
La custodia del sable de San Martín
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Hasta hace dos meses, Diego Chasampi les tenía miedo a los caballos. Ahora puede montar y lucir su uniforme histórico del Regimiento Granaderos a Caballo General San Martín.
A los 19 años asegura que encontró el camino de su futuro: estudiar la carrera de suboficial militar. Por ahora es sólo un voluntario del Ejército a quien le tocó en suerte custodiar uno de los patrimonios históricos más importantes de los argentinos, como lo es el sable corvo de San Martín.
Tamaña responsabilidad nunca se le había ocurrido allá, en la casa de un barrio humilde de Moreno donde vive junto a papá, mamá y otros siete hermanos menores que él.
Una familia grande con un presupuesto chico. No había plata para empezar alguna carrera cuando alguien le habló del voluntariado militar. Puede ser, se dijo a sí mismo.
Hoy, al recordarse a San Martín en todo el país, quizá lleve consigo una parte de aquel espíritu sanmartiniano de amor a la Patria y desprecio al lujo.
El acto central se realizará a las 15 en la Plaza de Mayo. También habrá una formación en Yapeyú. Al verlo pasar, envuelto en llamativos colores oro y azul, fajas, hebillas y pecheras relucientes, seguramente los chicos lo mirarán con admiración.
Pero desde hace varios días Diego viene realizando una tarea menos grata, como la limpieza y preparación de su vestimenta y su cabalgadura.
Al igual que los otros 900 granaderos que hoy participarán de los actos a lo ancho y a lo largo del país, tuvo que limpiar los bronces de la caballada, arreglar cueros, pulir arneses, bañar, rasquetear y cepillar al caballo y, con paciencia, trenzarle las crines.
Luego se ocupó de su vestimenta. Pomada y cepillo para las botas; brillo excelso en los botones y bandoleras. Finalmente, una limpieza a fondo del morrión que caracteriza a los granaderos y permite reconocerlos desde lejos.
Erguido y orgulloso, hoy temprano se presentará ante su jefe para la rigurosa inspección final. Luego repasará una vez más la historia del regimiento para poder responderle a quien lo consulte. Antes de partir, concurrirá a la capilla.
Introvertido y serio, cabalgará lentamente por algún lugar de la Argentina en honor a quien falleció a las 15 del 17 de agosto de 1850, en Boulogne-sur-mer, Francia.
La amistad que Escocia le brindó al Padre de la Patria
Vínculos: en un momento crucial de la vida del Libertador, un escocés le brindó su ayuda y amistad; recuerdos en la comunidad.
BANFF, Escocia.- Ahora que Escocia parece haber emprendido el camino seguro hacia la autonomía -lo que algunos descuentan que conducirá a la independencia- no puede ser más que oportuno recordar una historia poco conocida.
Durante 47 años, y por razones que resulta difícil comprender, el nombre de James Duff, cuarto conde de Fife, ha sido prácticamente borrado de la memoria de los argentinos.
En la década del cincuenta, sin embargo, su labor en favor de la "libertad y felicidad de los pueblos de América" y su amistad de toda la vida con el general José de San Martín fueron motivo de enormes festejos a ambos lados del Atlántico.
En Buenos Aires, el gobierno de Juan Domingo Perón, del cual no se puede decir que profesara particular simpatía por los británicos, hizo cambiar en 1952 el nombre de la plaza Versailles, en el barrio que hoy lleva ese nombre, por el de Ciudad de Banff, para homenajear a los que en 1824, y por primera vez en Europa, acogieron con honores al Libertador en su exilio.
Dos años antes, el 25 de octubre de 1950, el embajador argentino en el Reino Unido, Carlos Hogan, había sido recibido aquí con las calles adornadas con flores azules y blancas, una banda de medio centenar de gaiteros y miles de lugareños que aprovecharon el feriado impuesto por las autoridades para saludar con vítores el paso de la comitiva.
La ceremonia, que coincidió con el año del centenario de la muerte del Libertador, culminó con la entrega de 100 libras por parte de la Fundación Eva Perón al hogar de ancianos local, una réplica del sable del general San Martín al museo de Banff y la colocación por parte de Hogan de una araucaria -traída en avión desde los Andes-, en los jardines donde descansan las ruinas del primer castillo de Banff.
Con poco más de tres metros, el árbol sigue hoy en pie, desafiando las temidas ráfagas de viento del mar del Norte.
"Aquel fue tal vez el evento social más importante del siglo para nuestra ciudad", señaló a La Nación James McPherson, lord-lieutenant del condado de Banff, título que lo señala como representante personal de la reina en esta región rica en agricultura y recursos marítimos.
Pasaporte a la libertad
Basta charlar aquí con cualquier persona para que la palabra Argentina surja acompañada de una sonrisa. Un gesto que refleja la admiración por una amistad que trascendió lo personal.
Los dos hombres se conocieron luchando contra las fuerzas napoleónicas en la península ibérica. San Martín era capitán del ejército español; Duff, que se había alistado como voluntario para olvidar la prematura muerte de su esposa, Mary, alcanzaría más tarde el grado de mayor general.
De familia de linaje escocés -actualmente vinculado por sangre con la corona-, Duff profesaba ideas liberales, un factor que, sumado a su generosidad y sencillez, hizo que se ganara fácilmente la estima de su colega nacido en Yapeyú.
En 1808, el héroe de Bailén ya había formado con Alvear y Zapiola la Logia Lautaro, cuyo objetivo era iniciar la campaña emancipadora de América latina. En 1811, aunque aún no había terminado la lucha contra los invasores franceses, San Martín decidió viajar a Londres, el " centro de reclutamiento" en Europa para la causa de la independencia. Muchos aseguran que fue Duff, también miembro de la masonería, quien lo convenció de tomar lo que, a los ojos de los realistas, era el "camino de la traición".
San Martín se encontró pronto con un grave problema: las autoridades españolas no estaban dispuestas a aceptar que un militar diestro abandonara el país, más aún sabiendo que su origen sudamericano podría convertirlo en un rebelde.
Duff intervino entonces y obtuvo, por medio de otro escocés (sir Charles Stuart, ex encargado de negocios de la embajada británica en Madrid y entonces enviado en Lisboa), un pasaporte y un pasaje hacia Inglaterra al que agregó varias cartas de presentación y letras de crédito de las que aparentemente el Libertador no tuvo que echar mano. San Martín pudo de esta forma llegar a la capital británica a fines de 1811 y emprender camino a Buenos Aires a comienzos de 1812.
"Sorprenderá a todos"
Los dos amigos se mantuvieron en contacto durante todos los años de la campaña libertadora.
Tras la victoria de Chacabuco, por ejemplo, Duff (por entonces conde de Fife, tras haber heredado el título de su tío, y confidente del rey Jorge IV) escribió en perfecto español: "No puede usted, mi amigo San Martín, figurarse cómo las noticias de su buena conducta me han llenado de satisfacción. Desde mi llegada de España he estado siempre diciendo a mis compatriotas: paciencia, un hombre por allá sorprenderá a todos".
De regreso en Europa con el deber cumplido, San Martín se dirigió en abril de 1824 a Londres, donde su amigo escocés lo aguardaba con los brazos abiertos.
Tras varios meses en la capital británica (los dos hombres formaron parte del grupo que logró que Canning reconociera en julio de ese año la independencia de nuestro país), el conde condujo a San Martín a su residencia de verano, la imponente Duff House, en Banff.
El Libertador pasó aquí toda la temporada y su estatura de héroe no tardó en ser reconocida a tal punto de que las autoridades locales decidieron otorgarle, el 19 de agosto de ese año, el título de Freeman of the Royal Burgh of Banff, la primera, si no la única, distinción recibida por el Libertador en el Viejo Continente y equivalente hoy a la entrega de las llaves de la ciudad.
De ahí en más, cada uno seguiría su camino.
San Martín realizaría un frustrado regreso a Buenos Aires para luego vivir en Bruselas, París y finalmente en Boulogne-sur-mer, donde murió en 1850. Duff abandonó la corte y su asiento en la Casa de los Comunes para radicarse en su tierra. Falleció en Banff en 1857.





