
El fin de la mayoría automática
La Corte Suprema de Justicia ya no es la misma. La mayoría automática ha terminado, porque su composición cambiará con la sola renuncia de Julio Nazareno. Había, generalmente, cinco votos encarnizados contra cualquier interés estratégico de la administración. Los cuatro restantes son hombres independientes que deciden bajo cierto registro de sensatez.
Hasta la designación del juez que reemplazará a Nazareno, lo que sucederá en la Corte, a primera vista, es un empate perpetuo. Los cuatro que conforman el resto de la vieja mayoría (Eduardo Moliné O´Connor, Adolfo Vázquez, Guillermo López y, desde 2000, Carlos Fayt) y los cuatro de la vieja minoría (Enrique Petracchi, Antonio Boggiano, Augusto Belluscio y Juan Carlos Maqueda).
El primer dato político que emerge de la dimisión de ayer es que el menemismo ha perdido el control del único poder del Estado que aún estaba bajo su relativo control. De hecho, fue el senador Eduardo Menem, el amigo más cercano de Nazareno entre los dirigentes políticos, quien insistió hasta último momento para que el ex presidente de la Corte no renunciara.
Nazareno fue un capricho político del ex presidente Carlos Menem, que la República no debió permitir. Ex socio profesional de Menem y su jefe de policía durante una de sus gobernaciones en La Rioja, Nazareno nunca tuvo atributos académicos ni políti-cos para ocupar uno de los cargos más cruciales del sistema democrático. Esa función requiere de dos condiciones inexorables: un altísimo nivel profesional e independencia política. No tuvo ninguna de las dos.
Sin embargo, la Corte Suprema no estaba en las primeras prioridades de Néstor Kirchner cuando éste accedió al poder. "Yo tenía varios problemas más importantes que ése", ha dicho el Presidente entre íntimos. Incluso, algunos de sus amigos más cercanos le aconsejaron no emprender una batalla que Eduardo Duhalde ya había perdido, cuando existen en el máximo tribunal de justicia muchos casos que podrían condicionar la gobernabilidad del país.
El propio Nazareno corrió las prioridades dramáticamente. Fue cuando ordenó a su secretaría incluir la redolarización de los depósitos bancarios en una reunión del tribunal, apenas ocho días hábiles después de la asunción del Gobierno. Los cinco votos necesarios para la decisión estaban ya comprometidos. La mayoría de la Corte se encargó de que el gobierno de Kirchner se enterara con antelación.
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Al mismo tiempo, Nazareno decidió romper su costumbre de trece años y dio reportajes por radio y televisión. Las pendencieras alusiones a la gobernabilidad y a las armas con que el tribunal contaba para condicionarla, fueron tomadas por Kirchner como un convite expreso a la negociación. Pero se trataba del viejo juego: tal negociación se daría caso por caso y no se cerraría nunca.
Una cosa imperceptible ocurría al mismo tiempo: Nazareno careció por esos días de conducción política. El ex presidente Menem se había recluido en Chile tras abandonar la carrera electoral y Moliné O´Connor, la cabeza política más importante de la mayoría automática, estaba en París, seducido por los partidos de tenis de Roland Garros.
Ambas decisiones de Nazareno ocurrieron en pocas horas. Kirchner las entrevió como el primer desafío para quebrar su autoridad y decidió entonces el empellón público al presidente de la Corte a través de la cadena nacional de radio y televisión.
Tocó el límite de la legalidad, pero no lo cruzó, porque redujo su discurso a un pedido al Congreso para que activara los mecanismos del juicio político; denunció que estaba siendo extorsionado. A último momento, sacó del discurso el anuncio de un plebiscito popular sobre la continuidad de la Corte, que hubiera significado -eso sí- una vulneración de la letra y del espíritu de la Constitución.
Nazareno tropezó con varias sorpresas. La primera de ellas fue que la Corte se dividió y que una aplastante mayoría del Congreso se abroqueló en su contra.
Fue el revés de la trama que le tocó vivir a Duhalde: a éste la Corte se le abroqueló y el Congreso le hizo saber que nunca tendría una mayoría para tumbar al tribunal.
Es cierto que Kirchner había aprendido la lección de Duhalde: no zamarreó a toda la Corte ni mezcló a justos con pecadores en la misma impugnación. Se las tomó sólo contra Nazareno. Nadie lo confirma, pero todo el mundo sabe que el próximo objetivo es Moliné O´Connor, aunque con este magistrado cabe esperar un juicio largo, que terminará seguramente con el pronunciamiento del Senado.
Ese juez no es emblemático como Nazareno ni tiene el ánimo fácil para una renuncia. Pero es el hombre que logró meter en el conflicto interno argentino al gobierno de los Estados Unidos. No habrá más jueces a la espera de la guillotina, aseguran los funcionarios de Kirchner.
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La posición de Washington también fue distinta. Duhalde no encontró la forma de avanzar en un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional mientras tuvo en el patíbulo a la Corte. Las presiones se sucedían por horas y no por días.
Esta vez se interpuso la breve visita a Buenos Aires del secretario de Estado, Colin Powell, que transmitió aquí la preocupación de la Corte norteamericana.
El canciller Rafael Bielsa, un reconocido constitucionalista, y el propio Kirchner, le explicaron entonces a Powell dos argumentos. La instalación de la seguridad jurídica en la Argentina necesitaba, le dijeron, de otra Corte Suprema, menos vulnerable y más respetada, y se explayaron en la decisión presidencial de autolimitar sus facultades para designar a un juez de ese tribunal.
Sin el menemismo como proyecto de poder posible, sin una mayoría parlamentaria como escudo de los jueces supremos y con el gobierno de Washington menos interesado en la suerte de la Corte, la caída de Nazareno era, desde hace tiempo, un hecho político irrevocable, concluido.
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