
El anticomunismo como coartada
Por Ricardo Sidicaro Para LA NACION
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A mediados de 1973 nadie medianamente informado podía pensar seriamente que sobre la Argentina pesaba la amenaza de un cambio social de tipo comunista o socialista. Existía pleno empleo y la mayoría de los sectores populares tenían ingresos por encima de la línea de pobreza; la población, en general, compartía las ilusiones del progreso; la crisis mundial no alcanzó a afectar la economía nacional ni su inserción internacional.
Era usual aludir a la superioridad del país con respecto a América latina en materia de nivel de vida, educación e igualitarismo social. Esas condiciones generales, combinadas con la óptica doctrinaria peronista, habían contribuido a la formación de un sindicalismo predominantemente anticomunista que rechazaba la idea de la lucha de clases y pedía la humanización del capital en claves ideológicas próximas al cristianismo social.
Con la legalización electoral de Perón y de sus seguidores se cerró el ciclo de conflictos sociales y políticos que, es cierto, había favorecido una cierta expansión local de las ideas de izquierda.
En el quinquenio que precedió a la normalización institucional se habían crispado las luchas políticas en el plano nacional y en el seno del peronismo, pero Perón, convertido en "prenda de paz", volvió en 1973 decidido a ordenar la sociedad, a reconstruir el Estado y a propender a un desarrollo capitalista más eficaz y socialmente más equitativo. Fue, en ese contexto que la "amenaza" comunista parecía más lejana que nunca, que el anticomunismo como ideología se convirtió en un artefacto de usos múltiples.
Los grandes intereses empresarios, afectados negativamente por las medidas del gobierno, vieron comunistas por doquier y, en especial, en el sindicalismo oficial, en tanto que no pocos jefes militares exageraron las acciones de los debilitados grupos guerrilleros para así avalar sus intenciones de recuperar los privilegios surgidos del manejo del Estado.
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La organización terrorista conocida como Triple A entró en el ruedo político desde las posiciones estatales ocupadas por lo que se llamó el lopezrreguismo, y a falta de una ideología propia hizo del anticomunismo su discurso principal. En sentido estricto, su mentor era un producto derivado del esplendor de un líder carismático entonces en vías de desaparición, pero su situación lo ubicaba, según suponía, para participar de la lucha sucesoria con ciertas probabilidades de éxito; López Rega no se equivocó en la evaluación de la coyuntura y consiguió ganar circunstancialmente poder sobre la viuda heredera.
Es posible que los crímenes impunes de la Triple A hayan confundido a sus dirigentes sobre los límites de su poder y eso los condujera a enfrentar a los sindicatos con el plan económico de Rodrigo-Zinn. Quizás el lopezrreguismo estaba inspirado por lecturas sobre la posibilidad de articular fascismo y gran capital, pero en julio de 1975 la movilización popular y la presión militar cerraron su experimento.
La Triple A fue un ensayo de terrorismo de Estado de carácter artesanal, al que sucedió el realizado por las Fuerzas Armadas, cuya escala fue incomparablemente mayor. Ambas experiencias tuvieron rasgos fundamentales en común: sus jefes emplearon los aparatos estatales para eliminar personas indefensas y reprimir demandas sociales, mientras usaban la política para beneficiar sus intereses personales y de círculo. El discurso anticomunista fue, en los dos casos, una coartada que no consiguió encubrir sus crímenes de lesa humanidad.




