
Garrahan: "Es urgente repatriar a nuestros jóvenes científicos"
El médico advierte sobre ese éxodo sin fin
1 minuto de lectura'
"Doctor... vienen a poner una jabonera en el laboratorio. ¿Los hago pasar?" El doctor Patricio Garrahan sonríe y asiente con la cabeza. En el Instituto de Físico-Química Biológica que dirige todos lo respetan y lo aprecian. Y eso se nota.
Este médico de 65 años, bisnieto del irlandés Patrick Garrahan -un pastor de ovejas que llegó a la Argentina en 1833- decidió dedicar su vida a la investigación de las membranas celulares cuando, como joven pediatra, observaba con estupor un fenómeno frecuente, que hoy, gracias al conocimiento sobre ese tema, tiene tratamiento: la deshidratación infantil.
Su padre, Juan Pedro Garrahan, fue un pediatra muy reconocido, tanto que el hospital nacional de pediatría lleva su nombre. Pero la medicina viene también por medio de su abuelo materno, David Prando, un eximio cirujano. Garrahan dice que en el hospital de Clínicas un mármol recuerda a los fundadores y que él debe ser uno de los pocos que tiene allí dos generaciones reflejadas: su abuelo y su padre.
Presidente de la Asociación Ciencia Hoy e integrante del consejo editorial de la revista que lleva ese nombre -en diciembre cumple 15 años-, Patricio Garrahan es también factotum del otro emprendimiento de la Asociación Ciencia Hoy: el Proyecto Retina o Red Teleinformática Académica, la red de Internet sin fines de lucro más grande del país, que comenzó a funcionar hace más de 10 años y ahora es el primer exponente local de Internet 2, la ambiciosa versión de Internet de altísima velocidad por ahora limitada al campo académico.
Ex presidente del Foro de Sociedades Científicas, la voz de Patricio Garrahan se conoce también por su impronta crítica respecto de la actividad que abrazó desde su juventud.
-¿Cuál es el problema más acuciante del sistema científico argentino?
-Hay varios. Pero creo que una de las tragedias más grandes es la cantidad de chicos y chicas que se forman acá y se van al exterior. Mi hijo, Juan Pedro, que tiene 35 años y es físico, vive en Inglaterra con su mujer y sus dos hijos, Fionna, de 7 años, que nació acá, e Iván, de 4, que es inglés. Fue a hacer un posdoctorado y me parece que definitivamente se quedará. Es investigador principal de un grupo con un presupuesto asignado de dos millones y medio de dólares... Una vez a un amigo le preguntaron por televisión qué le pedía al sistema científico argentino y él respondió la mejor contestación que he oído: que me devuelva a mis hijos. Y estoy de acuerdo, absolutamente. En este lugar donde estamos sentados, que es el Instituto de Físico-Química Biológica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA y es el más grande del Conicet, hemos perdido muchísima gente. Por mencionar nuestro grupo solamente, se fueron más o menos la mitad de sus profesionales.
-Entonces cuando se advierte que en unos años podrían faltar científicos bien formados en el país, ¿se exagera?
-No. Quienes conducen las innovaciones en ciencia son las nuevas generaciones. La Argentina produce menos del 1% de la ciencia del mundo, pero si la gente que se va al extranjero no vuelve se pierde mucho. El sistema es ocupado por gente de menor calidad y se hace crecientemente difícil que los mejores puedan volver, por la resistencia local. Además también ocurre algo que un colega definió como el ínsodo de la ciencia argentina.
-¿Y qué significa?
-Insodo es opuesto a éxodo. Muchos se van. Pero también mucha gente inteligente no opta por la ciencia porque no quiere irse del país, pero tampoco tiene ganas de pasar por los sufrimientos que seguramente padecerá como científico. Entonces, esa gente se dedica por ejemplo a las profesiones tradicionales, que están sobrepobladas. Un médico más, por bueno que sea, no representa mucho. Esa misma persona, quizás en un ambiente más propicio, podría convertirse en un científico promisorio.
-Se dice que la ciencia es fundamental para el desarrollo. ¿Es fácil de explicar?
-Por un lado, está la influencia de la ciencia en el factor económico y por otro está su influencia en las decisiones políticas, algo que generalmente no se trata. Las economías más poderosas del mundo están basadas en el conocimiento. Ya no se miden tanto las riquezas naturales: se requiere del conocimiento para hacer cosas creativas que les agreguen un enorme valor a cosas de escaso valor. Por ejemplo, el dominio de la industria farmacéutica o del hardware. Pero el aspecto que se analiza menos es el de las decisiones políticas, que para ser autónomas requieren cada vez más basarse en el aporte de conocimiento local. Por ejemplo, el manejo de recursos naturales, ¿cómo se decide en los contratos pesqueros los límites de pesca de la merluza u otro pez? A través de consultas con biólogos marinos que son los que están en condiciones de decir que si se pasa ese límite se ingresa en predación y se pierde el recurso. Otro ejemplo son las enfermedades regionales, propias de cada país. Por ejemplo el Chagas o la Leishmaniasis, que afectan a sectores de muy bajos recursos. Eso no es negocio para los medicamentos. Se lo escuché a un alto ejecutivo de una de las grandes empresas farmacéuticas en Brasil: "No hacemos remedios que nos den menos de 50 millones de dólares de ganancia neta...".
-Una posición clara...
-Así es. Y por eso la necesidad de que la ciencia local se ocupe de los problemas locales. Si el sistema no retiene a la gente capaz de pensar en forma independiente, la sociedad se empobrece. Y esto tiene consecuencias más difíciles de evaluar.
-El caso de la ciencia argentina, ¿ha sido un elemento constitutivo de nuestra identidad, una especie de emblema proyectado al mundo?
-Creo que sí. La Argentina ha sido especial, no sé si lo es ahora. Estamos viviendo de glorias pasadas en ese sentido. La Argentina mantiene un liderazgo, es el único país de América latina con premios Nobel en ciencia. Pero si uno analiza esos premios, Houssay lo recibió por trabajos realizados en la universidad, pero cuando ya estaba excluido de la universidad; Leloir lo recibió por trabajos totalmente excluido de ella y Milstein directamente porque se tuvo que ir. Eso indica que el sistema es relativamente expulsivo. Los jóvenes no sólo se van porque tienen mejores opciones, sino también porque el sistema universitario y científico argentino es extremadamente escalafonario y autocrático.
-¿Es un sistema obsoleto?
-Pensemos en la carrera de investigador del Conicet. La etapa más creativa de la vida de un joven científico transcurre cuando está sometido a un director científico mayor, que quizá superó esa etapa más creativa. El sistema sajón, en cambio, permite una vez obtenido el posdoctorado, que la persona quede en libertad de hacer lo que quiera.
-¿La visión del científico que asciende según un escalafón de empleado público se compadece con la mentada creatividad de la ciencia?
-Es que no debería tener un escalafón similar al del empleado público. Hay un escalafón. Pero cuando Houssay creó el Conicet, la carrera de Investigador tenía contratos por dos años y se renovaba según rendimiento. En la época de Houssay no era un empleo. Ahora lo es. Y es difícil que una persona se caiga del sistema.
-Si acá un joven científico de 30 años que ya completó su posdoctorado quiere investigar en forma independiente, ¿dónde encuentra trabajo?
-Acá no puede. Pero esto se podría reformar muy fácilmente. Primero, no poniéndole un director y segundo, abriendo una línea de financiación para gente independiente y joven, que es lo que hacía la Fundación Antorchas. Casi todo el sistema de promoción de la ciencia de Antorchas lo armé yo y lo hice básicamente pensando en los jóvenes.
-¿Por qué habla en pasado de la Fundación Antorchas?
-Es que los fundadores de Antorchas decidieron que no seguirá. Podría seguir, porque depende de fondos independientes, que producían una renta anual que se podría haber mantenido. Pero los fundadores decidieron cerrarla a través del mecanismo de gastar más de lo que pueden, entonces pasados diez años se quedarán sin recursos. Es una actitud criticable, así se lo dije al presidente actual, Joseph Oppenheimer. No quieren morirse y que quede en otras manos... Hay algunos ejemplos similares en los EEUU: la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford ya no son más de los grupos originales. La Fundación Rockefeller hace videos del Che Guevara, y calculo que a Rockefeller no habría de gustarle mucho, pero no por eso la cerraron.
-¿Antorchas aportó mucho al sistema científico argentino?
-Muchísimo. Para que la ciencia funcione no sólo se requiere que el dinero esté sino que se entregue en forma, en tiempo, a valor constante. Antorchas siempre cumplió con eso. A nosotros el Conicet nos debe dinero desde hace tres años.
-Y la UBA, ¿subsidia bien?
-En la época de la convertibilidad la UBA tenía un presupuesto para ciencia y técnica de 12 millones de dólares, que era bueno y nos ayudó mucho, pero que no se distribuía exclusivamente en función del mérito sino que tenía que dividirse entre sus distintas facultades. Por eso prefiero que las entidades financiadoras estén fuera de las ejecutoras, algo que ocurre en todos los países de mayor desarrollo científico.
-Entonces está de acuerdo con la Agencia de Promoción Científico-Tecnológica local, que solamente financia...
-Me parece una buena idea. La Agencia tiene recursos, pero de fondos internacionales que ponen sus condiciones. Ahora, el tan anunciado aumento del presupuesto es fundamentalmente para equipos de última generación. Cuando hicieron el anuncio pensé que con esa plata podríamos reparar los equipos que no están funcionando. Pero no. Tiene que ser el equipo de ultimísima generación.
-¿Y eso qué implica?
-Bueno... pienso que a quienes otorgan los fondos les interesa favorecer a sus dueños, que son en general los países que manejan esos equipos. Y en segundo lugar creo que en una visión medio cachuza de la realidad el decir "hemos entregado tantos millones de pesos en equipos de última generación" luce más para el que no está en el asunto que decir "hemos rebobinado una centrífuga que hace diez años que no funcionaba...". Debería haber partidas para todo. Sin embargo, para mí, el punto fundamental es otro.
-¿Cuál?
-Es urgente repatriar gente. Pero no estoy de acuerdo con la idea de Sadosky de repatriar a los mayores, ya establecidos afuera. En cambio, hay jóvenes que se fueron hace cinco o seis años y volverían encantados si se dieran las condiciones.
-¿Ese debería ser el eje de los cambios?
-Sí. Por otro lado, los investigadores del Conicet tienen una edad promedio cercana a los 50. Y eso también contribuye. Los viejos les tienen miedo a los jóvenes: eso pasa en todas las especies del reino animal, el león viejo todo apolillado le tiene miedo al joven todo lustroso. Algunos científicos mayores tienen real vocación. Pero otros se quedan dentro del sistema por las bajas jubilaciones.
-¿Se le puede ordenar por decreto a un científico brillante, por mayor que sea, que se retire?
-No. Pero sí restringir sus actividades. Por ejemplo, que no tenga funciones directivas. En el Instituto Weizman de Israel, que es un ejemplo de investigación, la gente luego de los 65 años puede seguir trabajando, pero no dirigir instituciones.
-¿El científico mayor no puede ser el viejo sabio de la tribu?
-El científico argentino promedio no es sabio. Y no es sabio porque la estructura de la universidad no lo obliga a interactuar con gente de otras tribus . En este departamento son todos bioquímicos, todos hablan de bioquímica. En Oxford o Cambridge, la gente vive en colleges, hay tipos de todas las disciplinas y es obligatorio comer tres veces por semana todos juntos. Entonces si el investigador que se sienta al lado es un especialista en porcelana persa del siglo XIV uno tiene que dialogar con él y eso favorece la sabiduría. La sabiduría no es saber cómo están hechas las cilias de la célula de la tercera parte del intestino delgado. La sabiduría es tener la capacidad de ver con mayor amplitud lo que el no sabio ve del mundo y de tomar resoluciones sobre esa base.
-Han aparecido muchas universidades privadas en el país. ¿Qué opinión de ellas?
-Hay muy pocas de medicina o ciencias biológicas. La mayor parte son de Economía o de Administración. No me parece mal. Lo que sí me parecería mal es que la buena educación se consiga en las universidades privadas, porque se convertiría en algo dependiente de los recursos económicos.
-¿Y estamos en ese camino?
-En algunas disciplinas sí. Por ejemplo, en economía. Las mejores escuelas de economía en este momento son las privadas.
-Pero las universidades públicas argentinas tienen gran prestigio intelectual...
-Sí. Por eso digo: si el interés de formar profesionales lo tienen empresas grandes y se pierde ese espacio supuestamente abierto a todos, que son las universidades públicas, sería lamentable. Pero si eso sucede es culpa de la gente que maneja las universidades oficiales, de la inactividad de los docentes y alumnos o de las visiones cortoplacistas. Si uno recorre los pasillos de la planta baja de esta facultad, por ejemplo, encuentra carteles que dicen "Gran Victoria, conseguimos que se postergue el parcial". Me parece bien que los estudiantes pidan muchos turnos porque trabajan. Pero además tienen que pedir que les enseñen bien, tienen que pedir calidad. Y no hay carteles que pidan esto.
-¿Usted está a favor de la educación pública, gratuita y laica?
-Sí, absolutamente. Pero no en contra de otras alternativas.
-¿Qué relación debería haber entre la universidad y las empresas?
-La relación empresas y universidad es válida y ocurre en todo el mundo. Pero me parece que el límite es que el sector empresario o cualquier otro no puede tener el control de la educación pública, porque al tenerlo la sectorializa necesariamente.
-¿Y cuál es su opinión sobre el financiamiento de la ciencia?
-Es un tema crucial, y no sólo por el monto sino por la manera en que ese monto se utilice. Hay un mínimo de financiación. Si se está por debajo de esa cantidad, es inútil. Si tomamos los datos de los países que tienen investigación seria, ese mínimo oscila entre el 2 al 3% del PBI. Eso se divide en tres: investigación académica o básica, investigación aplicada con un fin determinado y finalmente el desarrollo: transformar el fruto de la investigación en un producto o en algún consejo al gobierno. Típicamente, en este número global la mitad de lo que se gasta es del Estado y la mitad es del sector privado. En todo el mundo, la investigación básica, que suele ser de largo plazo, la mayor parte de la inversión es estatal. En un país muy privatizado como los Estados Unidos, más del 70% de la investigación en las universidades las paga el gobierno federal. Harvard o Yale se funden el día en que la reserva federal les corta los fondos. En la investigación aplicada se produce lo contrario: del 20 a 30% es de origen público y 70% de origen privado. Lo deseable son esos números. Pero en la Argentina, como no hay desarrollos enormes, el valor razonable sería el 1% del PBI.
-Prometieron llegar en 2006...
-Prometieron.
-¿Usted cree que no se llegará?
-Hay mucha gente que prometió llegar a eso. Yo voy a creerlo el día en que vea un plan de cómo llegar a eso.
-¿Ese plan no existe?
-Todavía no. Por ahí lo están pensando.
-Pero Kirchner presentó algunos lineamientos, ¿los conoce?
-Son razonables, y el Presidente muestra interés. Pero Kirchner muestra interés en todo. El estilo K es decirle que sí a todas las demandas no satisfechas de la sociedad. Vamos a ver si lo puede hacer. Esperemos que sí.
-¿Y qué aspectos aconseja considerar a la hora de debatir un plan científico?
-Primero tiene que haber una hipótesis de crecimiento: saber cuántos científicos se quiere tener en diez años. El número actual es bajísimo. Además, habría que compensar fuertes diferencias regionales. La descentralización es muy importante. Y luego la distribución temática. En la ciencia argentina hay una fuerte tendencia a la endogamia, a no cambiar de temas. Hay temas de punta, que sólo pueden concretar países de mucho dinero, como enviar un hombre al espacio. Pero después es necesario promover las áreas de vacancia. Por ejemplo, hay muy poca investigación clínica en los hospitales. Es lógico que así sea: están desbordados. Pero son el lugar indispensable para investigar enfermedades humanas.
-Ya que menciona los hospitales, Kirchner dijo que en una emergencia se atendería en el Argerich. ¿Qué le parece?
-Me parece muy bien. En todos los países serios los presidentes o primeros ministros se atienden en hospitales públicos, no en clínicas privadas.
-¿Cómo se imagina ser médico en un hospital de un país donde más de la mitad de la gente está bajo de la línea de pobreza?
-En las situaciones difíciles hay que basarse en principios generales. El principio general es que la atención médica es un derecho de todo ciudadano. Hay que organizar las cosas para que esa atención llegue a todos. Hacerlo a través de grandes hospitales metropolitanos no es la forma. Además, la mayor parte de los problemas en las poblaciones marginadas son de atención primaria, y el 90% se puede solucionar si hubiera centros distribuidos cerca. Eso es lo que puede hacer la medicina, pero hay otros aspectos que hacen a la salud de una población, que son la alimentación y la higiene y ahí la medicina tiene que acompañarse de programas especiales, sobre todo de un programa alimentario para los chiquitos, que no se recuperan totalmente cuando sufren desnutrición.
-¿Y piensa que algunas de esas metas se están buscando en el Gobierno?
-Me parece que sí.
-¿Ve a Kirchner al frente de un Estado más intervencionista, digamos, a la keynesiana?
-Veo lo siguiente: esa etapa poscaída de la Europa socialista y del muro de Berlín, en que se hablaba del fin de la historia y de que todo iba a andar bien, se acabó. El Estado microscópico y el mercado regulando todo pertenecen al pasado y es uno de los tantos ensayos que hizo el mundo sin éxito o con un éxito muy relativo. En vez de eso, lo que pasó es que el mundo entró en un nivel de conflictividad como hace mucho tiempo que no tenía. Si extrapolamos eso a América latina y en particular a la Argentina, el resultado neto fue un aumento brutal de la diferencia entre los que más y menos tienen. Probablemente no se pueda volver al Estado intervencionista del 50 o 60, pero la historia reciente ha demostrado que el Estado tiene que dirigir, que la teoría del over flow de los recursos, que rebalsaban y caían para todo el mundo no funciona más.
-¿Cuál es su impresión sobre la década de 1990 en nuestro país?
-Muy negativa. Creo que en el sector científico, la última etapa con el licenciado Juan Carlos del Bello fue bastante buena. Pero en general lo que se suele llamar el menemismo fue globalmente desastroso. Ahora, si uno le dice eso a alguien más a la derecha que yo, puede contestar que era necesario privatizar. No tengo ideología firme acerca de que los servicios públicos sean del Estado o no. Pero ciertamente creo que la manera en que se hizo en el menemismo fue brutal, corrupta, cara y al país le dejó poco beneficio. Sí, los teléfonos andan bien y es bueno, pero tampoco es tan espectacular. Y otra cosa positiva puede haber sido la detención de la inflación o el superdólar de Cavallo, que permitía viajar al extranjero con bastante facilidad. Pero son detalles. A nivel global creo que la época menemista fue terrible.
-¿Entonces el Estado debe intervenir más activamente, por ejemplo en la distribución?
-Tiene que intervenir en la distribución y en garantizar ciertos derechos básicos a todo el mundo: salud, educación y seguridad... El liberalismo extremo en la Argentina y en el mundo fracasaron y creo que Kirchner y su gente se dan cuenta de eso y lo están diciendo. Ahora, todavía no hay tiempo como para advertir si esto va a funcionar o no. Yo espero que funcione, pero uno también está un poco curado de espanto de la diferencia brutal entre los dichos y los hechos. La clase política debe darse cuenta de que tiene que hacer muy buena letra para recuperar lo que perdió.




