Medidas para salvar al Gobierno, la única opción de Macri

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
Crédito: Presidencia
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2 de septiembre de 2019  

Se demoró (tal vez demasiado), pero llegó. Mauricio Macri empezó a admitir que lo que le queda es intentar salvar su gobierno para que, al menos, llegue al final en tiempo, si no en forma. Para eso comienza a aceptar que debe hacer hasta lo que no le gusta, como reestructurar la deuda pública y disponer controles de cambios. Contra su voluntad. También el Presidente está obligado a asumir que carece de margen para más enojos o peleas inconducentes.

Y aprender a tolerar críticas impiadosas o injustas. Incluso agravios. No tiene muchas opciones.

Es un hecho que los principales funcionarios dedicarán todas sus energías a estabilizar la economía y, con ese fin, aplicar toda su capacidad de interlocución con la oposición menos querida, que se apresta a ser el oficialismo más indeseado para el macrismo. Solo en la plenitud del poder se puede elegir a los rivales. En la adversidad, se imponen. Demasiado tarde para lágrimas por haber errado también en ese cálculo. Los yerros no fueron solo económicos. La monocausalidad y la unidimensión se llevan mal con la administración del Gobierno.

El núcleo más realista y menos dogmático (para no decir más político) de los funcionarios y dirigentes macristas debió batallar duramente a lo largo de dos semanas para que el Presidente llegara a la conclusión de que debía archivar la ensoñación de revertir los resultados de las PASO en la elección general del 27 de octubre y adoptara decisiones que no entraban en su manual. Sin estabilidad y sin gobernabilidad hasta la participación en los comicios puede ser una quimera, especialmente cuando se es candidato.

Fuente: LA NACION

En el envío al Congreso del proyecto de ley de reestructuración de los vencimientos de la deuda y en la búsqueda de los votos necesarios para su aprobación se plasmó la nueva etapa, la asunción de las prioridades y una puesta a prueba para reencauzar la situación política y económica. La búsqueda de consensos básicos empezará por ahí. Puro sentido práctico.

El camino fue pavimentado por el control de cambios finalmente adoptado por el Banco Central, después de haber sido férreamente rechazado. Tal vez no sea lo mismo, pero se parece mucho a lo que impulsaban no solo Alberto Fernández y su equipo, sino también desde el espacio de Roberto Lavagna. Es un paso para estar más cerca después de haber estado tan lejos. Con los resultados de la confrontación a la vista.

Macri había resistido hasta lo imposible la adopción de esa medida que le propuso Lacunza casi desde el momento mismo de su arribo al Palacio de Hacienda. La liberación del mercado cambiario había sido una de las banderas de su gestión que el Presidente enarbolaba orgulloso. Debió arriarla. Y sacrificarla en el altar de la crisis.

La mala reacción de los mercados a la mera postergación de los pagos de deudas precipitó la medida que debió difundirse durante un domingo, recordando otras crisis argentinas, antes de que se reanudara la actividad financiera y se activaran otras alarmas en los bancos. La realidad se impuso a la tozudez y el disenso.

Pese a las urgencias, en la Casa Rosada estaban más convencidos que en Hacienda de que la reestructuración era suficiente y que contaban con el tiempo que demandaría alcanzar los acuerdos legislativos para convertirla en ley. Hasta que abrieron los mercados el jueves pasado y votaron. "Con las medidas tomadas tenemos casi 10.000 millones de dólares más para hacer frente a nuevos intentos de corridas y ya no dependemos exclusivamente de que el Fondo nos confirme ya mismo el envío de los 5400 millones que faltan del préstamo stand-by", afirmaban en el Gobierno 48 horas antes de disponer el control de cambios. En el Banco Central temieron (o aceptaron) que no fuera suficiente.

Las reuniones de la semana pasada en la Casa Rosada y en Olivos fueron el ámbito donde se libró la disputa entre las visiones más confortables para el Presidente y las más descarnadas.

Un nuevo círculo integrado por Lacunza, Rogelio Frigerio, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta logró imponer la crudeza de su diagnóstico. No fue sencillo. Hasta debieron recurrir a algún golpe sobre la mesa para que no quedaran dudas de su convicción sobre la crítica situación y el volumen de la emergencia, como de la inviabilidad de seguir aferrados a dogmas ya tan depreciados como el peso. O a fantasías capaces de hacerles perder lo poco que realmente les queda.

Lejos de cualquier expresión altisonante, como es habitual, la adhesión de Marcos Peña a algunos de los planteos del "Cuarteto real" terminó por empezar a torcer el equilibrio de fuerzas. Macri sigue siendo el dueño del espacio y actuando como tal, pero la empresa está en demasiados problemas.

Los macristas duros, que perdieron el adverbio "no" desde que se dieron cuenta de que era una concesión necesaria para ocupar un lugar privilegiado en la mesa presidencial, siguen siendo escuchados y, a veces, hasta empoderados, pero están en franco retroceso y sin poder evitar que se advierta que su fe flaquea. Los programas políticos de televisión de la semana pasada dejaron tapes concluyentes para la historia.

Un giro real

La reestructuración de la deuda y el flamante control de cambios podrían propiciar no solo una recuperación del control sobre la situación financiera, sino también devolver alguna estabilidad y racionalidad a la dinámica política. Los hechos tal vez puedan más que las palabras.

Demasiadas interferencias, diferencias y viejos odios dinamitaron hasta acá casi todos los intentos de alcanzar algún acuerdo firme entre el actual y el más que probable próximo presidente.

Ambos ven en cada voluta de humo una confirmación del fuego de sus desconfianzas, sus desprecios mutuos y sus abismos políticos, culturales, económicos y sociales. El sesgo de confirmación se impone ante la más mínima discrepancia. Cada uno solo puede interpretar los mensajes según sus prejuicios y hasta acá solo han logrado escalar en la confrontación. Como contadores públicos del desastre, cambiemitas y peronistas solo buscan (y lo logran) repartirse culpas sin advertir ni admitir que cada uno ha aportado su cuota al desastre, y que para los que lo sufren poco importará al final quién hizo más por agudizarlo o menos por evitarlo.

Macri y Fernández simbolizan la existencia de algo más profundo que una grieta entre los argentinos. Parafraseando a Tulio Halperín Donghi, se podría decir que en el desierto de coincidencias de la Argentina cada vez hay más ausencia de nación. Pocos comparten lo mismo, ninguno lo siente de todos y los universos cada vez están más distantes.

Fernández acaba de salir de la escena local por unos días, pero su figura se parecerá aún más que antes a la de un presidente electo.

Sus reuniones con jefes de Gobierno de Europa y sus dichos se proyectarán más allá de las de un simple candidato, y tendrán más impacto.

Sobre todo después de que el Presidente en ejercicio de su país adoptara medidas que él propiciaba (o le impuso). En el entorno del candidato se solazaban apenas se conoció la medida del Banco Central.

No salieron corriendo a dar su apoyo, pero su silencio fue elocuente. Dicen en off que no los sorprendió la decisión porque no solo era inevitable, sino que hasta tenía algo más que la anuencia del Fondo Monetario Internacional, casi como paso necesario para desembolsar el penúltimo tramo del préstamo aún vigente. Una forma de explicar (o justificar) el duro documento que el Frente de Todos emitió luego de reunirse con los enviados del organismo.

En ese pronunciamiento, que alteró más a los mercados y enfureció al Gobierno, Alberto Fernández y su equipo demandaban lisa y llanamente el control de cambios y advertían al FMI de su responsabilidad ante la salida de capitales, además de otras filtraciones de tenor político poco tranquilizadoras.

En el Gobierno, donde antes argumentaban que no se toleraría una limitación de este tipo, dicen ahora que la medida fue comunicada al organismo y que este no puso reparos. ¿Habrá empezado un período de impensables coincidencias?

Todo dependerá de la prudencia y de la tolerancia. Esta vez, ¿será diferente? Para el mundo, la Argentina solo confirmó que sigue siendo la de siempre.

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