El encuentro de Favaloro y don Arturo

Alfredo Leuco
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5 de agosto de 2000  

Un día como ayer, pero hace exactamente 100 años, nació Arturo Umberto Illia. Al igual que René Favaloro, don Arturo era un médico rural de ponchito sobre los hombros que hizo de la honradez una religión y del amor a su patria y a los más humildes, su razón de vivir.

Don Arturo, como Favaloro, fue uno de los últimos representantes de un estilo de argentino que prefirió siempre la sencillez, el perfil bajo y la cultura del esfuerzo, pese a que cada uno en lo suyo llegó a las máximas alturas a las que puede aspirar un hombre. Uno fue presidente de la Nación y el otro fue el símbolo del médico y del científico más destacado del país. Pero, básicamente, ambos fueron hombres buenos que se ganaron el corazón de su pueblo. Ambos amaron la democracia y en un momento clave de sus vidas la indiferencia los apuñaló por la espalda.

Porque debemos decir la verdad histórica: hoy uno dice Arturo Illia y los que saben quién es se ponen de pie en señal de respeto. Eso ocurre hoy, pero un nefasto 28 de junio de hace 34 años, cuando fue derrocado, una gran parte de la sociedad se lavó las manos y miró los acontecimientos como si sucedieran en otro país.

Seamos sinceros con nuestra verdad histórica. Aquel día, seguramente el más triste en la vida de don Arturo, cuando el general Julio Alsogaray le comunicó que lo destituían como presidente de la Nación, se tuvo que ir de la Casa Rosada rodeado por un pequeño grupo de amigos y ante la indiferencia y la pasividad de la gran mayoría de la sociedad.

El gobierno de Illia tuvo el primer planteo militar a los dos meses de haber asumido. Y eso que tuvo un rendimiento que para la época fue espectacular aunque en el momento no se valoraba lo suficiente. Sólo basta recordar las cifras de entonces.

El producto bruto interno en 1964 creció el 10,3 % y en 1965 el 9,1%. Para tener una idea de lo que esto significa, en los dos años anteriores el país no había crecido. Había tenido números negativos. Y si este año 2000 la Argentina crece un 3 por ciento las autoridades se van a dar por satisfechas.

El desempleo en 1965 era del 6,1 %. La inflación era de menos del 2 por ciento mensual. Por primera vez se redujo la deuda externa.

Cuando Illia asumió la Presidencia, en el Banco Central existían reservas de oro y divisas por 23 millones de dólares. Cuando a Illia lo desplazaron del Gobierno esas reservas eran de 363 millones de dólares. Las proyecciones para el año 66 eran que el salario real iba a experimentar un aumento promedio del 15 por ciento. ¿Suena a otro planeta, no?

Tampoco todo era el paraíso. El Gobierno tenía una gran debilidad de origen. Había asumido solamente con el 25,2 por ciento de los votos. Y en elecciones donde el peronismo estuvo proscripto. Hay un dato más: el voto en blanco rozó el 20 por ciento. Por lo tanto, el radicalismo no tuvo la mayoría en el Congreso. Tampoco hay que olvidar que dentro del propio radicalismo había fuertes luchas internas. O que el sindicalismo peronista y Augusto Timoteo Vandor realizaron un plan de lucha brutal que tenía más que ver con la política partidaria que con la situación de los trabajadores.

El Gobierno también tenía errores. Como todos los gobiernos.

Pero la gran verdad es que Illia fue derrocado por sus aciertos y no por sus errores.

El gobierno de Illia, además de una gran decencia, tuvo una gran autonomía frente a los poderosos de afuera.

El gobierno de Illia tuvo el coraje de meter mano en los medicamentos y en el petróleo, los dos negocios que incluso hoy más facturan en el mundo pese al gran crecimiento de las empresas punto com y de la informática.

A Illia nunca le perdonaron eso. Nunca le perdonaron tanta independencia, ley de medicamentos, anulación de contratos petroleros tal como lo había prometido en la campaña electoral... Si hasta se opuso al envío de tropas a Santo Domingo.

Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los cañones. Por eso lo derrocaron los poderosos de afuera y los de adentro. Por eso creo que a Illia no lo derrocaron los chistes irónicos ni la caricatura de una tortuga. A Illia lo derrocaron los militares reaccionarios, los monopolios extranjeros y sus socios internos, los jerarcas sindicales, su debilidad de origen y la indiferencia de la mayoría de la sociedad que no salió a defender al Gobierno como se lo merecía. El mismo lo dijo: "A mí me derrocaron las 20 manzanas que rodean la Casa de Gobierno".

Solía tomar café en los boliches sencillos y caminaba por la calle como un ciudadano más. Todavía no habían llegado los tiempos de los vidrios polarizados y los guardaespaldas.

Illia nació en Pergamino, en un hogar de inmigrantes italianos. Sus padres se llamaban Emma y Martín. Su padre era chacarero y, tal vez por eso, don Arturo después se encariñó tanto con Cruz del Eje, donde ejerció la medicina rural entre la gente sencilla, como Favaloro en Jacinto Arauz.

Su modesta casa y su consultorio en Cruz del Eje fueron donaciones de los vecinos. Y en los últimos días de su vida atendía la panadería de un amigo como excusa para seguir hablando con la gente. Don Arturo quería el bienestar individual de las personas y por eso se hizo médico. Pero también quería el bienestar social de toda la comunidad y la libertad y la justicia... Y por eso se hizo político.

Don Arturo es de esos argentinos que vamos a extrañar por el resto de nuestros días, igual que Favaloro.

Porque don Arturo hacía sin robar. Porque se fue del gobierno más pobre de lo que entró. Tenía un Renault Dauphine que debió vender cuando dejó de ser presidente para pagarle una operación en la ciudad de Houston a Silvia, su esposa, que, de todas maneras, murió poco tiempo después.

Illia, por todo esto, fue el símbolo de la humildad y la austeridad sentado en el sillón de Rivadavia.

Yo tenía 11 años cuando lo derrocaron, mi padre se agarró la cabeza y me dijo: "Pobre de nosotros. Todavía los argentinos no sabemos los dramas que nos esperan". Y mi viejo tenía razón. Con Illia se iba del lugar más alto de la República mucho de lo mejor de nosotros. Y en eso también se parece a Favaloro. Uno sospecha que estarán en el mismo lugar. Que existirá un cielo del reconocimiento de los hombres buenos que ayudaron al pueblo.

Uno imagina que don Arturo saldrá a buscar con un abrazo a Favaloro, que ya debe de estar llegando. Y que le ofrecerá unos mates de bienvenida y su ponchito para el abrigo. Uno quiere creer que se ganaron el cielo.

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