El país está cerca de decirle adiós al default más largo de su historia

Jorge Oviedo
Jorge Oviedo LA NACION
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25 de febrero de 2016  

La Argentina comenzó a decir adiós no sólo a la más grande cesación de pagos de su historia moderna, sino también al más largo conflicto para solucionarla. Aunque aún faltan detalles y confirmaciones. El conflicto perduró hasta ahora irresuelto incluso en momentos en que lo tuvo todo a favor para una salida elegante para Cristina Kirchner.

Pero la gestión anterior, empeñada en transformar la causa económica en una de consumo doméstico y política, lo empeoró todo. Cristina y Axel Kicillof creyeron absurdamente que la discusión era si una buena parte de la deuda podría ser repudiada o no. Quisieron, con una enorme y costosa campaña digna de mejor causa, dar una lección de capitalismo al mundo. Como dijo alguna vez Miguel Bein, "está muy bien lanzar una oferta de canje con una ley del cepo" que impida pagar a los que no acepten, pero agregaba: "El problema es creérsela".

En los tribunales neoyorquinos, que por cierto la Argentina eligió, nunca estuvo en discusión si pagar o no, sino cuánto. Más se empeñó la administración K en no pagar, más se alejó del arreglo, desperdiciando años de tasas de interés muy bajas e inversiones fluyendo a la región. A Evo Morales, haber sido más inteligente con las relaciones internacionales le sirvió para discutir hasta último momento la posibilidad de un cuarto mandato, de un "Evo eterno". Una ocasión imposible para Cristina Kirchner no sólo por sus desaguisados y desastres internos, sino también por su errada estrategia neoyorquina, que sin embargo contó con el incomprensible respaldo de un prestigioso estudio de abogados de los Estados Unidos -no es un dato menor-, que hace poco fue reemplazado.

Las anteriores crisis de la deuda le tomaron a la Argentina 10 años o poco más de reestructuración. El default de 1981 se arregló y falló a poco de andar con el Plan Baker de 1987 y se cerró del todo con el Brady de 1992.

El default de finales de 2001 y comienzos de 2002 parece empezar a cerrarse en 2016, demasiado tiempo, a pesar de las salidas parciales durante el período K, que tuvieron adhesiones interesantes, pero dejaron un nivel de litigiosidad inaceptable para el cual la Argentina no encontró otra salida más que agregar conflicto al conflicto. La Argentina nunca recuperó hasta ahora acceso fluido a los mercados voluntarios de deuda e inversiones y vio cómo economías más pequeñas en la región lo hacían. Si eso cambia ahora -y parece que así será- acaba de comenzar un nuevo gobierno de Macri, que deberá cuidarse, eso sí, de nuevos peligros. Un exceso en el ingreso de divisas que recaliente la economía y recree problemas que fueron serios en el pasado.

A los holdouts o buitres las tasas de interés negativas producto de la caída de la actividad mundial tampoco les estaban resultando gratis. Hasta hace poco, no arreglar mantenía la deuda argentina en sus manos en permanente actualización al alza. Estaba dejando de pasar. ¿Para qué seguir esperando? Para la Argentina la opción fue: ¿por qué no endeudarse barato y pagar una parte en efectivo?

Por cuestiones de política local y de mercados internacionales los capitales están dispuestos a volver al lugar desde donde hace poco no sabían cómo escapar.

Si hasta la jefa del FMI, Christine Lagarde, ya preparó un documento para urgir a los miembros del G-20 que se reunirán en Shanghai a preparar un plan de estímulo que reactive la economía mundial. Los emergentes deberían recibir la mayor afluencia de fondos que aconseja Lagarde, ahora que las economías centrales y hasta China tropiezan. El riesgo, dice, es que se demore demasiado la salida de la larga crisis. Brasil figura entre los principales problemas, sobre todo para la Argentina.

La menor actividad, menor costo del dinero y mayor disponibilidad para las inversiones directas muy probablemente ayudaron a ablandar a los holdouts, pero tiene contrapartidas poco felices, como la caída de los precios de las principales exportaciones argentinas.

La salida no puede financiarse por el superávit comercial, sino más bien por fondos de inversión. El desafío es aprovecharlos esta vez para que financien infraestructura, producción, empleo y crecimiento y no preparar el próximo default contribuyendo a financiar infinanciables déficits fiscales nacionales, provinciales y municipales.

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