en sólo quince minutos. Cuando Duhalde llega a su barrio por este medio, la nave aterriza en el Parque de Lomas de Zamora, un espacio de recreación situado a 20 cuadras de su casa.

La aeronave en la que viaja el primer mandatario es un helicóptero Sikorsky Black Hawk S-70 VIP que el ex presidente Carlos Menem estrenó, en medio de un escándalo, en septiembre de 1994. La adquisición presidencial tuvo un costo para el Estado de 16 millones de dólares.

La aeronave no tiene vibraciones y el nivel de ruidos externos permite hablar normalmente. Cuenta con un equipo de comunicaciones interno y externo mediante el cual el Presidente puede establecer conversaciones con todo el mundo vía satélite con un sistema codificado para mantener el contenido de las conversaciones en secreto.

El Presidente y las personas que lo rodean se manejan con un sistema de 100 líneas rotativas y aleatorias que permite hacer y recibir llamadas de manera que resulta imposible saber con precisión por cuál de ellas fueron efectuadas.

Se trata de un sistema "antipinchaduras". Su alta complejidad hace que para interceptar las comunicaciones sea necesario un aparato logístico muy sofisticado con el que la Argentina no cuenta.

En la Casa Rosada se realizan dos veces por semana, y de manera aleatoria, "barridas". Se trata de operativos para detectar la presencia de pinchaduras telefónicas y de micrófonos ocultos en los despachos del área presidencial.

En tiempos del ex presidente Fernando de la Rúa, estas limpiezas se hacían los sábados y otro día sin precisar, por la madrugada. El detalle de estas "barridas" es tal que no se deja nada sin registrar: hasta se levantan las alfombras y los zócalos.

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