
La herencia del perito Moreno
Por Germán Sopeña
1 minuto de lectura'
No se puede ver al tratado de los Hielos sin analizar el conjunto de la relación entre los dos países a lo largo de más de 100 años.
Las ratificaciones parlamentarias que se producían entre ayer y hoy en Buenos Aires y en Valparaíso constituyen un paso fundamental tanto para cerrar muchas décadas de controversias limítrofes como para acentuar aún más la superlativa relación bilateral afirmada en los últimos años.
Y no se puede menos que saludar que este acuerdo final sobre la cuestión de los Hielos se haya hecho volviendo precisamente a la tradición marcada por todos los tratados anteriores: el retorno al principio rector de la frontera natural -la cordillera- siguiendo las líneas de altas cumbres que dividen las aguas que van al Atlántico o al Pacífico.
Este postulado básico, que había sido abandonado en 1991 con la bien- intencionada pero errónea solución de la línea poligonal, se transformó, por su propia falta de realismo, en un obstáculo en vez de un medio para solucionar la última gran controversia entre la Argentina y Chile.
Difícil comprensión
El obstáculo era muy grande porque irritaba por demás a técnicos, historiadores y juristas que se dedicaron a estudiar la cuestión, un tema de difícil comprensión para no iniciados, pero también complejo para especialistas dadas las particularidades de esa región patagónica.
Pero, además, el abandono del principio tradicional de las altas cumbres divisorias de aguas daba tanto lugar a críticas interminables que se explica así que el acuerdo anterior estuviera condenado al fracaso.
El punto destacable es que la voluntad de acuerdo en ambos países logró superar el enorme escollo de una tratativa empantanada. Allí jugaron definitivamente en favor tanto la vigencia de gobiernos legítimos y democráticos, cuanto el notorio aumento de las vinculaciones económicas y, en otro aspecto esencial, la solidaridad internacional de la Argentina con el gobierno de Santiago ante la difícil situación motivada por el caso Pinochet.
Hay aún, sin embargo, quienes pueden tener dudas sobre el tratado de 1999. Y pueden argumentar en su favor que también en 1902, cuando se aceptó en ambos países el laudo arbitral británico, los titulares de los diarios dijeron que "se cerró el último episodio de la controversia limítrofe".
Voluntad para el acuerdo
Frente a estas objeciones conviene apuntar lo siguiente: 1) Es cierto que el tratado actual deja aún sin definir una porción importante, la zona norte de la región en litigio. Eso queda sujeto al estudio de los técnicos en el lugar y, para los más escépticos, esa necesidad de comprobaciones puede dar lugar a nuevas y prolongadas discusiones.
Sin embargo, al haberse establecido claramente que la demarcación debe definirse según el principio de la divisoria de aguas por las altas cumbres, no pueden surgir muchas dudas al respecto. Afortunadamente, la geografía es allí inapelable en esa región y no puede dar lugar, honestamente, a nuevas controversias.
Y si realmente no se respetara en la demarcación el principio rector básico, será muy fácil y evidente levantar la voz advirtiendo que no se cumple lo establecido.
2) Hay que darle a la voluntad de acuerdo la importancia histórica que tiene. Así sucedió en el pasado con el análisis que hicieron las mentes más preclaras de la época.
Cuando, en 1902, el laudo arbitral del rey de Inglaterra dio razón, en gran parte, a los estudios y fundamentos geográficos presentados por el perito Francisco P. Moreno, el gran héroe civil de la Patagonia, supo ver las cosas con un siglo de anticipación: consideró que ya no era necesario ocuparse del problema de límites porque se había resuelto lo esencial, que era la voluntad de acuerdo.
Hoy, 97 años después, vale la misma reflexión. Si aún puede haber interpretaciones por discutir, el punto final es prácticamente un hecho. Es la gran herencia que dejó Moreno.





