
Los que viven sólo para los presidentes
Un nuevo libro revisa el papel de los edecanes a lo largo de la historia argentina
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Si los edecanes hablaran, la Casa Rosada temblaría. Los hombres que más tiempo pasan con el presidente son alcancías de algunos de los secretos más importantes de un gobierno.
Sólo las primeras damas y, quizá, los médicos presidenciales comparten tanto las intimidades de un mandatario. Pero, al igual que ellos, intentan ser fieles a una promesa sacrosanta: la máxima discreción y la lealtad exclusiva hacia el presidente.
Son seleccionados para el cargo, que consideran un honor, luego de pasar por exámenes de cultura, de buenos modales y hasta de buena presencia. La última palabra la tiene el presidente.
"Todo lo que nos pasa será parte de la historia de un país", reconocen. Y porque lo saben, ya contaron sus propias historias en el flamante libro "Los edecanes del presidente".
Su autor, el profesor Julio Luqui Lagleyze, especialista en historia militar hispanoamericana, recuerda que ya en 1810 había ayudas de campo en el Río de la Plata: eran los edecanes del Superior Gobierno. Los cinco primeros fueron el sargento mayor Nicolás de Vedia y los capitanes José María Escobar, Floro Zamudio, Mariano Díaz y Beltrán Terradas.
En gobiernos constitucionales, y de los otros, los edecanes siguieron siendo testigos de jugosas anécdotas. Durante sus dos mandatos, Menem tuvo un número bastante elevado: doce. Así y todo, a duras penas podían seguir el ritmo del ex presidente, ahora preso.
En el exterior sólo se alejaban de él cuando jugaba al golf con algún presidente o funcionario de alto rango. "Era su momento social. En las cenas, en cambio, nos sentábamos a dos mesas de él, junto con el secretario privado, Ramón Hernández; el jefe de la custodia y el médico, Alejandro Tfeli", recordó a La Nación uno de los edecanes que dejó la Casa Rosada cuando llegó De la Rúa.
Raúl Alfonsín tuvo ocho edecanes, dos de los cuales harían carrera en el siguiente gobierno radical: los actuales jefes de la Casa Militar, general de división Julio Hang, y de la Armada, Joaquín Stella.
De la Rúa sólo tiene tres: el vicecomodoro Juan Macaya, el teniente coronel Mario Fernando Troncoso y el capitán de fragata Carlos Bartolomé Castro Madero, sobreviviente del hundimiento del Belgrano y tataranieto del fundador del puerto de Buenos Aires, Eduardo Madero.
Quien batió todos los récords en materia de edecanes fue, sin duda, Perón: según el libro de Luqui Lagleyze, durante sus dos presidencias, entre 1946 y 1955, tuvo a su disposición 26 ayudas de campo.
¿Cómo es hoy un día en la vida de los edecanes? Cada tres días (son tres, con turnos de 24 horas), se levantan muy temprano. Cerca de las seis ya están en la residencia de Olivos, listos para acompañar al presidente.
No deben despegarse de él, ni siquiera cuando viaja en auto o en avión. Algunos murieron cumpliendo esas funciones. Como el coronel (y doctor en jurisprudencia con medalla de oro) Antonio Berardo, que falleció junto con el hijo del presidente Justo cuando se estrelló su avión, el 9 de enero de 1938.
Nadie ingresa en el despacho presidencial sin el visto bueno del edecán, que tiene su escritorio en la antesala. "Somos sus embudos ", dicen.
Cuando el presidente necesita comunicarse con mandatarios extranjeros, son ellos quienes marcan los números de teléfono. Deben recordar al mandatario cuando se agota el tiempo de una audiencia, y le sugieren cómo y en qué orden debería saludar a las personalidades durante un acto oficial.
Por las tardes, cuando cualquiera de los secretarios privados del presidente cierra la agenda de actividades que el mandatario realizará el día siguiente, los papeles pasan a manos del edecán. Esa será su hoja de ruta para coordinar las áreas de Prensa, Ceremonial y Audiencias.
Cualquier detalle librado al azar puede ser el comienzo del fin. Como cuando un edecán, distraído, no retiró el discurso del presidente de la Bolsa de Cereales del atril desde el que también estaba previsto que hablara Menem. "Es tan interesante que si quieren se lo leo de nuevo", salió del paso Menem, con su habitual rapidez.
Los edecanes saben que su desempeño en la Casa Rosada les cambiará la vida. De allí, pueden acceder a un rango superior, como Stella o Hang, o caer en desgracia. "Lo peor que te puede pasar es que un presidente pida tu reemplazo", suspiran.
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