
Moreno, el duro guardián de los precios
Guillermo Moreno cree que el que golpea primero golpea dos veces. Designado desde ayer secretario de Comercio Interior del Ministerio de Economía, su misión consistirá en ofrendarle a Néstor Kirchner una inflación anual por debajo de los dos dígitos, aunque fuere por una décima. Su primer objetivo: el precio de la carne. Pero, a su vez, la primera reacción de los productores y consignatarios de hacienda ha sido la del estupor, del que todavía no han salido.
Moreno, que en su juventud militó en la más revoltosa juventud peronista (tuvo de compañeros de correrías, entre otros, a Patricia Bullrich y a Jorge Argüello), es un economista que no ignora los manuales de sus afanes. Algunos podrán decir que sabe mal, pero sabe. Suele frecuentar, en cambio, la contradicción. Devoto empedernido del superávit fiscal hasta el punto de despreciar a los heterodoxos que promueven el déficit de las cuentas públicas, su ortodoxia tambalea cuando se enfrenta con las leyes del mercado.
Moreno está seguro de que le pagan para desconfiar. Y desconfía sobre todo de los empresarios, a los que considera una estirpe condenada a hacerle daño a la gente común si no mediara el tutelaje de los gobernantes. Si la economía clásica indica que sólo la inversión y la competencia son capaces de disciplinar los precios, él está convencido de que el garrote del Estado es mucho más eficaz, expeditivo y contundente.
Kirchner lo puso donde lo puso porque también cultiva ideas parecidas. Moreno anticipó a sus íntimos que levantará cada pliego de la cadena de precios de la carne y que establecerá los márgenes de ganancias adecuados para cada eslabón de esa complicada progresión. Ese pensamiento no es ni siquiera nuevo. Ya lo puso en práctica cuando fue secretario de Comunicaciones y amonestó a las empresas telefónicas porque habían ganado mucho dinero en la década del 90.
Dejó de lado esa cantinela cuando un ejecutivo español le respondió: "Ganamos mucho en circunstancias nacionales y económicas propicias, creadas por un gobierno argentino. ¿O acaso ahora debemos perder mucho porque antes ganamos mucho?" Moreno nunca creyó en esos argumentos, pero vio, en aquel momento, que carecía de respaldo político para continuar con su ofensiva.
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Ejercita el método de pelearse primero y arreglar después. Tras varios encontronazos apocalípticos con las empresas telefónicas, terminó liberándoles a éstas el comercio de la telefonía celular. Fue una manera de compensar el congelamiento de la telefonía fija. El resultado es que a las compañías de teléfonos no les ha ido mal.
Otra historia es el maltrato al que deben someterse los ejecutivos y empresarios que se reúnen con él. Un grupo de ejecutivos de una de las principales compañías telefónicas debió soportar un frase tan agresiva y escatológica de parte de Moreno (imposible de reproducir sin herir cualquier noción del buen gusto) que uno de ellos sufrió luego un pasajero soponcio.
Moreno confía sólo en la experiencia de los hombres de entre 50 y 60 años. A los empresarios que no han llegado a esa edad los obliga a mostrarle las palmas de las manos o la suela de los zapatos. "No hay callos en esas manos. Así no se puede manejar una empresa", les dice luego. O les reprocha: "Esos zapatos no están gastados. Usted no sirve para llevar adelante una empresa."
No tiene piedad con los herejes del kirchnerismo. Hace dos años, escuchó en un precoloquio de IDEA una exhortación de un ejecutivo de una empresa telefónica para crear las necesarias condiciones de inversiones en el país. "Ese discurso es opositor al Gobierno", estalló. De inmediato conminó a la empresa a relevar al ejecutivo en cuestión de horas. El ejecutivo se fue de su cargo pocas horas después.
Con todo, la anécdota más llamativa es la que cuenta una reunión de Moreno con la Comisión Nacional de Comunicaciones, un ente de delegados del Gobierno en todo país. Cuando llegó al encuentro, Moreno sacó un arma de la cintura y la depositó sobre la mesa. "Lo hizo con la naturalidad de quien saca un celular", contó uno de los estupefactos testigos. ¿Amedrentamiento o simple pavoneo de autoridad? Nadie lo sabe. Su propio ex jefe, el ministro Julio De Vido, suele referirse a él, ante terceros, como "El loco". "¿Qué opina "El loco" de este asunto?", preguntaba el ministro y todos sabían que aludía a Moreno.
El flamante funcionario del Ministerio de Economía no admite tampoco que los custodios de ministros, que pertenecen a la Policía Federal y visten de civil, no se cuadren ante él. "¿Ustedes son policías", les pregunta. "Sí", le responden. "Entonces cuádrense ante mí porque soy un secretario de Estado", los vapulea. Los policías vestidos de civil no tienen obligación de cuadrarse.
Moreno sueña con la experiencia económica del primer Perón y se rodeó de economistas de ese signo, como Eduardo Curia. En las viejas oficinas de Moreno, en el Ministerio de Planificación, ese equipo llegó a colmar la célebre paciencia budista del ex ministro de Economía Roberto Lavagna.
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Desde que Kirchner accedió al poder, Moreno pregona contra viento y marea que la Argentina debe hacer un eje con Venezuela y Bolivia. Es su cosmovisión del mundo y de la Argentina. Así como otros funcionarios (el canciller Jorge Taiana, entre otros) tienen reparos hacia los manejos institucionales de Hugo Chávez, Moreno desprecia esas naderías y se deja deslumbrar por el nacionalismo estatista, con sesgos populistas, del parlanchín caudillo de Caracas. Chávez es, para Moreno, el modelo de un líder sudamericano en las actuales condiciones de la región y de la historia.
Antes, Moreno debió enfrentarse a golpes de bravatas con empresas de servicios públicos en la mayoría de los casos. Estas empresas están condenadas a llevarse bien con el Estado, pero tienen, por lo general, la protección de importantes gobiernos extranjeros. Su maltrato a empresarios españoles llevó, incluso, a que el embajador argentino en Madrid, Carlos Bettini, protestara ante su amigo Kirchner. La protesta del embajador incluía también a otros funcionarios del Ministerio de Planificación.
Ahora, Moreno deberá vérselas con empresarios privados, que no dependen, en principio, de la voluntad del Estado, pero que carecen, en muchos casos, del resguardo del exterior. ¿Cómo será el Moreno de esta etapa? "Igual. Primero golpea y después negocia. Primero elige un enemigo, después lo voltea y más tarde arregla con su sucesor", asegura un funcionario que lo conoce muy bien. Tiene cara y porte de hombre duro y, por si cabe alguna duda sobre esa condición, siempre tiene a mano un desplante que la confirma.
Empezó siendo lo que era. En los últimos días llamó por teléfono a empresarios privados, a la hora extravagante de las 6.30, para advertirles que no podían aumentar precios sin su conocimiento previo. "No se les ocurra mover los precios sin que yo lo sepa antes", los intimó.
Lavagna le había levantado un muro de cemento a Moreno en el Ministerio de Economía. Felisa Miceli, que tenía otro candidato (y, quizá, no mejor que Moreno) para la Secretaría de Coordinación Económica, decidió acatar la decisión del Presidente. Un vaho de debilidad creciente rodea a la ministra desde que De Vido se hizo cargo de las mayores responsabilidades de la economía. Moreno sólo escucha a De Vido, su padrino y mentor.
Su fidelidad a De Vido es tan grande que una vez llamó a una importante empresa de servicios públicos para ordenarle que retirara toda la publicidad de un medio periodístico que no había tratado bien al ministro. "Entiéndanme bien: ni un centímetro de publicidad o no hablan nunca más conmigo", los asustó.
Pero Kirchner prefiere siempre la lealtad muda y obediente a cualquier ínfula de independencia política o intelectual. Por eso, sus últimas designaciones no han carecido de cierta excentricidad. Su gabinete es, cada vez más, una planicie de grisura y mansedumbre. ¿Hay un problema en el país? ¿Sube el precio de la carne, por ejemplo? En tales momentos, el gabinete en pleno vuelca su mirada automáticamente sobre el Presidente, a la espera de que le surja la idea recurrente y demoledora de hacer algo nuevo.
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