
Reflexiones sobre la crisis y el Presidente
Las declaraciones de ayer del ex presidente Menem son un síntoma de la crisis política argentina y de sus dirigentes.
No son ni más ni menos elocuentes que el grado de confiabilidad al que ha sido llevado el país ante el mundo y que ayer, un día negro, se midió con la precisión irrefutable de los indicadores del riesgo argentino.
Podrá decirse que el resquebrajamiento del sistema de partidos políticos de la Argentina está acompañado por el padecimiento que sufren simultáneamente las estructuras homólogas del Brasil. Es cierto, pero no es ése un consuelo sino la advertencia de que la situación es más grave aún porque compromete a una región y, con ella, a nuestro socio principal en el mundo.
La corrupción en la política brasileña amenaza la estabilidad de los presidentes del Senado y del bloque de senadores de la mayoría, afecta al ex presidente de la Cámara alta, y puede derivar en investigaciones de serias consecuencias políticas en el Brasil. De hecho, el real buscó nuevos techos como lo hizo el riesgo argentino: llegó a cotizar por dólar para fines de mayo más alto aún que para el cierre de ayer.
Fue precisamente en el Senado, el 6 de octubre último, cuando se abrió en la Argentina, con la renuncia de su presidente nato y vicepresidente de la Nación, una etapa de desasosiego que, si de algo está lejos, es de haber concluido.
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Hay una ausencia generalizada de calma interior en los espíritus. Sólo así se explica lo que dijo el doctor Menem. O lo que hizo una institución habitualmente tan esmerada como Itamaraty en las buenas maneras, cuando anteayer salió bruscamente al cruce de expresiones vehementes del ministro Domingo Cavallo y obligó a una rectificación tácita del presidente Cardoso. Al haber elegido a La Nacion para transmitir el gesto amistoso de superar velozmente un traspié diplomático, el presidente del Brasil tuvo una deferencia que señala la responsabilidad institucional de hacer este diario.
Probablemente esté llegando al Atlántico Sur, con años de retraso, la ola que limpió en Italia un sistema de partidos o que llevó al enjuiciamiento judicial o moral de dirigentes en España, en Alemania, en Francia. La factura de la globalización se cobra a cada paso no sólo en la economía sino también en la política, porque no sólo se intercambian con intensidad bienes y servicios sino también valores culturales y sociales.
Ya se verá cómo habrá de resolverse esa cuestión, que el presidente De la Rúa pareció comprender en su mensaje al Congreso del mes pasado, al proponer una reforma política, sugerir un acuerdo entre los partidos a fin de llevarla adelante y dejar abierta, como recurso extremo, la puerta de un referendo popular.
Esa propuesta había sido tomada por el Presidente con entusiasmo de cierta conversación ocasional que había sostenido con un intelectual destacado. ¿Alguien duda, acaso, de cómo votaría el país si se le pregunta sobre la conveniencia de bajar a la mitad el costo de la política y de los políticos en la Argentina?
El origen de esa idea, afortunadamente rescatada al menos para un discurso del mar de palabras en que naufraga la política nacional, plantea un asunto de fondo: ¿con quién habla diariamente el Presidente? ¿Quiénes son los interlocutores que activan su pensamiento y suscitan su imaginación? ¿Qué espacios de reflexión se concede el doctor De la Rúa? ¿Con quién comparte sus angustias? ¿A quién transmite sus desvelos?
Dicen que el presidente Ciampi, de Italia, se fue con la impresión de haber hablado mucho con el doctor De la Rúa, pero de haber oído poco. Es posible, de haber sido así, que eso responda a la exigencia exacerbada, en meandros financieros, de alguien que en su país ha sido, antes que presidente, ministro de Hacienda. Los analistas políticos suelen olvidarse de que en el historial de las preocupaciones públicas del presidente argentino, los temas económicos ocuparon, en sus años de legislador, un lugar acaso menos preferente que los de la educación, la mujer, los jubilados, el deporte, el indigenismo, la discriminación. Aun así, hubo un tiempo en que el doctor De la Rúa recibía aplicadamente conocimientos económicos que le impartía el doctor Adolfo Sturzenegger.
Parecería que más importante que mensurar la locuacidad del Presidente es establecer cuál es el grado de concentración con el que escucha a sus interlocutores, y a quiénes elige.
El doctor De la Rúa ha dejado intacta, en un hecho excepcional en la política argentina contemporánea, la Corte Suprema de Justicia integrada mayoritariamente por jueces designados por un adversario político; ha sido el único presidente que en muchas décadas logró bajar el gasto nominal de la Nación (1200 millones de pesos, el año último) y el único que se mantuvo firme en la reducción de salarios públicos. Y, por si fuera poco, ha hecho un lugar en el gabinete a una personalidad como la de Cavallo, tan distinta de la propia.
Sin embargo, está en debate la firmeza de carácter del Presidente.
Y no es extraño que ese fenómeno ocurra, como que la última manifestación de las vacilaciones que se adjudican al doctor De la Rúa han debido sentirlas los legisladores que el martes tomarán la decisión de proponer la remoción del presidente del Banco Central. Unas veces creyeron percibir desde la Casa Rosada la voluntad de contar con definiciones urgentes; otras, de impulsar dilaciones.
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Al examinar en De profundis a uno de los grandes personajes de Shakespeare, Oscar Wilde decía de Hamlet que su problema estaba en dudar de todo, incluso de sí mismo, y que sin embargo eso estaba lejos de ayudarle, porque no provenía del escepticismo, sino de una voluntad dividida.
¿Cómo se entiende, si no, esa escena políticamente trágica, de apenas un par de horas previas al discurso del doctor Ricardo López Murphy, del viernes 16 de marzo, cuando el entonces ministro de Economía, con la intuición de la flojedad del respaldo que lo sostenía, sugirió en vano, antes de hablar, apartarse de la acción? Y fue retenido, para después ser soltado en el vacío.
Hoy esto, mañana lo otro y siempre la obsesión, el encadenamiento al detalle, que lo lleva al Presidente a corregir de puño y letra esto o aquello, al punto de extenuarse y distraerse de la búsqueda de la dirección del camino.
Se ha llegado a la paradoja de que de uno de los presidentes que ha accedido al poder con mayor rigor intelectual en su formación se haga un debate sobre sus capacidades para gobernar. La lealtad de los amigos, y sobre todo la lealtad al país, impone que el Presidente conozca la intensidad de ese debate. Y que lo examine con su entorno y que el entorno comprenda que se encuentra bajo la mirada atenta del país.
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Ayer se cumplió un mes desde que el doctor Cavallo juró como ministro de Economía y comenzó a construir para el Gobierno y para sí un nuevo eje político, fundado en la conveniencia de sumar a la Alianza los elementos de reclutamiento posible en el justicialismo. Pero los primeros treinta días indican que para oponer a la magnitud de la crisis no alcanza, por fuerte que sea su determinación, con las fuerzas de un solo hombre.
Se abre, pues, la perspectiva de que el Presidente deba sentirse en la situación de agregar, a la presencia gravitante de su ministro de Economía, alguna otra figura que fortalezca al Gobierno.
La crisis es tan fuerte que pocos recuerdan que hay una vacante en el gabinete.
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