
La apatía social debilita la democracia
Apatía social y desaparición de los partidos políticos. La Argentina lleva esos trastos en la maleta haciendo ya el último trecho del viaje hacia las elecciones del próximo domingo. Nunca desde 1983 hubo una sociedad tan indiferente en las vísperas de un recambio presidencial. Nunca los partidos políticos estuvieron tan ausentes en una puja crucial por el poder. ¿Presiente la sociedad lo que sucederá? ¿O, acaso, le da lo mismo un resultado que otro?
La frialdad social frente a la política es también un fenómeno universal. La maravillosa era tecnológica ha enclaustrado a los ciudadanos en sus casas y ha condenado a los políticos a predicar en el desierto, salvo cuando se tienen recursos para trasladar potenciales clientes. El clientelismo es el último refugio de ciertos políticos argentinos para que no se note la orfandad. Sin embargo, la indiferencia de la sociedad argentina es aun mayor que la francesa, la española o la italiana, porque aquí se hicieron las cosas exactamente al revés.
Hay una sociedad más resignada que entusiasmada ante la posibilidad de elegir un nuevo gobierno. También, grandes sectores urbanos se mueven más por emociones pasajeras que por convicciones políticas. El precio de la papa o el vencimiento de la próxima cuota pesan más en ellos que la retórica electoral de cualquier candidato. Lejos de cualquier identificación partidaria o ideológica, esos grupos sociales reclaman un manejo gerencial más eficiente de sus conflictos. Los conflictos argentinos sin resolver son muchos, separada ya la maleza de la gran crisis.
Rodríguez Zapatero, Sarkozy o Romano Prodi tienen serias dificultades para provocar el entusiasmo político de sus sociedades, pero nadie pude negarles que lo intentan una y otra vez. Ninguno se ha propuesto, además, hundir a su partido, y todos han llegado al poder luego de intensos debates internos. La política lucha allí, y en otros lugares del mundo incluidos los Estados Unidos, para devolver a los ciudadanos a la participación social en tiempos difíciles, cuando todo puede hacerse solitariamente frente a una computadora.
Internas
Si bien se mira el proceso electoral vernáculo, los políticos locales no han hecho más que espantar a los argentinos. Ningún candidato quiso pasar por un proceso interno de selección. Todos se conformaron con la regia figura presidencial que les devolvía el espejo. "El Presidente resolverá eso en su momento", respondió un connotado gobernador cuando le preguntaron, a principios de año, si el candidato del oficialismo sería Kirchner o su esposa. Una sola persona debía decidir, según ese relato, quién sería el candidato del Gobierno para conservar el poder.
Y, en rigor, fue así. Aquel gobernador tenía razón. La senadora Kirchner se mantuvo en un segundo plano, alejada del escenario de la política, aunque activa en la resolución del poder, durante todo el mandato de su esposo. Sólo luego de que se tomó aquella decisión ella apareció tímidamente en actos públicos en el interior y en el exterior del país. Nadie podía esperar el frenesí colectivo después de semejante trámite.
Es cierto que muchos candidatos opositores no pueden estar juntos porque nada existe que los pueda unir. Pero hay un trecho entre esa constatación y lo que hicieron todos: primero se proclamaron candidatos presidenciales, luego se convencieron de su arte como políticos y, por fin, se negaron a entablar ningún diálogo con el resto del arco opositor. La sobreoferta opositora concluyó, así las cosas, en la peor fragmentación de los no oficialistas que se haya visto en casi 24 años de democracia.
El resultado puede ser ya no sólo el holgado triunfo del oficialismo, sino también una pobre representación parlamentaria de la oposición en el próximo período constitucional. Este es, quizás, el peor legado institucional que podría dejar esa extrema atomización de la oferta opositora, que se explica nada más que en el triunfo de la vanidad personal sobre el interés político.
Sin partidos
Las elecciones se avecinan con un Partido Justicialista en estado vegetativo, con pérdida de conciencia incluida, y con el radicalismo más fracturado e impotente que nunca. El justicialismo está intervenido por la jueza María Servini de Cubría, que es la única que hace y deshace en el partido que fundó Perón. El radicalismo ha perdido a manos de Kirchner casi todas las provincias que gobierna (todas, con la relativa excepción del Chaco) y un buen número de los cientos de municipios que administra en el país.
Quizá nada de eso sea decisivo. Es improbable que el radical común y corriente incline su voto por un peronista sólo porque lo ha hecho el oportunismo de un gobernador o de un intendente radical. El peronismo tiene, mal o bien, un peronista en el poder y puede disimular, con más recato, su voto reacio. La concertación de Kirchner es una bella palabra sin contenido. ¿Cuándo, con quién y qué concertaron desde el poder? Respuesta, hasta ahora: el gobernador radical Julio Cobos debió pegar algunos gritos para que sólo lo dejara subir a pocos palcos de la pasteurizada campaña.
El entusiasmo electoral sólo se vio en distritos donde aparecieron figuras nuevas de la política, aun cuando expresaran ideologías muy distintas. Tales son los casos de Mauricio Macri, en la Capital; de Hermes Binner, en Santa Fe; de Luis Juez, en Córdoba, y de Fabiana Ríos, en Tierra del Fuego. La novedad y el debate provocan algunos ardores sociales y las dos cosas estuvieron ausentes en la campaña nacional. Todo es -y fue- demasiado previsible, casi triste.
El problema es que a la democracia le cuesta vivir sin compromiso social y sin un sistema de partidos políticos. La indiferencia de la gente común puede terminar confundiendo la democracia con cualquier otro sistema, conocido o desconocido. La democracia es, además, impensable sin partidos políticos. Es cierto que la apatía actual de la sociedad puede facilitar el trámite de la elección para los que mandan. Pero la soledad nunca es buena en política, y ése será el primer obstáculo del día después para el próximo gobierno.






