Mauricio Macri y Alberto Fernández, ante la restricción social

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION

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22 de octubre de 2019  • 00:41

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A continuación, sus principales conceptos:

  • En la semana previa a las elecciones generales el país está cargado de una tensión que se refleja en la dirigencia política. Eso se vio anoche [por antenoche] en el debate presidencial. El contexto es una región convulsionada, extraña, con algunos episodios previsibles y otros menos previsibles de protesta social. Además, un conflicto ideológico que ahora posee mayor intensidad y que se plantea alrededor de Venezuela y el destino del populismo.
  • En el debate del domingo sucedió lo que habitualmente sucede en estos debates: es muy poca la diferencia que puede sacar un candidato respecto del resto. Los debates están tan pautados, tan protocolizados, tienen tantas restricciones, el tiempo de desarrollo de las exposiciones de cada candidato es tan exiguo que es muy difícil que alguien haga una gran diferencia. Las derrotas o las victorias son por puntos y, en general, en este debate, esos puntos tienen más que ver con la competencia de cada candidato contra sí mismo en el debate anterior que con la posibilidad de derrotar o no al adversario.
  • En una Argentina y en una elección tan polarizada, las dos figuras principales fueron el presidente Mauricio Macri y Alberto Fernández. Macri mejoró para muchos notoriamente respecto de sí mismo en el debate anterior. Se lo vio más contundente, más seguro de sí mismo, más convencido y hasta desafiante, a tal punto que dijo que estaba harto de escuchar siempre lo mismo y que lo iba a tener que volver a escuchar dentro de tres semanas, es decir, asumiendo que habrá ballottage. Y eso es una convicción que ganó a un sector del Gobierno, sobre todo a los que están alrededor de Macri y al propio Macri, a partir de las movilizaciones populares que se han sucedido en las últimas semanas en lo que el Gobierno denominó la campaña del "Sí se puede" y que tuvo una expresión muy contundente y llamativa en el obelisco el sábado pasado con una manifestación que superó las 350 mil personas.
  • Seguramente eso le dio a Macri una inyección de optimismo y de autosuficiencia. Contrastó esto con un Fernández que empeoró respecto del debate anterior. En esta ocasión Fernández cometió algunos errores importantes que fueron menos errores porque sus rivales no los supieron aprovechar. Probablemente el más inquietante, el más llamativo, fue que reconociera la corrupción del gobierno de quien es su candidata a vicepresidenta. La figura de Cristina Kirchner por un lado lo potenció, sería imposible que hoy Fernández fuera candidato sin el dedo de Cristina, y a su vez lo incomoda y es parte de esta operación riesgosa, extraña -para muchos magistral- de la expresidenta de postular para alcanzar no tanto un electorado sino un sector de la dirigencia política y del propio peronismo que a ella le resultaría esquivo.
  • Cuando le preguntaron a Fernández sobre la corrupción del kirchnerismo, él respondió que fue jefe de Gabinete y que cuando vio esa corrupción decidió irse. Eso fue durante el gobierno de su candidata a vicepresidenta. Lo curioso es que nadie le preguntó por qué volvió. Porque lo llamativo no es que haya decidido irse, lo cual en todo caso habla bien de él, sino que ahora esté con aquellos justamente por razones morales que son, se supone, las razones más inflexibles que tiene una persona de bien. Tan de bien que en un gesto más de cierto desborde egocéntrico Fernández le dijo ayer a José Luis Espert que le iba a dar clases de decencia. Se puede ser un poco más moderado... en todo caso sería lindo ver cuánto sale la matrícula y dónde dan los cursos. El problema de la irascibilidad de Fernández se notó de nuevo hoy por la mañana cuando le dijo a un periodista, Rodrigo Jorge, de Radio Mitre, "andá a trabajar de periodista" cuando le consultó por Cristina. El cronista justamente estaba trabajando de periodista cuando le hizo la pregunta.
  • En el debate, el Gobierno festejó la mayor contundencia de Macri, pero no festeja tanto el papel deslucido de Roberto Lavagna. Es evidente que Lavagna no fue hecho para los debates televisados. Tal vez no fue hecho para la televisión porque ayer, igual que en el debate anterior, apareció como muy deshilvanado, sin contundencia, desdibujado. ¿Por qué esto para el Gobierno puede ser una mala noticia? Porque una de las estrategias de la Casa Rosada para dar vuelta la elección de las primarias era precisamente que Lavagna mejorara su performance concitando más votos del que quiere castigar a Macri y por lo tanto sacándole alguna posibilidad o algún votante a Alberto Fernández. Esto apuntaba a los indecisos, a los que están pensando en reprocharle a Macri sobre todo la política económica y que podrían haberse inclinado por Lavagna y no por Fernández.
  • Muchos dentro de Cambiemos interpretan que la mala fortuna electoral del oficialismo en estas elecciones se debe no tanto a haber retrocedido sobre los votos que Macri obtuvo en 2015 sino más bien a dos factores muy difíciles de revertir: que el peronismo se unificó en parte porque Lavagna no tiene el atractivo que tenía Massa en 2015 y por otra parte porque un gobierno o un candidato como Macri que en 2015 era todo expectativa hoy para mucha gente es básicamente desencanto o frustración. Estos dos factores que se hicieron muy visibles en las primarias de agosto son muy difíciles de revertir de aquí al 27 de octubre. Este es uno de los problemas que tiene Macri para dar vuelta la elección.
  • Infobae publicó un trabajo muy interesante de Ana Iparraguirre, una cientista política que estudia comunicación, opinión pública, estrategias de campaña electoral, que analiza el discurso de cada candidato en el debate y mide cómo se comporta el electorado al verlo. Cuánto le creen a un candidato o si le dejan de creer en el momento en que ellos están hablando. Este trabajo arrojó, en términos generales, que los indecisos se inclinaron más por Fernández que por Macri. Algo muy interesante es que, cuando hablaba Fernández, la credibilidad por parte de sus seguidores aumentaba y bajaba la credibilidad de los seguidores de Macri y viceversa. Es decir hay una polarización absoluta, dos universos que prácticamente no se tocan, son dos países distintos y cada candidato decidió hablarle a su país. El que más enfáticamente lo hizo, y de manera conceptual, fue Macri, que hablaba de "ellos" y de "nosotros". Es curioso porque es el Presidente de la Nación. Así habló Cristina Kirchner durante tantos años en que ejerció la presidencia. Es una forma de interpelar al electorado, tratar de concitar el voto - como dijo Claudio Jacquelin en una nota de hoy en LA NACION- a través del espanto.
  • Fernández apeló a la misma táctica, solo que destrozando a Macri cada vez que pudo. Esto también es, en alguna medida, una contradicción, porque es muy difícil imaginar cómo alguien que no distingue ningún matiz respecto del actual Gobierno y de la experiencia de los últimos cuatro años piensa cerrar la grieta, porque toda su estrategia de campaña es abrirla o profundizarla con un discurso basado en lo socioeconómico. Dentro de esa polarización absoluta, si uno mira este estudio que mencioné antes, Macri logra en alguna medida mover el amperímetro de los "fernandistas" que no lo quieren para nada. Sin embargo, cuando habla de corrupción, logra en alguna medida concitar la atención y en algo se mueve la aguja en favor de Macri en el electorado de Fernández.
  • Este un dato importante para Macri, pero principalmente para Fernández. Lo más interesante que debería estar interpelando a Fernández es que mucha de esta gente se mueve con la resignación de que su candidato no va a ganar y, a pesar de ese realismo, no se resigna y va no solamente a apostar por la ilusión de que se de vuelta una elección -probablemente una elección imposible de dar vuelta- sino que van a defender una agenda más allá de una elección y que tiene que ver con cuestiones institucionales, de transparencia, de manejo de los recursos públicos y sobre todo de lucha contra la impunidad; una interpelación al Poder Judicial y sobre todo al Poder Judicial Federal, que es el que tiene que juzgar los hechos de corrupción. Esta es la razón por la cual cuando Macri habló de corrupción habló de la efedrina durante la gestión de Fernández en la jefatura de Gabinete. Cuando Macri hablaba de corrupción del kirchnerismo y por tanto, en alguna medida, del gobierno de Fernández, subía la credibilidad de Macri relativamente entre los electores de Fernández.
  • Hay otra dimensión del mismo fenómeno: cuando Fernández habla de empleo logra concitar la atención y la adhesión de una parte del electorado de Macri. Es evidente que la cuestión económico-social va a ser y es la cuestión central de un eventual gobierno de Fernández, esto es interesante porque Fernández tiene un discurso que promete algo probablemente parecido a lo que prometía Macri cuando llegó al gobierno y es que la llegada de un nuevo gobierno va a cambiar la situación socioeconómica de la Argentina.
  • Fernández tiene una agenda complicada en ese sentido, teniendo en cuenta también el contexto de lo que está pasando en América Latina, sobre todo lo que ha pasado en Ecuador y ahora en Chile. La agenda que va a encontrar Fernández si es que llega al poder es una agenda tan o más endemoniada que la que encontró Macri. Y además, con un desafío que es un desafío para magos: bajar la inflación y producir el crecimiento. Este es un reto importantísimo que tiene por delante el gobierno que viene, porque si en un hipotético caso ganara Macri, Macri está prometiendo lo mismo. Es una promesa bastante irresponsable porque lo que sabemos es que la Argentina está en una recesión complicada y es difícil imaginar cómo llegar a un crecimiento rápido.
  • Además de estos objetivos complejos, hay una palanca en la que piensa basarse Fernández, si es que llega al poder, para alcanzar ese objetivo de lograr el crecimiento rápidamente. Esa palanca es la renegociación de la deuda en el marco de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Aquí hay una cuestión central y es que cualquier acuerdo con el Fondo va a poner la lupa sobre la situación fiscal. El Fondo va a ser muy restrictivo en volver a financiar a la Argentina y sobre todo en concederle a la Argentina y al próximo gobierno una renegociación de los plazos para los vencimientos de deuda si no hay un replanteo de la cuestión presupuestaria. Y es más, es muy difícil de pensar que el FMI vaya a tolerar una negociación con los tenedores privados de títulos, de bonos, si no se inicia antes una negociación de toda la cuestión fiscal con el propio Fondo. Además, dentro del Fondo hay una crisis muy importante porque el de la Argentina fue un fracaso extraordinario de un préstamo extraordinario. Fue uno de los grandes fracasos de la historia de tal vez el mayor préstamo que se le hizo a un país a lo largo de la historia por parte del FMI. Es decir que hay una discusión dentro del propio Fondo que posiblemente le cueste la cabeza a Alejandro Werner, que es el encargado de América Latina, y probablemente también a sus subordinados que estuvieron al frente del acuerdo con la Argentina.
  • Cuál es el problema aquí: es muy difícil de imaginar una discusión sobre la cuestión fiscal, es decir, sobre las cuentas públicas, sin tocar dos cuestiones. Una son las jubilaciones. En el corazón del problema del déficit fiscal está el problema del déficit previsional debido, sobre todo, a la irresponsabilidad de los gobiernos kirchneristas, y ahí ocupa un papel central Sergio Massa. Y además, otra cuestión que es la cuestión de las tarifas, porque para discutir la cuestión del gasto público hay que pensar en reducir los subsidios que permiten tener tarifas energéticas baratas. Dentro del tema tarifas está el del precio de los combustibles. Son dos cables de alta tensión en el mundo. Está demostrado que el que toca las jubilaciones en términos restrictivos, el que hace un ajuste en las jubilaciones, paga costos políticos importantísimos muchas veces dramatizados en movilizaciones populares. El propio Macri tuvo una experiencia en diciembre de 2017. Y respecto del ajuste energético lo estamos viendo en Ecuador, en Chile y también en la Argentina.
  • Es muy probable que las elecciones de agosto hayan sido un espejo que adelanta lo que pasó en Ecuador y lo que está pasando en Chile, porque si uno indaga cuál es el principal reproche que se le realiza al ajuste de Macri, ese reproche empieza por el manejo de las tarifas energéticas. Felizmente en la Argentina no hubo una movilización pública, dramática, con muertos, pero sí hubo una manifestación silenciosa que es el voto en contra del Gobierno por un ajuste económico en cuyo centro el electorado ve una política tarifaria que para esos sectores resulta insoportable. ¿Por qué es importante esto? Por varias razones. Una de ellas es que el discurso tanto de Macri pero eminentemente de Fernández es que si él llegara al poder el punto de apoyo en el que piensa basarse para conseguir los dólares que le hacen falta a la economía, renunciando según él quiere al endeudamiento con el mercado de deuda, es la energía, es decir, son las exportaciones de petróleo y gas que un poco mágicamente él, como en su momento Macri, pensó que se iban a conseguir de un día para el otro a través de Vaca Muerta.
  • Cualquier técnico energético lo sabe: es imposible escindir Vaca Muerta de la política general de precios de la energía y es imposible pensar entonces en Vaca Muerta con un atraso tarifario. Actualizar las tarifas produce aparentemente lo que produjo esa actualización en Ecuador, lo que produjo la actualización o el aumento de la tarifa del transporte en Chile y lo que produjo en términos electorales el ajuste tarifario en la Argentina. Quiere decir que acá estamos ante un dilema muy importante que interpela especialmente a Fernández porque es el que promete un giro drástico de la política socioeconómica y además porque es el que más cerca está de ganar la elección.
  • Esto tiene otras dimensiones. Es llamativo el énfasis que pusieron José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión en el debate respecto de los piquetes, respecto de los planes sociales. Pareciera que ahí se insinuara una especie de otra grieta que ya no es la que divide a los argentinos por lo político, ético e institucional sino una grieta que tiene que ver con, por llamarlo de una manera dramática, la lucha de clases. La intolerancia al que reclama porque la está pasando pésimo. Esto parece asomar y pareció asomar ayer en los discursos muy duros de Espert y de Gómez Centurión. Esto también tiene que ver con la Argentina que viene si es que hay un ajuste que se manifiesta negativamente en la calle aunque sea Fernández el que gobierna.
  • Dentro de este panorama, dos conceptos importantes: el primero es lo que está pasando en la Argentina, en Ecuador, lo que pasa en Chile, que tiene rasgos, dramatizaciones muy inquietantes, muy lamentables. Asusta. Pero no debería ser del todo imprevisible porque desde hace por lo menos cuatro años los economistas, sobre todo los que siguen las corrientes internacionales de la economía, están anticipando que dado que terminó el ciclo de las commodities (lo que se denominó la expansión o creación de nuevas clases medias) lo que sucede es un ajuste que las clases políticas no logran pensar bien del todo y que se manifiesta en estas convulsiones callejeras o, como en el caso de la Argentina, electorales.
  • El segundo corolario de esta escena que vimos en el debate es que, si lo que indican los principales sondeos de opinión son acertados y a partir del 27 de octubre hay un nuevo gobierno, o si esto llega después de un ballottage, se iniciaría una transición donde el Gobierno y la oposición tendrían que hacer un acuerdo de urgencia para empezar a renegociar la deuda ya, porque los corren los vencimientos muy pronto, a fin de año y el año que viene. Es decir, que no hay mucho tiempo para que el próximo presidente logre armar un equipo, pensar un programa, postergar la negociación, esto es lo que está mirando el ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, angustiado porque el reloj ya le corre a él en contra.
  • Este lunes el Banco Central perdió, aproximadamente, según los expertos, 600 millones de dólares en un día. Quiere decir que, para renegociar la deuda, tendría que haber un acuerdo entre Fernández y Macri y un acuerdo básico sobre un tema, el presupuesto, porque cualquier acreedor, ya sea un fondo o los privados, va a mirar cuál es el plan fiscal y no hay plan fiscal sin un presupuesto bien diseñado. Daría la impresión de que el Macri y el Fernández que vimos en el último debate, que se pelearon muy fuertemente en público y también en privado, no son los dos personajes que al menos hoy están preparados para ese acuerdo que ambos necesitan, uno para terminar bien su mandato si es que pierde, y el otro para no llegar en medio de una crisis si es que gana.

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