
"Los argentinos tienen una actitud amnésica"
Lo dice el arquitecto Ramón Gutiérrez
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Ramón Gutiérrez investiga los temas de historia de la arquitectura y de conservación del patrimonio desde hace 40 años. Lo ha hecho siempre con un sentido muy federal y con una clara vocación de promover la comprensión de estos temas en la sociedad. Graduado de arquitecto en la Universidad de Buenos Aires, en 1963, realizó también estudios de sociología con Gino Germani, lo que lo orientó, desde un comienzo, a investigar la interacción de los procesos culturales relacionados con el desarrollo urbano y la preservación del patrimonio y las demandas sociales. El arquitecto Gutiérrez es investigador superior del Conicet, consultor de la Unesco para temas de patrimonio cultural, miembro de las academias nacionales de la Historia y de Bellas Artes y director del Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana. Ha publicado libros y numerosos artículossobre su especialidad y coordina un doctorado en Historia del Arte de la Arquitectura Ibeoramericana y de la Gestión del Patrimonio en la Universidad Pablo de Olavide, de Andalucía, España.
Su larga experiencia en el tema lo lleva a afirmar que los argentinos tenemos una relación esquizofrénica con las huellas de nuestro pasado y de nuestra memoria. Pero advierte que el patrimonio es un escenario común y compartido y que sólo puede perfeccionarse a través de la acción cotidiana de tutela que ejerce la comunidad que se identifica con ese legado. "No hay posibilidad de rescatar nada que no tenga un sentido de pertenencia entre la gente", dice.
-¿Cree que hoy hay entre nosotros una mayor conciencia sobre la necesidad de preservar nuestro patrimonio arquitectónico y cultural, en general?
-Los temas de patrimonio hoy son parte importante en los reciclajes y las refuncionalizaciones. Muchas veces, con un doble discurso: por un lado, se habla de patrimonio y, por el otro, se lo destruye. Hoy es difícil que alguien se oponga a la preservación, pero en la práctica existe no sólo la destrucción de edificios, sino también la afectación de áreas urbanas para destinos inapropiados.
-¿Esta es una historia que viene de lejos?
- Un ejemplo paradigmático de nuestra esquizofrenia en este tema -de los argentinos en general y, particularmente, de los responsables de decidir las políticas públicas- es el Cabildo de la ciudad de Buenos Aires. Su historia, si no fuera tan dramática, resultaría cómica. Lo que hoy podemos ver es apenas un fragmento del original, ya que llegó un momento en que aquel sencillo edificio colonial de principios del siglo XVIII nos pareció poca cosa para nuestro gran destino como nación y entonces decidimos afrancesarlo y ponerle una gran torre y un gran reloj. Luego abrimos la Avenida de Mayo y le cortamos un pedazo. Para abrir la Diagonal Sur, le cortamos otro pedazo. Además, le bajamos la torre, para que quedara simétrico... Pero entonces ya no era el Cabildo verdadero y aparecieron los funcionarios que dijeron: "Dejemos sólo el salón donde se firmó el acta y hagámosle un templete". Primero lo cambiamos porque no era importante; luego lo demolimos porque no era el auténtico y reconstruimos un pedazo, y así hicimos también con la Casa de Tucumán y con tantos edificios de nuestro pasado: los transformamos, los derribamos, los levantamos de nuevo.
-¿Cuál es la ideología que sustenta esto?
-Lo que subyace es esa especie de desencuentro que tenemos los argentinos con nosotros mismos. Esa tendencia a pensar que el patrimonio siempre es demasiado pobre para lo importantes que somos. Funcionamos con una actitud amnésica: permanentemente borramos el pasado. En el caso del habitante de Buenos Aires, es muy claro: el porteño apuesta siempre al futuro. Siempre ha pensado que el pasado es como un lastre y siempre ha creído que su lugar está en el futuro. Entonces no tenemos el cariño, ni el cuidado, ni la tutela que tendríamos que tener con lo nuestro. Esa actitud dual es la que nos hace sentirnos superiores al resto de América latina, pero con un gran complejo de inferioridad respecto de Europa o los Estados Unidos.
-Se dice que lo importante del patrimonio no es su materialidad, sino una voluntad permanente de reconstruir la memoria. ¿Coincide?
-Sí. Por eso me preocupa tanto entender por qué perdemos lo que perdemos. No es posible rescatar nada que no tenga un sentido de pertenencia para la propia comunidad. Pienso en un monumento histórico nacional, como el viejo teatro Odeón, que además tenía un hotel anexo. Todo en un lugar emblemático para la memoria de la ciudad, Corrientes y Esmeralda, la esquina del tango. Primero, durante un gobierno radical se autorizó la demolición de todo, menos del teatro. Luego, en un gobierno peronista, se autorizó también la demolición del teatro. El propietario, que es un hombre de gran fortuna, planteó necesidades económicas urgentes para poder disponer del inmueble, pero luego lo tuvo diez años como terreno baldío, hasta que lo vendió, sin que se cumpliera con la ley que dice que cuando se demuele un teatro debe construirse otro de la misma superficie. La movilización de los artistas nada pudo frente a la prepotencia del dinero y del poder. La impunidad es uno de los males de la Argentina. Lo más triste es que los malos ejemplos vienen desde muy arriba. Veamos las actitudes de nuestros presidentes frente al patrimonio. Alfonsín, sin autorización de la Comisión Nacional de Museos, el organismo competente, accedió a un pedido del entonces embajador de España en la Argentina para sacar el avión Plus Ultra del Museo de Luján y mandarlo a Sevilla, donde lo iban a poner a punto para reeditar aquel primer vuelo entre España y nuestro país. Esto era absurdo y a todas luces imposible para un avión que ya hacía mucho tiempo que era una pieza de museo. Lo que ocurrió fue que desarmaron el original, hicieron uno nuevo -que tampoco vino volando, porque, evidentemente, no daba para tanto-, lo trajeron en barco y hoy nos quedamos con una réplica: hemos perdido el avión original y todo esto por un capricho. Pero eso no es nada...
-¿Nada?
-Tiempo después, Menem se encuentra con el presidente uruguayo, quien le pide el escudo de la Colonia del Sacramento, que estaba en el Museo Histórico Nacional. Ese escudo testimoniaba un hecho histórico: la toma de la Colonia del Sacramento, en manos de los portugueses, por parte de los españoles. Lo que no puedo entender es que se ceda, sin consulta técnica, por decisión presidencial, algo que es patrimonio de todos, una tentación de la que tampoco se privó De la Rúa, durante cuyo gobierno se despojó a la Biblioteca Nacional de los libros del fondo jesuítico con el argumento de hacer una reparación histórica y se los mandó a la biblioteca de la Universidad Nacional de Córdoba. Con la agravante de que los libros no sólo provenían de aquella provincia, sino también de Santiago del Estero, de Tucumán y de las misiones. Además, estos libros fueron a parar a un edificio declarado patrimonio de la humanidad, al que un arquitecto ignorante decidió quitarle el revoque original. Por eso ahora hay problemas de humedad donde están conservados los libros. También, durante el último gobierno radical, un ex rector cordobés saqueó del archivo nacional los papeles de jesuitas referentes a Córdoba, desgajando las series documentales. Si cada provincia o ciudad decidiese actuar de la misma manera, desaparecería el concepto del Archivo General de la Nación.
-También se ve aquí nuestra tendencia al atropello de ciertos valores comunes, nuestro desprecio por lo público.
-Así es. Para nosotros, los espacios de todos no son de nadie. Aquello que debería ser jerarquizado como lugar común es el lugar donde tiramos la basura, el lugar que nadie cuida. Así vamos creciendo sobre espacios comunes, apoderándonos de ellos o privatizándolos. Todo esto explica la pérdida de valores respecto del patrimonio, el vandalismo. Nuestra ancestral falta de respeto por lo público responde, a mi entender, a una falta de conciencia cívica y a una falta de participación ciudadana. La gente quiere aquellas cosas que entiende y que valora. Lo vemos en la experiencia de otros países y ciudades, como por ejemplo Porto Alegre, donde los vecinos discuten el presupuesto de la ciudad, dicen qué obras son prioritarias, se sienten partícipes de las decisiones que se toman. Además, saben lo que les cuestan las cosas y, como lo saben, las cuidan. Tienen prioridades no sólo para el patrimonio arquitectónico, sino para el medio ambiente y para todo aquello que representa un valor simbólico para la comunidad. Esta participación le da a la gente un sentido de pertenencia y de orgullo.
-¿Se puede lograr todo esto sin un trabajo en el campo de la educación?
-La educación es la clave. Conozco algunos colegas que han hecho experiencias muy interesantes con niños, que son quienes luego llevan la información a sus padres y les hacen entender las cosas de otra manera. Es una retroalimentación muy importante. Hace falta introducir en los programas escolares estos temas. Uno ve cómo esto se ha desarrollado de forma notable en otros países. México, Chile, Uruguay tienen algunas políticas muy interesantes para mostrarles a los niños el patrimonio como algo vivo, que influye sobre la vida cotidiana de las personas. Ahí nosotros tenemos un campo casi inexplorado. Uno ve ahora una política del gobierno de la ciudad de trabajar con los bares, los cafés, las calesitas, los recorridos peatonales y una serie de temas que demuestran una vocación por ampliar el espectro del patrimonio. Porque no hay dudas de que la memoria de una ciudad son los lugares de encuentro. Por eso, cuando perdimos el Odeón, perdimos un lugar emblemático de encuentro y de referencia.
-¿Se puede pensar en políticas de preservación exitosas sin tener en cuenta a la gente?
-No tiene sentido salvar patrimonio y perder a la gente, que es nuestro principal patrimonio. Cuando hay gente viviendo, la vida resurge en ese lugar, hay más desarrollo, mayor actividad económica. Es un círculo que se retroalimenta. Sin embargo, ha sido frecuente encarar políticas de recuperación o de renovación de áreas urbanas comenzando por expulsar a la gente que vive en ellas, en una suerte de efecto de bomba neutrónica, donde se salvan los edificios y se pierde la gente. Muchas veces estas opciones se han hecho esgrimiendo la justificación de atraer turistas, junto a la incapacidad económica de los residentes en las áreas rescatadas.
-Preservar el patrimonio, sí, pero ¿para quién?
-En primer lugar, para los habitantes del sitio, luego para los habitantes del país y en tercer lugar para los turistas u otros potenciales disfrutadores de este tipo de bienes culturales. El turismo puede ser visto como un elemento distorsionador de los objetivos de la preservación si se lo privilegia frente a los derechos de las comunidades locales. No caben dudas de que el turismo ha sido altamente beneficioso para la posibilidad de recuperar conjuntos monumentales en ruinas o abandonados, desde las misiones jesuíticas de los guaraníes hasta los conventos rurales mexicanos. Pero también sabemos que la presión turística debe tener límites, como se ha visto en el caso de Machu Picchu, que requiere un control máximo del número de turistas que soporta el conjunto.
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