
Entre la vigilia armada y el temor a los saqueos en el conurbano
Muchos comerciantes decidieron permanecer en sus locales; medidas de seguridad Las zonas en las que el año último hubo hechos vandálicos muestran negocios protegidos con paredones Los propietarios están dispuestos a responder las agresiones
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LA PLATA.- Una garita levantada sobre el techo de un autoservicio mayorista en La Matanza se convierte, por estas horas, en un símbolo que sintetiza, literalmente, la alarma que recorre el conurbano en su máxima expresión. Ese mismo miedo trasunta desde una leyenda el frente de un comercio en el partido de Moreno: "Se viene el saqueo".
En definitiva, dos imágenes que reflejan cómo se vive, en los puntos más calientes del Gran Buenos Aires, la vigilia de los días más temidos; aquellos que hace exactamente un año atrás determinaron la caída del presidente Fernando de la Rúa en medio de muertes, violencia, negocios destruidos y saqueados.
Por lo mismo, los comerciantes saben que hoy y mañana no son jornadas como cualquier otra. El recuerdo de los días 19 y 20 de diciembre está demasiado fresco en sus memorias como para que no lo tomen en cuenta. Sobre todo, a partir de las versiones y denuncias que los obligaron a adoptar un auténtico estado de alerta.
Talleres, iglesias y templos de los más diversos cultos, corralones,monoblocks, arroyos contaminados y negocios de toda clase que se levantan frente a pavimentos en mal estado son las figuras constantes, repetidas, que ilustran el universo del conurbano.
Un escenario en el que habitantes y comerciantes se debaten entre la esperanza de que "finalmente nada pasará" y el temor a que la trágica historia de hace 365 días vuelva a reiterarse como una película con dramático y anunciado final.
Fue en la noche del 18 al 19 de diciembre de 2001 cuando un millar de personas se reunió en la intersección de la ruta 23 y Roca, lugar conocido como cruce de Castelar, en Moreno, uno de los distritos más empobrecidos. Esa concentración se convirtió en el primer foco de los saqueos que horas después se extenderían a lo largo y ancho del conurbano. Hoy, en ese mismo lugar, Jorge Monzo, al frente de su local mayorista de quesos y fiambres, no puede evitar quebrarse cuando recuerda cómo, en apenas unos minutos, vio evaporarse buena parte del esfuerzo de toda una vida.
Máxima seguridad
"Fue muy difícil volver a la normalidad -comenta a LA NACION-, porque había que empezar de cero. No nos dejaron nada." Como lógica respuesta preventiva, una amplia vidriera convertida en añicos hace un año dio lugar a un contundente paredón de cemento y ladrillos. Y la cortina metálica ya no está sola: un enrejado doble y ocho candados intentan garantizar la seguridad en el ahora reducido portón de acceso al negocio.
La empalizada provoca, de hecho, un efecto contraproducente ya que parece potenciar la psicosis entre los clientes del lugar. Noche tras noche, manos anónimas se empeñan en escribir allí la leyenda "se viene el saqueo", a pesar del esfuerzo de Monzo por taparla con pintura cada mañana.
El autoservicio mayorista Rony, en avenida Crovara y Brasil, en La Matanza, también exhibe los embates de los saqueadores en la tarde del 19 de diciembre pasado, tal como ocurrió con por lo menos otros 30 comercios en esa zona de La Tablada.
"Fue algo terrible ver cómo fue desapareciendo todo. Esto era tierra de nadie", señala José, el dueño del local que estuvo cerrado durante cuatro meses, hasta su reconstrucción.
Al igual que sus colegas, José -que no quiere decir su apellido- invirtió demasiado tiempo y dinero para reforzar la edificación. Pero, en su caso, con la particularidad de que la desesperación por no volver a revivir aquella pesadilla lo llevó a construir una garita de seguridad -con las mismas características de las que se ven en los bancos- en el techo de su propio negocio.
Allí, tres hombres de una empresa de seguridad privada cumplen turnos rotativos durante las 24 horas, mientras portan una escopeta calibre 12.70 con postas de goma (antitumultos), ante la eventualidad de que los saqueos vuelvan a repetirse.
Además de Moreno y La Matanza, los propietarios de locales en Merlo, Ituzaingó, Esteban Echeverría, Adrogué y San Francisco Solano destacan a LA NACION estar "preparados para lo que se venga". Y no ocultan que las armas de fuego se transformaron en elementos de primera necesidad.
El titular de Fedecámaras, Rubén Manusovich, estimó que casi 190 mil comerciantes están armados en el conurbano, lo que indica que más allá del notorio crecimiento de patrullajes por parte de policías y gendarmes, las víctimas de los saqueos de hace un año optaron por desoír las recomendaciones del gobierno provincial en cuanto a que se abstengan de armarse para repeler eventuales ataques.
Héctor, dueño de un supermercado de Claypole, en Almirante Brown, graficó, quizá mejor que nadie, la tensión que hoy domina al cordón que rodea a la Capital Federal: "Si en estos días alguien llegara a tirar un fósforo en cualquier comercio de la zona, la explosión sería tremenda, porque hoy, más que negocios de comestibles, nos transformamos en polvorines".




