
Entre la moral y la política
Fue periodista y funcionario de Menem; ferviente católico, sus valores le plantean contradicciones
1 minuto de lectura'
Corría la sensación en el mundo político-periodístico de que Gustavo Beliz se estaba desmoronando.
Como la mafia, ese mundo no hace cuestiones personales. Cuando decía que se desmoronaba, hablaba de un descuartizamiento del proyecto político que Beliz ha venido empujando durante los últimos siete años, plasmado en Nueva Dirigencia, la fuerza exclusivamente porteña que debía llevarlo a la jefatura de Gobierno en las elecciones de mayo próximo.
Tercero en las encuestas, con un éxodo de recientes aliados, como Jorge Telerman, Juliana Marino y el rabino Mario Rojzman, y de una antigua militante como Patricia Pierángeli, con un anunciado acuerdo con el gobernador Carlos Ruckauf, que a los pocos días, tras provocar esas escisiones publicitadas en la prensa, rompió... ¿cómo llamar esto?
Para encontrar el nombre de esta crisis y su desenlace hay que entrar en cuestiones personales.
Ingreso en el periodismo
Beliz participó muy joven, y en una misma época, en tres elecciones fundamentales para su vida pública.
Fanático de la revista El Gráfico (colecciona números históricos), escribió a su director una solicitud de trabajo cuando aún no había terminado su quinto año en el Comercial de San Fernando, en 1979.
Entró, por lo que un par de años después sintió innecesario seguir estudiando periodismo en el Instituto Grafotécnico. En cambio, ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
Un amigo conocido allí acercó en 1981 a un Beliz de 19 años, hijo de un empleado bancario peronista, al estudio jurídico que Carlos Menem compartía con otros como centro político más que profesional. Sería su líder por una década.
Al año siguiente, mientras se sucedían la Guerra de Malvinas, la inmediata transición hacia la democracia, las protestas en la calle y el renacimiento de la militancia juvenil, por intermedio de otro amigo de la facultad Beliz descubrió una fe religiosa que nunca había sentido.
Hasta entonces, según él mismo recuerda, había recibido el bautismo y la comunión, pero la Iglesia Católica era una referencia exterior y formal en su vida. Por su amigo, conoció a un sacerdote uruguayo del Opus Dei, Ricardo Rovira, que entró "como un huracán" en su conciencia. Descubrió en Rovira un "sentido de la fe muy humano" y aunque, dice, no se hizo miembro del Opus, sus valores y principios fueron remoldeados a partir de su contacto.
Periodismo, política y fe: con ambición imperialista, cada uno aspira a colonizar a los otros. ¿Cómo combinarlos sin que se destruyan mutuamente?
Beliz dedicó la década del 80 al primero. Después de colaborar en El Gráfico lo hizo en algunas otras revistas y entró en el vespertino La Razón cuando aún lo dirigía Jacobo Timerman, en pleno gobierno radical. Publicó un libro sobre sindicalismo de cierta repercusión entonces y hoy olvidado.
Abandonó la profesión por la política en 1989, cuando Carlos Menem llegó al gobierno y no la retomó luego, pese a que tuvo ofertas. Fue secretario de la Función Pública hasta 1992, cuando se convirtió en el ministro del Interior más joven de la historia argentina durante sólo nueve meses.
El "ministro virgen"
De esa gestión se ha hablado hasta el hartazgo. Quienes no lo querían, desde dentro y fuera del Gobierno, se referían despectivamente al "ministro virgen". El dejó el cargo después de denunciar el "nido de víboras" sobre el que se sentía posado.
Esta crítica moral de la política se convirtió en su imagen pública, tanto cuando lideraba una corriente interna en el peronismo como cuando, por fuera, apostó a Nueva Dirigencia.
Un partido con un anclaje moral tan fuerte y un líder absoluto dependen, por fuerza, de los valores de éste, y de cómo los concilie con su práctica. Beliz es consciente de las contradicciones: "La política exige publicitarse a uno mismo todo el tiempo; la Iglesia habla de humildad y eso podría incurrir en el pecado de soberbia. En la política hay que hablar mal de otros".
Estos problemas de conciencia se traducen para ex colaboradores y políticos que han tratado con él en una forma "apolítica" y "misional" de hacer política, que en el fondo ve una inmoralidad en las formas básicas de la pelea por el poder.
Ello se refleja en lo que ha construido. Nueva Dirigencia es un partido pequeño y dependiente de su líder, que carece de vida propia. "Hay un crecimiento desmedido los cargos y desatención de la formación del partido", critica Pierángeli, una de las fundadoras de Nueva Dirigencia que renunció días pasados.
En los hechos, el pequeño aparato depende de lo electoral: se financia fundamentalmente gracias a sus 11 (ahora 10) bancas en la Legislatura porteña y a los 120 cargos que se derivan de aquéllas. De ahí su primera contradicción: la carta orgánica del partido establece que ninguno de sus miembros puede aspirar a la reelección en un cargo público. Ante la perspectiva de no ganar la jefatura de Gobierno, algunos de los principales colaboradores de Beliz pueden quedar sin posición alguna. La presión para reformar la regla se hace fuerte; Beliz se declara prescindente.
La vía central de salida a la contradicción entre valores y táctica política es apostar a la técnica, que parece moralmente neutral. Beliz se presenta como el candidato mejor preparado; asegura que ni Aníbal Ibarra ni Domingo Cavallo (su real competidor en esta etapa, hasta el acuerdo de ayer) tienen un proyecto para la ciudad.
Presa del marketing
La producción de papers de Nueva Dirigencia es notable; no así, de creer a aliados y colaboradores, el debate ideológico. Esta prevalencia de la técnica debe llevar, casi inevitablemente, a ser presa del marketing. Tanto el descarte de la alianza con Duhalde, el año último, como el acercamiento con un Ruckauf que defiende en materia de seguridad un proyecto diferente del que sostenía Beliz en el pasado, fueron dictados por las encuestas, según acusan sus críticos y a medias admite Enrique Rodríguez, primer espada de ND.
En este esquema tecnocrático, ¿cuál es la referencia moral para no perderse? Beliz también en esto trata de no ceder esa autoridad a la religión. Sería "peligroso", advierte, tener una actitud "salvífica".
Esa autoridad (sostienen quienes lo conocen) es la prensa, esa tercera opción de su vida que creyó haber dejado de lado y vuelve, como fantasma pero también, en su esquema técnico, como representante presuntamente "objetivo" de la opinión pública, a perseguirlo. Y así, aunque no admite lo que dicen otros allegados, volvió marcha atrás en su acercamiento al PJ cuando comprobó una reacción negativa en los diarios.
Beliz resiente esa presión: "Me exigen un grado de pureza que no le piden a los demás". Teme los prejuicios de sus ex colegas, en su mayoría formados en una cultura "progresista", ante su opción por la fe.
Con esta cruz trinitaria a cuestas, Beliz se aferra al lema que preside su escritorio: "Persistir. Insistir. Resistir". Al tomar sus tres opciones, dejó una cuarta, menos conocida: era corredor federado de maratón. Aun sin aliento, se arrastrará, colgado de Cavallo si es necesario, hasta la meta final.
1
2La nueva versión de Adorni desmiente lo que declaró en el Congreso y en las conferencias de la Casa Rosada
- 3
Manuel Adorni presentó su declaración jurada e incluyó la supuesta operación con bitcoins: su patrimonio neto es de $627,2 millones
- 4
La confesión de Adorni lo expuso a ser acusado de omisión maliciosa, un delito con pena de inhabilitación perpetua


