"Somos un país muy narcisista", asegura el filósofo Guillermo Maci
Es también psicoanalista y fue alumno de Lacan; analiza los pecados nacionales
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Guillermo Maci es filósofo y psicoanalista. Fue profesor titular de las universidades de Buenos Aires, Rosario y Mar del Plata, así como de instituciones psicoanalíticas. Fue discípulo de Lacan y ha formulado diversas teorías en relación con la problemática de los conflictos psíquicos, emocionales y del comportamiento humano. En las últimas dos décadas ha desarrollado innumerables seminarios, conferencias y publicaciones sobre temas de derechos humanos, poder, violencia y discriminación. Autor, entre otros libros, de “El objeto y el otro” y “Yo mismo y yo”, muchas de sus reflexiones se orientan a interpretar la idiosincrasia del argentino como protagonista de un país cuya crisis es endémica.
“Los argentinos somos tolerantes con todo lo que conduce a la fama, pero implacables con lo que no nos resulta favorable. Esta vanidad nos enfrenta de modo constante”, afirma.
–¿Dónde se aloja, a su entender, el huevo de la serpiente del fracaso argentino?
–En la estructuración corporativa del poder, que es un rasgo de nuestro tiempo, pero que en la Argentina tomó una forma perversa porque quiere hacer pasar como estructura partidaria y democrática lo que forma parte de una corporación de poder. Por eso, yo establezco permanentemente la diferenciación entre partidos políticos y estructuras corporativas de poder, que han ido distorsionando hasta el infinito el funcionamiento de la vida política actual.
-¿Cómo interpreta que en el país haya más de 600 partidos políticos?
-Como una de las tantas paradojas argentinas. Porque, en realidad, lo que predomina es una estructura de poder no partidaria. Los partidos políticos también han sido víctimas de este aparato, que los reduce a corporaciones de intereses asociados. Por eso aparecen partidos nuevos que aspiran a otra cosa. Pero les resulta muy difícil. Hay un poder devorador en la Argentina y esto, vuelvo a insistir, va más allá de las personas y de los partidos. Es una estructura de poder de la que hay que salir. Hasta que los argentinos no nos hagamos cargo de que es necesario modificarla, vamos a seguir haciendo trampa.
-¿No tenemos verdadera democracia?
-El poder del aparato corporativo no tiene políticas de Estado, sino estrategias de dominio. La democracia está en relación inversa a la acumulación de poder. Cuanto mayor es ésta, menor es aquélla, hasta llegar a su definitiva desaparición. Una democracia en serio implica poner la cultura política al servicio de la sociedad y no la sociedad al servicio de los grupos de poder. Lo que hemos visto en estos años ha sido, más bien, un afán acumulativo de poder. Es un poder que crece alimentado por los derechos sociales que devora. Por ese lado hay que analizar las causas de la brutal crisis que estamos viviendo. Porque en el reconocimiento de una realidad, no en el encubrimiento, está la posibilidad de resolver las situaciones que nos afligen, la posibilidad de recuperar una ética social y política. Reconocer no es algo abstracto. Es comprender que por este camino sucumbimos. De Gaulle decía que el arte de la política consiste en conducir lo inevitable. Yo diría que también es establecer algunos ideales para toda una sociedad.
-Los argentinos nos hemos vuelto muy escépticos al respecto...
-Hoy se dice que para hacer política hay que ser chanta o corrupto. Eso lleva a la prescindencia, al no te metás, que es uno de los rasgos trágicos del ser argentino, porque el no te metás, lejos de protegernos, nos expone. Ciertamente, es muy difícil gobernar. Hay que mover situaciones humanas, celos, envidias, rivalidades. No quiere decir que sea imposible. Se puede, pero hay que enfrentarse a la realidad y no encubrirla mentirosamente.
-¿Eso ocurrió, por ejemplo, con el toma y daca de la reforma constitucional y con otros casos escandalosos?
-El Pacto de Olivos ejemplifica de una manera muy concisa una complicidad al margen de la sociedad y al margen de los partidos. En un partido auténticamente democrático tiene que haber ideas y representatividad a través de una sociedad civil que las apoye. Pero si no hay ideas ni ideales, porque se cambian según convenga, ni hay representatividad, porque se la sustituye por medio de votos cautivos, de sobornos o de complicidades, lo que tenemos es un poder usurpado. Una sociedad que siente que no tiene derechos, que no está representada, lo único que busca son complicidades. A mi entender, es prioritario que exijamos una dirigencia representativa, que elabore políticas de Estado para resolver sus múltiples problemas en vez de tolerar políticas destinadas a perpetuar el poder de quienes lo detentan. Sin este tipo de reclamos, va a ser imposible cambiar. Esto no quiere decir caer en las asambleas callejeras. El asunto es que esa sociedad se haga cargo de sus derechos y reclame que se los defiendan. Hace un tiempo estuvo aquí un experto universitario inglés, de Oxford, estudiando el Poder Legislativo, y concluyó que era imposible comprender cómo podía funcionar en la Argentina un sistema en el que, una vez que elige a sus diputados y senadores, la gente ya no tiene más control. Parecería que la elección genera individuos que después sólo trabajan para sí. Debemos hacernos cargo de que necesitamos partidos políticos en serio, que no se diluyan en el Leviatán, en el poder devorador de la corporación.
-Se ha dicho que somos la sociedad más psicoanalizada del mundo. ¿Sigue siendo así? ¿A qué se debe?
-Efectivamente, ése es un rasgo que nos caracteriza. Yo creo que esta inclinación de los argentinos por el psicoanálisis tiene una explicación de fondo y es la angustia latente que produce el disimulo social, algo muy característico de la vida argentina. Lo que veo a través de los pacientes es un conflicto permanente entre la imagen de prestigio que quieren dar para ser aprobados por los otros y lo que efectivamente sienten, quieren, desean. Esta disociación genera problemas de identidad, sentimientos de vacío, angustia. Si yo sólo quiero verme en el espejo de la mirada del otro, al que seduzco, yo, como sujeto, no estoy, porque lo único que me importa es el reflejo. Y lo que no deja de ser igualmente trágico es que el otro tampoco está. Del otro lo único que estoy buscando es la aprobación.
-Es un juego de suma cero.
-Exacto. Es un sentimiento muy primario, infantil, que tiene que ver con la omnipotencia. Pero es la clave para entender muchas de las cosas que nos pasan. Y en esa clave está el narcisismo. Se suele decir que Narciso se ama a sí mismo. Grave error: lo que Narciso ama es su imagen. Por eso se muere al caer atrapado por ella. Esto es algo que se ve muy bien en la sociedad contemporánea, pero especialmente en la nuestra: la obsesión por el poder de cautivar a través de la imagen, de construir una imagen para obtener consenso, aprobación. Pero de esa manera se empieza a producir una disociación entre la imagen que se propone y lo que se hace o se es. Ahí está el origen del doble discurso. Para colmo, muchos terminan por creen que son la imagen que dan, lo que lleva a una situación crítica, que me hace pensar en lo que Hegel llamaba "el delirio de la presunción", por el cual siempre estamos convencidos de poder lograr lo que nadie logra. Y esto no es por empeño en el esfuerzo real, en el trabajo, sino por el mágico privilegio de ser argentinos. Por ejemplo: no sólo se admira a Maradona por su talento deportivo, sino por sus transgresiones y por la posibilidad de transformarlas en éxitos. La consecuencia es que muchos problemas, casi todos, permanecen pendientes de solución, porque hablamos y hablamos de ellos, diagnosticamos y pronosticamos, proponemos y planificamos, pero no hacemos nada. Ejemplos aterradores de eso son el desempleo, la pobreza, la indigencia, el hambre. Uno tiene que reconocer que este país tiene creatividad. Es cierto: es infinita la capacidad creativa de nuestra gente. Pero el problema es que cada uno quiere encerrase en una propia imagen. Cada cual quiere ser solamente como pretende exponerse para los otros. Entonces, es muy difícil lograr consensos. Cada cual arma su propio feudo.
-La famosa quintita.
-Claro. Hay quienes prefieren ser aplaudidos por su público en lugar de resolver los problemas de fondo que aquejan a toda la sociedad. Tal fascinación elitista comprende también a los excluidos: en vez de reclamar por sus derechos, prefieren reclamar por privilegios, los mismos que atacan cuando son de otros. Por eso el debate en la Argentina es tan conflictivo. Porque si el otro no piensa lo que yo pienso, tiendo a condenarlo. ¿Por qué? Porque nos afecta en nuestro ego y en nuestra pretendida imagen de prestigio. Por eso una clave importante es que hay una estructura social narcisista en la Argentina. Digo más: somos tan narcisistas que preferimos que descubran a nuestros talentos -escritores, científicos, artistas- en el exterior que descubrirlos y reconocerlos nosotros. Rivalizamos a muerte unos con otros. ¿Cómo lograr un consenso en serio si cada cual esta peleando por su propia imagen?
-La exigencia de aprobación de la que usted habla ¿comprende a todos? ¿También al cartonero, al piquetero?
-Sí, porque hay un temor latente de no ser aceptado, y éste es siempre el peor consejero. En definitiva, tras la búsqueda de aprobación late la angustia de ser una sociedad que no reconoce los derechos de todos, sino que concede privilegios a los que son socios del sistema. La verdadera lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad es lo más opuesto a esta concepción generalizada del poder. Tengo confianza, sin embargo, en que la dignidad de la sociedad civil termine con los privilegios del poder y sus cómplices.
-¿Cómo?
-Hay un momento en el que la realidad cura, es terapéutica. Hoy vemos que se ha producido una fisura en nuestra sociedad, cuando se descubrió, de manera patética, la escisión entre la sociedad política, que para mí es la sociedad del poder, y la civil. Y aunque esas cosas parece que se olvidaran, no se olvidan: retornan. Retornan de algún modo. Ojalá retornen del mejor modo, que sería un cambio de cultura y una revisión de toda la estructura de poder y, consiguientemente, de la política.
-¿Cuándo ubica usted ese quiebre?
-Cuando se descubrió la trampa del soborno, un Senado comprometido con ese soborno y un gobierno débil [el de Fernando de la Rúa], que era apenas un montaje, un armazón que se presentaba como la supuesta renovación del menemismo cuando, en realidad, ocurría exactamente lo contrario: era la misma estructura de poder que se retroalimentaba. También veo que se van produciendo otros, como el efecto Blumberg. Digo "efecto" porque este señor ha tenido la virtud de representar a una sociedad que se siente huérfana. Juan Carlos Blumberg pone en evidencia a una sociedad que no sabe quién la representa. Si, por una parte, hay desconfianza hacia la política, por otra parte comienza a haber una convicción de que hay que hacer otra cosa, de que se necesita una política diferente y una estructura de poder distinta.
-¿Somos un país violento? ¿Somos discriminatorios?
-Sí; las dos cosas van juntas. Se privilegia la amenaza sobre el consenso. El poder se funda en la adhesión incondicional, y en eso estos gobernantes se parecen a aquellos de cuya imagen quieren diferenciarse. Por ejemplo, el que no está de acuerdo con la gestión del poder actual es un "traidor a la patria".
-Usted definió la existencia de numerosos partidos políticos como una paradoja en un país donde lo que predomina es una estructura de poder no partidaria. ¿Puede señalar otras paradojas?
-Lo que yo llamo la "ley del corazón", por la que pretendemos hacer lo mejor posible para todos y, en rigor, hacemos lo peor para todos, porque en lugar de pensar las cosas en términos de acción, de planeamiento, de política social, de política de Estado, se piensa en función de apariencias, de salvar el momento, de lograr buenos resultados en las encuestas. La paradoja sería el desfase entre lo que se aparenta y lo que se es. Otra es confundir la complicidad con la acusación. Los argentinos acusamos al exterior de los problemas que nos conciernen a nosotros. Pero por más que hayamos padecido errores ajenos, nosotros fuimos cómplices. Pienso en el tema de la deuda externa. Están los grandes errores del Fondo Monetario. Los han denunciado Stiglitz y tantos otros. Pero ¿y la complicidad interna? ¿Qué se hizo con el dinero que se obtuvo? ¿Se hicieron obras o sirvió para financiar la corrupción?
-¿Amamos la verdad o huimos de ella?
-Hay una fuga permanente de la verdad, porque la verdad angustia. ¿Qué pasó durante los años llamados "de plomo"? Da la impresión de que la sociedad se veía como al margen, como que era un problema de otros. Yo recuerdo durante el proceso una frase horrible: "Por algo será". La nuestra es una sociedad disociada. Una de las funciones de los partidos políticos es la de educar a la gente en la democracia, pero acá no se la educó en la democracia sino en diversas formas de despotismo, hasta que llegó un momento en que la crisis fue tan profunda que se eligió el peor camino: el de la indiferencia.
-¿Un ejemplo sería el de las Malvinas?
-Las Malvinas, como la lucha antisubversiva, están en el orden de esas grandes cosas de las que no nos queremos sentir responsables. Entonces las dejamos ahí, censuradas. "De eso no se habla", como el título de la película de María Luisa Bemberg. No hacemos el duelo. Eso va quedando ahí, pero nada queda ahí por simple tachadura. Como dice el Nuevo Testamento, hasta las piedras hablan cuando todos se callan. Y, efectivamente, viene el retorno. Se repite el mismo problema. En lugar de resolver ciertas cosas definitivamente, de hacer valer la ley para cerrar las heridas, el pasado se censura o se deja pasar. Entonces, sigue reapareciendo, como si no pasara el tiempo.
-Tropezamos con la misma piedra...
-Claro, y repetimos los errores hasta el infinito. Somos una sociedad que ha caído en una especie de fluctuación entre la melancolía de lo que no fue y la paranoia persecutoria de lo que no se ha logrado hacer. Por eso urge encontrar nuestras fallas y errores: para poder superarlos. Mientras sigamos justificándonos u ocultándonos tras imágenes de prestigio para tapar la realidad, no resolveremos los problemas. Los problemas son reales. No se resuelven con fantasías.




