
Murió Di Tella, el canciller que más se acercó a EE. UU.
Falleció anteayer, a los 71 años
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Guido Di Tella, el canciller de las relaciones carnales con los Estados Unidos y de la política de seducción a los kelpers, falleció anteayer. Tenía 71 años.
Aunque sufría una enfermedad cerebral degenerativa, la muerte repentina de Di Tella sorprendió a su familia y colaboradores más cercanos, con quienes preparaba un libro de memorias sobre los ochos años que fue canciller del ex presidente Carlos Menem.
Di Tella se desmayó en su casa de campo en Navarro, provincia de Buenos Aires, y fue trasladado al sanatorio Mater Dei. Murió a las 18 del 31 de diciembre. Había sufrido un aneurisma de aorta.
Nelly Ruvira de Di Tella, su mujer de toda la vida, y los cinco hijos del matrimonio decidieron velar en la intimidad sus restos, que serán enterrados hoy, a las 16, en el cementerio de la Chacarita. La familia quiere una despedida discreta para un personaje que se divertía -y espantaba- desafiando tradiciones y estereotipos.
Hijo de Torcuato Di Tella, un inmigrante italiano que hizo fortuna fabricando los electrodomésticos marca Siam, creció en un mundo de privilegios. Terminó ingeniería en la Universidad de Buenos Aires y en los Estados Unidos obtuvo un doctorado en economía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).
De los comandos civiles de la Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955, saltó a la Democracia Cristiana y terminó finalmente integrado al peronismo que había combatido como estudiante.
Fue vicepresidente de la empresa de su padre, pero mucho más que los negocios, le apasionaban la política y el arte. En 1966 impulsó la creación del Instituto Di Tella, un bastión cultural de la época, y dedicó parte de la herencia familiar a comprar arte precolombino.
Después del golpe de 1976 permaneció 48 horas detenido en el barco 33 Orientales. "Ahí tuve miedo y dejé de ser chistoso", contó Di Tella, que celebraba sus frases provocadoras como si fueran una travesura infantil. Fue liberado por la intervención del entonces ministro José Martínez de Hoz y se exilió en el Reino Unido, donde fue docente de la Universidad de Oxford.
Presumía con su inglés impecable, intercalando cuando hablaba en castellano alguna expresión en ese idioma. Tenía acento y costumbres británicas, pero fue su política de alineamiento incondicional con Washington el principal eje de su gestión como canciller, que comenzó en 1991.
La política de las "relaciones carnales" -como la definió- se expresó en muchos frentes. Terminó con el proyecto del misil Cóndor; retiró a la Argentina del Movimiento No Alineados (dijo, como si fuera cuestión de voluntarismo, que ya no quería pertenecer al Tercer Mundo); y acompañó con dos corbetas a los Estados Unidos en la Guerra del Golfo.
Con el Reino Unido, terminó el acercamiento que había comenzado con Domingo Cavallo y Menem pudo cumplir con su sueño de ser el primer presidente argentino que pisó Londres tras la Guerra de las Malvinas.
Aunque exploró de manera muy discreta fórmulas muy osadas para resolver el diferendo por las islas -su gran obsesión-, nunca pudo avanzar más allá de la política de seducción a los isleños. Con los regalitos de Navidad que mandaba todos los años a las Malvinas, rompió con una tradición de la política exterior argentina, que no admitía a un tercero en la disputa bilateral.
También fue un promotor del "vecinalismo", como le gustaba definir al costado menos rescatado de su gestión. Fue el principal defensor del Mercosur y de la alianza con Brasil en el gabinete de Menem, y tras un acercamiento a la oposición radical, pudo cerrar todos los conflictos limítrofes con Chile.
Di Tella, que había sido renovador y cafierista, nunca se integró por completo al entorno de Menem. Pero tenía una estrategia de supervivencia ("del trabajo a casa y de casa al trabajo") y evitó cualquier conflicto que pudiera poner en riesgo el puesto que le fascinaba.
Al final, se convirtió en el canciller de mayor permanencia en el cargo de la historia, un récord que festejó como una proeza. Y terminó procesado por el juez Jorge Urso, por el ocultamiento de cables que eran relevantes para la causa por la venta ilegal de armas a Ecuador y a Croacia, y como miembro de una presunta asociación ilícita.
Julio Speroni, el juez que investiga el delito de contrabando de la misma operación, lo declaró incapaz tras tomarle declaración indagatoria. Di Tella, que era muy distraído, padecía una leucoencefalopatía progresiva multifocal, una afección de origen viral y degenerativa.



