La historia trágica que une a los dos hermanos
Conocieron la cárcel, el poder y los lujos
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Sus nombres y el apellido repleto de consonantes se hicieron conocidos para la sociedad argentina en plena dictadura militar y de la manera más trágica y sangrienta.
A 31 años del asesinato de sus padres, hecho que los condenó a pasar muchos años tras las rejas, Sergio y Pablo Schoklender vuelven a la cárcel. Por disposición del juez federal Norberto Oyarbide, los hermanos vuelven a un ámbito conocido, aunque por razones bien diferentes a las del espeluznante caso que los dejó en la historia de la criminología en el país. Ayer, al igual que en 1981, Sergio se entregó a la policía unas horas antes que su hermano menor. La detención se produce en mayo, al igual que aquella noche en la que Mauricio Schoklender y su esposa, Cristina, aparecieron muertos, acribillados a balazos, en su propio departamento.
Luego de la matanza, los hermanos huyeron a la costa atlántica. Allí intentaron fraguar una historia sobre un supuesto gran negocio que les permitiría salir del país, que finalmente no se concretó. Siguieron huyendo, pero ya separados. Sergio fue atrapado en la misma zona de la costa, mientras Pablo terminó en el interior del país, donde fue arrestado más tarde. Tras hacerse cargo de la autoría de los homicidios, Sergio recibió en 1985 la condena a cadena perpetua.
Su hermano fue absuelto en primera instancia, pero la Cámara del Crimen también le aplicó la pena máxima. Cuando fueron a detenerlo, ya estaba en Bolivia con otra identidad, hasta que en 1994 lo atrapó Interpol y lo envió a la Argentina.
Un año después, Sergio pudo empezar a salir de la cárcel con los títulos de psicólogo y abogado bajo el brazo, obtenidos en el Centro Universitario de la cárcel de Devoto (CUD). Pablo recién volvió a ver la luz de la libertad en 2001.
Sergio, el más conocido, el del carácter taciturno, la barba y las ropas oscuras, fue "adoptado" por la jefa de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, cuya vida también estuvo signada por la tragedia.
Su carrera fue meteórica, y pasó desde simple colaborador hasta apoderado de la entidad. Manejaba la Fundación de las Madres, el programa Sueños Compartidos, que se encargaba de la construcción de viviendas sociales con fondos aportados por el Estado. El programa recibió, en total, $ 765 millones.
Fortuna
Poco a poco, se fue conociendo su amor por los lujos, los bienes y la buena vida. Compró desde 2007 al menos cuatro embarcaciones y pequeños cruceros, hasta llegar al yate Arete, valuado en 420.000 dólares. También ese año adquirió un departamento en el edificio contiguo al de las Madres, en Congreso, por 72.000 dólares en efectivo. Ya divorciado, se hizo del lote 13 del barrio parque El Patacón, de 1600 m2, por US$ 145.000 en efectivo. Y de una moto Kawasaki negra. No se privó de esquiar en Bariloche, con gastos millonarios, y en hospedarse en Las Hayas Resort Hotel, de Ushuaia. En mayo del año último aparecieron las primeras denuncias y noticias sobre supuestos desvíos de fondos y, de allí a la acusación de fraude, sólo hubo un paso.
Se fue Sergio de la Fundación. Entró su hermano Pablo. Y también se fue. En la trama urdida a un ritmo más veloz que la construcción de las viviendas sociales quedó atrapada hasta la propia María Alejandra, hija de Bonafini.
El juez Oyarbide, con un cúmulo de causas sensibles para el Gobierno, prorrogó media docena de veces el secreto de sumario hasta que pasaron las elecciones en las que el oficialismo volvió a triunfar. Después sí llegaron las citaciones a indagatoria y el magistrado empezó el trámite de manera rutilante: con la figura excluyente del caso en su despacho y mandándolo preso casi al instante, orden que también impartió para Pablo.
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