
El legado de Alfonsín: renovación y cambio también en la Cultura
En el terreno de la cultura la llegada de Alfonsín al poder en 1983 marcó un cambio de estilo en la gestión que dio sus frutos de inmediato. El cine, el teatro y las artes visuales recibieron un espaldarazo con la designación de las personas correctas en el momento justo, como fueron Carlos Gorostiza, Manuel Antín, Teresa Anchorena, Guillermo Whitelow, Pacho O’ Donnell y Osvaldo Giesso. Los resultados no se hicieron esperar. Era un momento de esperanza en el que muchos sueños parecían posibles. Y lo fueron. En 1986, Alfonsín compartió con Luis Puenzo la alegría por el Oscar a la mejor película extranjera que recibió en Hollywood "La historia oficial".
Como director del Instituto Nacional de Cinematografía, Antín había puesto al cine argentino de pie y al hacerlo iniciaba un círculo virtuoso que perdura hasta hoy. Pacho O’ Donnell, al frente de la Secretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires (que no era autónoma por entonces ), desarticuló el modelo centralizado y llevó el arte a los barrios. Fue un precursor de la catarata de festivales que vinieron después y que son una marca registrada de Buenos Aires, identificado en el mundo por su vasta oferta cultural. Por primera vez la acción privada se encolumnó con la gestión oficial para actualizar infraestructuras caducas, propias de un país con magros presupuestos.
Más de 20.00 láminas de artistas argentinos se imprimieron para las escuelas con fondos privados. El Palais de Glace, bajo la conducción de Teresa Anchorena como directora Nacional de Artes Visuales, pasó de ser un caso perdido a contar con salas recuperadas de acuerdo con estándares internacionales.
Ese orador brillante que fue Alfonsín, en cada uno de sus viajes remataba con palabras oportunas la inauguración de las muestras que acompañaron siempre las misiones oficiales: la colección González Garaño viajó al Museo Pushkin, en Moscú; el arte argentino contemporáneo llegó con la comitiva a China; una exposición homenaje a Borges se vio en Madrid y, en 1984, en el Museo de la Legión de Honor, se reunieron obras de 120 artistas argentinos radicados en Francia, iniciativa que compartió con su gran amigo Antonio Seguí.
El interés de Alfonsín por temas de la cultura lo llevó a encarar personalmente trámites burocráticos que poco tenían que ver con la importancia de su investidura, como cuando impuso celeridad en la aceptación del cuadro del impresionista francés Alfred Sisley, que María Luisa Bemberg había donado al Museo Nacional de Bellas Artes y del que nadie acusaba recibo.
La llegada de Osvaldo Giesso al Centro Cultural Recoleta resultó un acierto. El arquitecto, coleccionista y desarrollador inmobiliario encaró su tarea de director con mentalidad empresaria y marketinera, rápidamente impuso en la agenda de los porteños la visita semanal al Recoleta. Cuando Alfonsín viajó a Italia, integró la comitiva la galerista Ruth Benzacar, una auténtica promotora del arte argentino en el exterior. Por intuición, por simpatía o por visión, el político nacido en Chascomús daba así los primeros pasos para hacer de nuestros artistas ciudadanos del mundo.
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