En medio del debate sobre hay, dentro y fuera del gobierno, discusiones apasionantes, que vale la pena poner sobre la mesa
6 minutos de lectura'


Se le podría adjudicar, al presidente Milei, diferentes tipos de “locura”. Una, por ejemplo, muy notable, es su determinación para mantener el superávit fiscal, a pesar de las fuertes presiones de gente muy poderosa. Otra, muy negativa, es la “locura” de considerar a Débora Plager, una “asesina”, solo porque no comparte una opinión o determinado diagnóstico sobre un hecho.
Su determinación para sostener una medida tan “impopular”, como el ajuste, tiene efectos muy positivos. De hecho, es una de las herramientas que permitió bajar la inflación desde la estratósfera a un 30 por ciento anual. Pero, además, ha servido para demostrar que a la batalla cultural se la gana, primero, con hechos: ya casi ninguna fuerza política defiende la idea de un Estado que gasta más de lo que recauda.
También parece una “locura interesante” salir a defender al Manuel Quintar, más conocido como el “Diputesla”, por haber aparecido con una Cybertruck de más de 200 mil dólares en el estacionamiento del Congreso. Porque la idea de que si se la ganó en buena ley, la puede gastar como se le dé la gana, enciende un intenso debate sobre el ser y el parecer.
Sin embargo, alguien le debería decir a Milei, después de casi dos años y medio de gestión, que si Elon Musk hubiera aceptado su sugerencia de regalarle una camioneta así, para que él fuera y viniera, pongamos, desde Olivos a la Casa Rosada, habría sido pasible de ser acusado por el delito de dádivas.
Milei, el “loco”, desprecia la intervención del Estado en casi todas sus formas.
Sin embargo, una vez más, alguien le debería recordar que, por más distinto que sea, no debería confundir lo público con lo privado.
Dos ejemplos:
Uno: el haber autorizado que la esposa del jefe de Gabinete subiera al Tango 01 en el viaje oficial para la Semana Argentina en Nueva York.
Y dos: el uso de su red social, aunque sea la personal, para atacar y adjetivar a economistas, empresarios y periodistas.
Porque junto a su nombre y su apellido, está su investidura.
Y son indivisibles.
Para bien o para mal.
También hay que decir, que a Milei lo enoja, hasta límites insospechados, la “hipocresía” y “asimetría” de los medios para abordar asuntos de mayor o menor envergadura.
Se pregunta el Presidente, en público y en privado:
¿Es justa la carnicería que están haciendo con Adorni, los mismos que se fumaron varios PBI, y que se habrían afanado miles de millones de dólares con el escandaloso sistema de las SIRA?
Pero además hay un equívoco bastante extendido entre los analistas clásicos sobre lo que implica, en términos electorales, algunas de las mil y una locuras de Milei.
Unos sostienen que Milei, en modo panelista de Intratables, exacerba más el mal humor social. Y que eso explica la caída de su imagen, hasta de un 15 por ciento, en los últimos seis meses.
Otros, como Santiago Caputo, suponen exactamente lo contrario.
Entienden que la baja de la imagen de los dirigentes políticos es generalizada.
Y que lo que lo hace distinto y mejor a Milei es ser honesto y brutal, aunque muchos no compartan ni sus opiniones ni sus modales.
En medio del debate sobre “la locura” de Milei y la interna oficialista hay, dentro y fuera del gobierno, discusiones apasionantes, que vale la pena poner sobre la mesa.
Una:
Si el pedido público y privado de Patricia Bullrich para que Adorni presente los papeles ya, sería la previa para dar un nuevo salto. Digamos, desde La Libertad Avanza hacia un proyecto presidencial propio.
Respuesta inmediata:
Eso no sucederá.
Primero, porque la senadora no lo desea. Después, porque sabe que sería suicida. No solo para el oficialismo. También para su carrera política.
Su gesto sí fue interpretado, por propios y extraños, como una jugada de Bulrich para lograr mayor autonomía, frente a “la mano de hierro” de Karina Milei.
Otra discusión de la hora es si la incómoda presencia de Adorni no terminaría diluyendo todas las buenas noticias de la administración.
Como, por ejemplo, el anuncio de la inversión privada más importante de la historia bajo el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), y que alcanzaría los 25 mil millones de dólares.
O, sin ir más lejos, el primer dato de desaceleración de la inflación, que pasó de 3.4 para la de marzo a 2.6 para la de abril, y con tendencia futura hacia la baja.
¿Son correctas las matemáticas políticas que hace una parte de la conducción de PRO, y que dice que, alentado por los nuevos números de las encuestas, Mauricio Macri se vería tentado a competir?
Para nosotros, en las condiciones actuales, esto no sucederá.
Es que Macri todavía siente en la memoria y en el cuerpo lo que le pasó entre diciembre de 2017 y su derrota en las PASO de agosto de 2019.
Los define como los dos peores años de su vida.
Tampoco está viendo en el horizonte al candidato ideal.
Solo está avisando, sin decirlo, que PRO podría ir por afuera, y que la centro derecha jugaría dividida.
De hecho, durante las últimas horas, salió a cruzarlo el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, con una frase de diez palabras.
“Si Macri quiere competir, le haría un favor al kirchnerismo”.
Cada tanto, alguien que habla con el ex presidente a calzón quitado le sugiere que no subestimen la potencia electoral y la conducción política de Milei.
“Mauricio, el loco, entre milanesas y entrañas en la Quinta de Olivos, te durmió. Y te demostró que no es ningún b………”, le dijo, a Macri, un amigo, días después de su último encuentro con Milei, cuando el presidente le aceptó la renuncia a Guillermo Francos para reemplazarlo por Adorni.
¿Tiene margen Milei para insistir con varias de sus “locuras”, a expensas de un mayor rechazo por parte de quienes no soportan su “importante emocionalidad”?
¿No tiene miedo que ese nivel de repudio crezca, se haga crónico y le haga perder la reelección?
Esa es la pregunta del millón.
Y también es la verdadera razón por la que el peronismo, a falta de un proyecto alternativo, se cuelga de nobles banderas ajenas, como la defensa de la universidad pública, mientras trata de despegarse, sin éxito, de Tapia, Toviggino, el “Bandido”, de Insaurralde, y los cuadernos de la corrupción y las SIRA.
1En el Gobierno reflotan las gestiones para completar la Corte tras el quiebre del kirchnerismo en el Senado
2Quiénes fueron los ganadores y perdedores de la última motosierra del Gobierno para mantener el superávit fiscal
- 3
Operativo “limpieza”: buscaron borrar los rastros de Pablo Toviggino en la mansión de Pilar
4Milei contraataca con la retaguardia estallada





