
Presidencialismo y gobierno de coalición
Por Sergio Berensztein Para La Nación
1 minuto de lectura'
La renuncia de Chacho Alvarez a la vicepresidencia de la Nación constituye un hecho de notable trascendencia. Fue una expresión de rebeldía frente al curso que tomaba la crisis del Senado luego de los polémicos cambios de gabinete del jueves último.
Pero también fue la expresión de una tensión más profunda e importante desde el punto de vista político-institucional: sistemas presidencialistas y gobiernos de coalición resultan combinaciones altamente inestables, sino imposibles. Vale decir entonces que con la renuncia de Alvarez se alcanzó un clímax de particular tensión, pero los problemas de fondo siguen presentes.
Está claro que la situación terminal derivada de las denuncias de sobornos en el Senado no podía solucionarse con un mero cambio de nombres. A lo sumo, eso podría haber oxigenado la actual administración enviando señales para que una sociedad hastiada y descreída advirtiera la voluntad presidencial por esclarecer el caso. La entrega al juez de la información de caja de la SIDE resultó insuficiente, aunque se tratara de una medida inédita.
Las personas y las formas elegidas tuvieron el efecto contrario, pues dentro y sobre todo fuera de la coalición los cambios se interpretaron como un intento de encauzar la crisis hacia el conocido laberinto de la impunidad consentida.
Es probable que el presidente haya elegido el peor momento para comenzar a definir un gabinete más homogéneo, pero sobre todo más cercano a su gusto y a sus convicciones.
La fórmula de la ley
Más allá de los gestos políticos, la única fórmula posible para resolver la crisis del Senado era y sigue siendo la de la ley. Pero el destino quiso que ésta causa cayera en manos de uno de los jueces más cuestionados por su récord, su coqueteo con el poder político y su declaración de bienes. ¿Hubiera sido otro el curso de los acontecimientos si un juez con más prestigio e independencia hubiera llevado adelante las investigaciones? No sabremos la respuesta, pero es evidente que la crisis política e institucional está íntimamente vinculada con la endémica fragilidad de la Justicia.
He aquí uno de los nudos gordianos de la decadencia argentina. La desconfianza generalizada en la aplicación universal de la ley sugiere la magnitud de la agenda de reformas del Estado aún pendientes. Pero esto no se logra "desde el llano", viajando en colectivo o con presencia mediática. El ex vicepresidente tenía justamente a su cargo el proyecto de modernización estatal. Pese a que poco se había avanzado en ese sentido, su portazo le restará liderazgo a un área estratégica para el futuro del país.
¿Cuál será entonces el futuro de la Alianza? Como instrumento electoral, esta coalición resultó muy exitosa, pero hasta ahora fracasó a la hora de gobernar. El problema no reside simplemente en la relación entre el presidente y su vice, ni es sólo una cuestión de personalidades. Los gobiernos de coalición pueden prosperar en sistemas parlamentarios o incluso semipresidencialistas, pues el propio diseño institucional genera incentivos para la cooperación entre las partes. Las crisis pueden encaminarse mediante mecanismos como los votos de confianza o eventualmente la disolución de un gobierno y el llamado a elecciones. En todos los casos, la continuidad institucional queda garantizada y el jefe del Estado desempeña un papel central en la formación de un nuevo gobierno.
Nada de eso es posible en un sistema presidencialista, donde los roles de jefe del Estado y de gobierno recaen en la misma persona. Los conflictos naturales de los gobiernos de coalición no pueden ser fácilmente procesados sin comprometer a las partes ni afectar la gobernabilidad.
En el caso argentino, esto se agrava por la naturaleza de los partidos integrantes de la Alianza y de sus principales liderazgos. La UCR, un partido históricamente díscolo y fragmentado, reconoce como líder al ex presidente Alfonsín. Las diferencias de forma y de fondo entre éste y De la Rúa son innegables.
El Frepaso es en sí mismo una coalición de fuerzas poco significativas que, a diferencia de la UCR, tiene una limitada presencia en el territorio nacional. Alvarez es una figura mediática que ganó espacio y prestigio como opositor a Menem y al pacto de Olivos. Nacido en el peronismo, la política partidaria no es su hábitat natural y por eso no ha apostado nunca a consolidar organizativamente una estructura.
Las ambiciones de Alvarez
Tampoco parece estar a gusto con la gestión de gobierno, pues nunca ejerció responsabilidades ejecutivas. Es cierto que el peronismo siempre ha tenido y aún tiene profundas diferencias internas. Pero cuando es partido de gobierno, esas diferencias quedan mayormente supeditadas al objetivo primario de administrar el poder.
Puede también interpretarse la renuncia de Alvarez a la luz de las meras ambiciones electorales. Si el Gobierno resultase exitoso, el actual presidente encabezará sin duda la fórmula de la Alianza. De lo contrario, seguramente algún peronista regresará a la presidencia en el 2003. Alvarez no sería jamás el mariscal de esa derrota.
Tampoco el horizonte electoral de corto plazo se presenta muy alentador. Aun con algo de crecimiento económico, las elecciones del 2001 pueden resultar un duro golpe para el oficialismo y la distancia puede amortiguar ese impacto.
Visto de este modo, el conflicto que envuelve a la Alianza supera largamente las vicisitudes de la crisis del Senado. La ciudadanía observa cómo la clase política recompone su convivencia y se mueve por intereses y convicciones. Pero sigue reclamando el esclarecimiento de todo lo sucedido.





