Duhalde y Menem mantuvieron la distancia

El Presidente y su enemigo político se cruzaron en Aimogasta, La Rioja y no se dirigieron la palabra, sólo hubo sonrisas forzadas Ambos llegaron en avión a la pista de Anillaco con una diferencia de cinco minutos, pero no se esperaron En ningún momento estuvieron a solas No hubo incidentes
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25 de junio de 2002  

AIMOGASTA, La Rioja.- Se cronometraron los minutos de llegada. Los separaron siempre algunos metros. Carlos Menem recibió el aplauso que esperaba y Eduardo Duhalde, menos hostilidades de las que suponía.

La crónica de un encuentro anunciado -resultó protocolar y muy lejos de una cumbre política entre dos adversarios- arrojó, sin embargo, imágenes elocuentes.

Primero, hay que volar hasta la pista de Anillaco, a 30 kilómetros de Aimogasta. El frío cala los huesos. En una improvisada mesa de picnic, el gobernador Angel Maza, el senador Ramón Puerta y el ministro del Interior, Jorge Matzkin, toman café con tortilla criolla. Los rodea la amabilidad.

El ministro dice a LA NACION que no hacen falta día ni hora para que Menem y Duhalde, "los dos jefes políticos de mayor importancia", se reúnan. Admite que cenó la noche anterior con Carlos Menem y que habló del país y de las últimas leyes de reforma política. "Serán ellos los que decidan cuándo y dónde se encuentran", indica. A juicio de Matzkin, que Duhalde y Menem se vean nuevamente "sirve", aunque no haya cumbre.

Un pequeño avión se acerca. Son las 11.45. Llega Carlos Menem y todos se trasladan hasta la puerta de la máquina, como en las viejas épocas.

Menem está tranquilo, pese a que media hora antes, en la capital riojana, había sufrido la agresión de una solitaria mujer. Del avión también bajan Alberto Kohan, Eduardo Menem y su hijo, Adrián.

El ex presidente destaca la importancia de la inauguración de la planta aceitera de Yovilar, de la que es accionista la familia Roemmers. "Esto es lo importante", dice para bajar las expectativas.

"¿Saludo o abrazo con Duhalde?", le pregunta LA NACION a Menem. El ex presidente sonríe sin responder.

Le apuran el paso y se retiran. El resto queda en la pista. Son las 11.55.

A las 11.59 prepara su aterrizaje el Tango 03, que transporta al Presidente y a los gobernadores de Salta, Juan Carlos Romero, y Jujuy, Eduardo Fellner.

Cuando desciende, el jefe del Estado lleva sobre su hombro un poncho de vicuña color marrón. Sólo dice que está contento de llegar a La Rioja y que no hay fecha fija para las internas partidarias.

Ni Duhalde llega con su esposa, Hilda "Chiche" González, ni Menem viene acompañado por Cecilia Bolocco.

Menem ya está en Aimogasta cuando la comitiva presidencial ingresa en la fábrica. El saludo de encuentro es protocolar. Es la primera vez que están frente a frente desde que Duhalde asumió la presidencia. Recorren la fábrica y nunca quedan a solas.

En el palco, Menem y Duhalde no están juntos. Fuera de la fábrica hay público que aplaude y un pequeño grupo que es marcado a presión por la inmensa cantidad de policías dispersos por todos lados. Son los olivicultores tradicionales, que piden con un cartel un plan de desarrollo para el sector. Cada vez que lo izan, la policía se lo baja. Ellos gritan y hasta hay conatos de agresión que no pasan a mayores. Sólo una pancarta que aparece y desaparece detrás de una tapia, en la que dice "Menem traidor".

Duhalde sube al palco sin su poncho. Y Menem, que había llegado sólo de traje, ahora cubre sus hombros con uno igual al del Presidente. ¿Se lo regaló?, piensan todos. "No. Cada uno tiene el suyo", dice un colaborador.

Cuando llegan los discursos, el gobernador Maza tiene como fondo el reclamo de los olivicultores tradicionales.

Sin pancartas ("no entendemos por qué, si nos las dio el gobierno provincial", dice una mujer), la policía permite el ingreso en el predio de la fábrica de un grupo del Sindicato de Amas de Casa. Piden que se restituya la jubilación para el sector, que fue dada de baja después de una investigación de la Anses que ahora analiza la justicia federal porteña.

Ahora es el turno de Duhalde. En su discurso, el Presidente efectúa un llamamiento a los argentinos y, en particular, a los dirigentes políticos a que "empujemos todos juntos" para defender la Argentina, mientras "se preparan para las próximas elecciones".

Duhalde ratifica también que es "optimista" sobre el futuro del país y critica a quienes consideran que "el optimismo es un pecado imperdonable", al tiempo que cuestiona duramente la "visión destructiva de la Argentina que tienen algunos políticos o algunos medios".

Como suponía que podía recibir algunas críticas, inicia su discurso con una anécdota sobre las aceitunas que el intendente de Arauco, Nicolás Martínez, le había llevado a la residencia de Olivos. "Cuando dijo que eran las mejores del mundo pensé que bromeaba", comentó. Pero luego se las hizo degustar a empresarios españoles que aprobaron aquella aseveración. Político al fin, tocó el sentimiento de los aimogasteños.

Tuvo que escuchar algunas quejas: "¿Por qué devaluaste?", "¡Grande, Carlitos!"

No hay discurso de Menem, pese a que la gobernación riojana había anunciado que también hablaría.

Apenas termina su alocución, Duhalde saluda a Menem y al resto de las autoridades. Luego, el almuerzo.

Entre los seguidores de ambos no hay rostros demostrativos de derrota o de victoria. Quien sí está exultante es Martínez, que cumple su segundo mandato y generó visitas inesperadas a esta zona, como el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Para el alcalde haber juntado a Menem y a Duhalde "es histórico". Aunque sólo haya sido para la foto.

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