El gradualismo ha muerto, ¡viva el gradualismo!

Gustavo Cañonero
Gustavo Cañonero PARA LA NACION
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14 de mayo de 2018  

Los acontecimientos de las últimas semanas sugieren que el gradualismo financiado por el mercado de capitales ya no es una opción utilizable. Sin embargo, muy probablemente estemos viendo el nacimiento del gradualismo financiado por los organismos multilaterales de crédito; algo diferente, pero muy probablemente todavía representando una convergencia progresiva. Pero después de las últimas semanas y nuestra historia con esos organismos, ¿hay alguna esperanza? ¿Vale la pena? Y la verdad es que sí, y hoy es la mejor opción, porque garantiza financiamiento y sustentabilidad. Pero el nuevo gradualismo será exitoso solo si se entiende por qué el primero no lo fue.

El gradualismo fue pensado como un mal menor: se reduce el déficit público paulatinamente sin un shock, para evitar un fuerte incremento del desempleo y/o una pronunciada baja del ingreso real de las familias. Esa estrategia se fundamenta en rigideces propias del mercado laboral. En la Argentina, el ajuste gradual también era promovido por la falta de apoyo político de una sociedad que no tenía muy en claro la situación crítica en la que se estaba.

Pero nada que se precie es gratis en economía: el gradualismo exige un fuerte endeudamiento público. En grandes números, con un déficit inicial del Tesoro de 6% del PBI, y una baja proyectada de ese déficit de un punto al año, el financiamiento puro en deuda hubiese significado algo así como 21% del PBI de mayor endeudamiento en 5 años, o hasta llegar al equilibrio fiscal (esta cuenta es imperfecta porque excluye el efecto compuesto de los intereses y del crecimiento económico, pero sirve para dar una idea de magnitud).

Obviamente, la inflación puede ayudar a moderar el impacto sobre la deuda porque es una alternativa de financiamiento, pero la idea era también reducir la inflación. Solo un dato no siempre recordado: en la década 2005-15, el gasto público nacional pasó de 30% del PBI a 45%, sin mover ni mínimamente el amperímetro de la pobreza. Dos razones explican ese despilfarro mayúsculo: un gasto muy ineficiente y un financiamiento vía inflación, el peor enemigo de los pobres.

Pero la estrategia gradual con endeudamiento y con inflación decreciente tiene otra implicancia en el caso argentino: la apreciación real del peso. En un país con un mercado de capitales insignificante, el financiamiento debe provenir mayormente del exterior, y para gastar principalmente en pesos en el mercado local. Aun en macroeconomía, que dista mucho de ser una ciencia exacta, esa combinación de realidades solo puede dar apreciación real de la moneda, donde el Gobierno es el principal vendedor de dólares y consumidor de pesos.

Demás está decir que el combo de deuda creciente y apreciación del peso en un proceso de lenta reducción del déficit fiscal tiene todos los condimentos para constituir una situación muy frágil. En este entorno, la sustentabilidad pasa a depender sustancialmente de un mercado financiero global amigable y creyente. La pérdida de estas dos características en los últimos meses dictó la sentencia de muerte del primer modelo de gradualismo.

Primero, las tasas globales relevantes para la Argentina, como la de los bonos del Tesoro norteamericano a 10 años, se duplicaron en los últimos 18 meses. Segundo, el Gobierno pareció no estar del todo cómodo con las implicancias del gradualismo y entre diciembre y febrero introdujo un relajamiento monetario que depreció la moneda a costa de desorientar y asustar a los inversores. Tercero, miembros de la coalición del Gobierno comenzaron a criticar la política de tarifas, que hasta ahora ha sido el principal instrumento de ajuste fiscal.

¿Qué podemos esperar del nuevo gradualismo? Lo lógico sería una mejora. Para empezar, el financiamiento multilateral es más económico y al mismo tiempo menos ciclotímico que el financiamiento del mercado. Sin embargo, garantizar ese financiamiento muy probablemente requerirá un mayor compromiso fiscal. Ese compromiso puede hacerse efectivo en el corto plazo con un mayor ajuste, o bien confirmando un amplio apoyo al objetivo de reducción del déficit público en los próximos años.

El rol de la oposición

No estaría mal que el FMI ofrezca dos opciones de programa, una con un fuerte ajuste en lo que resta del gobierno actual, sin apoyo opositor, y otra manteniendo el gradualismo del Gobierno, pero certificado por una ley del Congreso que mínimamente acepte las reglas incorporadas en el acuerdo fiscal reciente firmado con las provincias. Que la opción de ajuste de shock o gradualismo sea de consenso, con una oposición política que se haga cargo explícitamente de lo que finalmente se quiere lograr en materia fiscal y cómo.

Tal acuerdo le daría una robustez al programa de la Argentina que permitiría una rápida compresión del riesgo argentino. Igualmente es oportuno notar que el FMI valora muchísimo los cambios introducidos en la última ley previsional, que según sus cálculos estabilizan el déficit de un sistema que hubiese agregado más de 10 puntos del PBI al déficit en la próxima década.

Otra mejora que se debería buscar es el entendimiento de que una deuda mayor y un peso más fuerte, al menos durante la transición fiscal, son los efectos indeseados que no se pueden evitar. Nuevamente, ambos efectos colaterales se pueden moderar con mayor inflación, pero la inflación es una forma desordenada de ajuste fiscal que concentra sus efectos sobre los que menos tienen. Por ello, hablar de un FMI que demandará un peso más depreciado refleja desconocer el delicado equilibrio del proceso de gradualismo fiscal argentino. Los viejos programas con el Fondo se realizaban en un contexto de tipos de cambio fijos y grandes desequilibrios de balanza de pagos. Hoy, aunque haya un fuerte déficit de cuenta corriente, el tipo de cambio es flexible y el sendero lo marca el ajuste fiscal y los objetivos inflacionarios.

Un peso competitivo sustentable solo se logra con un mayor ajuste fiscal; cualquier otro atajo solo conduce a inestabilidad financiera, y el FMI difícilmente esté para apoyar esas vías alternativas. Y los argentinos debiéramos sincerarnos con nosotros mismos y elegir de una vez por todas una opción superadora o reconocer nuestra preferencia por la inestabilidad permanente.

Economista y exfuncionario del FMI

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