A diez años del corralito: el recuerdo de una ahorrista que no despertó de la pesadilla
La historia de una mujer que estaba saliendo de una grave enfermedad cuando fue afectada por las medidas restrictivas; quiso retirar sus fondos, pero no llegó a tiempo; todavía pide justicia
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Faltaban dos semanas para el anuncio del corralito. En 15 días, Domingo Cavallo diría que había que adoptar "medidas extraordinarias" para "asegurar el buen funcionamiento de la economía" ante el peligro de los "ataques especulativos". Promediaba noviembre de 2001, los rumores de una crisis financiera pululaban y Silvia temió por sus ahorros. "Decidí sacar los fondos, fui al banco y me dijeron que tenía que esperar 48 horas". Pensó en volver después. No se imaginaba que ese después no llegaría.
María Silvia Dickson atravesaba la peor etapa de su vida a nivel personal. Había pasado los dos últimos años luchando contra un cáncer y estaba saliendo de esa grave enfermedad. Sin embargo, en el transcurso de esa recuperación, el 2001 le daba otra mala noticia: su matrimonio de más de dos décadas llegaba a su fin, y en malos términos.
"Junté mi dinero y pensaba que un día me compraría con esa plata un departamento para alquilar, de manera que mi jubilación sería la renta"
Cuando se casó, allá por los 70, tomó el rol de ama de casa con mucha alegría. Tuvo dos hijos muy seguidos: en 1980 y en 1982. Al poco tiempo sintió que tenía que generar sus propios ahorros e idear un plan para solventar su vejez ya que no cobraría jubilación. Ni lerda ni perezosa formó primero una pyme y después una ONG dedicada a realizar cursos de capacitación en los diferentes municipios del conurbano bonaerense.
"Me fue muy bien. Junté mi dinero y pensaba que un día me compraría con esa plata un departamento para alquilar, de manera que mi jubilación sería la renta", recuerda en una entrevista con LA NACION. En diez años, Silvia acumuló casi 100 mil dólares y los depositó en un Fondo Común de Inversión, aconsejada por el banco que eligió, donde le aseguraron que podía tomar la opción de ahorro en dólares.
Silvia continúa su relato sobre 2001 y su emoción aflora con cada palabra.
"Volví a las 48 horas. Noté que algo no andaba bien. Sólo podía retirar 20 mil dólares y en forma pesificada, así que me dieron 28 mil pesos. Pedí un amparo y salieron dos sentencias favorables pero no me pagaron", cuenta exaltada por lo que considera una "injusticia y una estafa".
El 1 de diciembre de 2001, hace exactamente 10 años, Domingo Cavallo anunciaba el corralito bancario, la primera medida restrictiva que luego se acrecentaría con el denominado corralón, que se puso en marcha durante el gobierno de Eduardo Duhalde.
En esa gestión además llegaría la pesificación.
Primero, Silvia vendió su auto. "Lo malvendí. Cuando me terminé de comer el auto, malvendí mi departamento", enumera, enojada como si estuviera realizando su descargo ante un juez.
-¿Asistió a las manifestaciones? Baja la vista y suaviza la voz, con la decepción atravesada entre sus cuerdas vocales: "No manifesté. Cuando vi que ni siquiera con el amparo me devolvían mis ahorros, me di cuenta que en este país no hay justicia. ¿Cómo lo vas a arreglar? La sensación es de una impotencia tan grande…"
Pasaron varios meses hasta que Silvia se inclinó por iniciar nuevas causas judiciales. Sin embargo, su abogada renunció aduciendo que no había forma de que le devolvieran el dinero.
"Decidí esperar un tiempo porque me afectó mucho psicológicamente. Estaba recuperándome de un cáncer y me hacía mucha mala sangre ir a protestar. Pasaba por el banco y me largaba a llorar. Pensaba en lo que me costó ahorrar toda esa plata", relata con los ojos chispeantes. A diez años todavía le duele, y mucho.
"Decidí esperar un tiempo porque me afectó mucho psicológicamente. Estaba recuperándome de un cáncer y me hacía mucha mala sangre ir a protestar."
Hoy vive en un luminoso monoambiente en Palermo. Ya no añora los espacios amplios a los que estaba acostumbrada antes del corralito y siente que está volviendo a empezar, a fuerza de una gran voluntad. "Las madres nos seguimos haciendo cargo de los chicos como sea, aunque la parte económica flaquee. Pero yo pensaba que en algún momento iba a poder cobrar. Empecé a ir barranca abajo porque cambió toda mi vida de repente", explica resignada. Recuperó sólo el 20% de sus depósitos y sigue peleando, aunque el banco donde todo comenzó ya no existe con ese nombre: en el transcurso de estos 10 años se vendió dos veces. Y Silvia ya no figura como clienta ante los nuevos dueños.
"Me trataban como una reina cuando llevé mis fondos. Después, me miraban como si les estuviera pidiendo una limosna y yo sólo quería mi dinero". Un brillo cruza la mirada de esta ahorrista cuando evoca el rostro de esa empleada que, con ambicioso empeño, la convenció de elegir ese banco y que luego la trataría "como un mueble de oficina", con "desprecio" y arrogancia. Hoy sigue siendo su principal interlocutora y nexo con el nuevo banco. "De sólo pensar que tengo que ver esa cara otra vez, saber que me va a ignorar como lo hizo en cada ocasión en estos diez años, me da tanta impotencia, tanta…"
En junio pasado, contrató otra abogada e inició una demanda comercial a la nueva entidad, pero no obtuvo respuesta.
La desazón se dibuja en su rostro tan clara como las arrugas de un ceño harto de fruncirse. "Pensé en irme a vivir a otro lado. Pero aquí están mis hijos, y ellos son todo lo que tengo. Este es un país lindísimo pero…", la frase se corta con un profundo suspiro. No hace falta hablar. Sus ojos se tiñen de decepción. "No hay justicia, y sin justicia, no hay confianza ni esperanza", afirma, a diez años del corralito.
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