El carapintada que se destiñó

Daniel Gallo
Daniel Gallo LA NACION
Su figura no pudo despegarse de la asonada militar de 1990
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20 de mayo de 2003  

Mohamed Alí Seineldín fue... Un perfil del líder de los últimos alzamientos militares debe empezar, de manera inevitable y contundente, describiéndolo como el pasado. No hay espacio para definirlo en su presente a pocas horas de ser beneficiado con un indulto. La Argentina y el Ejército tuvieron cambios, para bien o para mal, desde aquella última asonada el 3 de diciembre de 1990. Fue Seineldín un líder carismático entre las tropas. Casi trece años después sus opiniones no parecen encontrar el eco de entonces, sin la fuerza mística que su don de mando transmitía.

Lo conocían dentro del Ejército como "El Turco". Nacido el 12 de noviembre de 1934 en Entre Ríos, de familia druso libanesa haría un emblema de su conversión al catolicismo y su especial devoción por la Virgen María. El rosario sería su inseparable acompañante y, más tarde, el símbolo de sus movimientos.

Un momento clave en su vida militar llegará en 1977 cuando consiguió el nombramiento como instructor de comandos. Su fortaleza física y mental cobraron dimensiones mayúsculas desde ese puesto. El Mundial de Argentina 78 dio la primera posibilidad de crear un grupo de élite, finalmente la formación de hombres diferentes -por entrenamiento y dogma- con la que haría frente a la interna castrense.

El desembarco en las islas Malvinas en 1982 aumentó su renombre militar. No por lo hecho en sí, pues su regimiento 25 de Infantería tomó posiciones de apoyo, sino por imponer un nombre en la historia: Operación Rosario.

Quienes estuvieron en esa primera navegación hacia el futuro Puerto Argentino cuentan que el almirante Carlos Büsser no había dado un nombre al plan de tomar las islas. En realidad había desechado llamarlo "Carlos", por varios oficiales con ese nombre que participaron de los aprestos. Al jefe del desembarco ya no le parecía importante bautizar la operación.

Seineldín se presentó ante Büsser y pidió denominarlo Virgen del Rosario. El clima ese 1° de abril era terrible. "La Virgen nos va a ayudar", insistió Seineldín. Y logró así convencer a medias a los jefes.

El curso de comandos

Campo de Mayo esperaba por él y su curso de comandos tras la guerra. Quienes lo completaron relatan que no sólo se impartían adiestramientos físicos y técnicos. El aspecto religioso pesaba tanto como la destreza en el manejo de todo tipo de armas. Empezaba a convertirse en un adoctrinamiento especial. Y sus hombres lo veían como alguien especial, demasiado, quizá.

Los juicios a los militares a comienzos de los años 80 provocaron una brecha por la que se filtró la prédica de Seineldín.

En 1985 se lo designó como agregado militar en Panamá, un país que si bien no cuenta con fuerzas armadas se consideraba un destino importante por la presencia allí del Comando Sur norteamericano.

Los comandos y paracaidistas lo vieron como su jefe natural. Y cuando, en 1987, Aldo Rico se rebeló en la Semana Santa, la mención de Seineldín era inevitable.

El carapintadismo había nacido y provocaría dos nuevas tragedias en 1988 y 1990 (en este último caso, con un saldo de 14 muertos). Seineldín negó siempre que intentase un golpe de Estado, sino resolver crisis de mando internas del Ejército. En la sociedad argentina la imagen que quedó fue diferente a la que él buscó transmitir.

Sus análisis desde el presidio militar lo pusieron sí como referente de parte del nacionalismo criollo. Pero dentro de las fuerzas su injerencia es nula. Con permiso de salidas laborales, Seineldín pasó a asesorar a la agencia de seguridad Fidei desde diciembre último. Pero ya no es el Seineldín cuya voz hacía temblar a comienzos de los 90.

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