
Temerosa, la viuda del coronel Aguilar querellará al Ejército
Acción: ya presentó un hábeas corpus y demandará a la fuerza, pues no cree en la teoría del accidente, en el que murió su esposo.
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María Guillermina de Aguilar tiene miedo. Es la viuda del coronel Rodolfo Aguilar, uno de los dos hombres clave en la investigación por el contrabando de armas que murió en 1996, al caer un helicóptero del Ejército, y ayer presentó un recurso de hábeas corpus porque teme por su seguridad personal.
"Estoy asustada", dijo Aguilar a La Nación desde su casa en Salta. La inseguridad que siente, afirmó, se debe a las "cosas que están pasando alrededor del accidente" y fue el motivo por el cual desistió de viajar hoy a Buenos Aires, tal como le recomendaron sus abogados.
Pese a que ella prefirió no abandonar Salta, instruyó a sus letrados para que se presenten ante el juez federal que investiga la tragedia, Jorge Urso, y para que promuevan una querella contra el Ejército por la caída del helicóptero que provocó la muerte de su marido.
Aquel episodio tuvo un saldo de once muertos que se cobró, además de la vida de Aguilar, la de otro hombre clave en la investigación por el contrabando de armas: el general Juan Carlos Andreoli, interventor en Fabricaciones Militares (FM).
El abogado de los hijos de Andreoli (también la madre falleció en el hecho), Guillermo Volado, dijo a La Nación que ellos no dudan de que haya sido un accidente y que, por lo tanto, no querellarán al Ejército.
Pese a las certezas de los Andreoli, Urso tuvo que reabrir la causa donde investiga si la caída del helicóptero se debió a un hecho fortuito o si fue un atentado.
Un papel principal
El coronel Aguilar fue uno de los primeros en enterarse del contrabando de armas a Ecuador. En febrero de 1995, siendo agregado militar de la embajada argentina en Lima, se lo comunicó el servicio de inteligencia peruano.
Ayer, la viuda de Aguilar afirmó que "no descarta" la hipótesis de que a su marido lo hayan mandado matar. "No quiero creerlo, pero necesito una respuesta", dijo con una voz que delataba nerviosismo.
Sus temores parecen justificados. En diciembre de 1996, apenas habían pasado dos meses desde la muerte de su marido, ella decidió abandonar Buenos Aires para afincarse, junto con sus tres hijos, en Salta. Pensaba en que, de este modo, se alejaría del infierno que acaba de vivir. Sin embargo, no le fue posible. El automóvil en el que viajaba hacia su nueva vida en Salta fue interceptado por un grupo de hombres armados.
Dos de ellos subieron al vehículo y "pasearon" a Aguilar y a su hijo menor, Juan José, durante dos horas mientras les apuntaban con armas de fuego.
Finalmente, y luego de robarles el dinero que llevaban, los dejaron en un descampado. El hecho de que no se llevasen el automóvil motivó las sospechas de Aguilar, las que se convirtieron en pánico cuando recordó una frase que le habían dicho sus raptores: "No se les ocurra volver a Buenos Aires".
Casi dos años después del hecho, Aguilar aún tiene presente aquella orden y parecería haber decidido acatarla. Ayer, cuando ella aún no había descartado la posibilidad de viajar, uno de sus abogados solicitó que "se comunique a todas las autoridades" sobre su posible viaje "para evitar que se repita lo que, a la luz de los acontecimientos, podría haber sido un atentado contra su vida o un procedimiento mafioso de advertencia".
Finalmente, las precauciones no fueron necesarias. Aguilar se quedó en Salta y hoy enviará un poder para que sus abogados la representen en la querella que iniciará contra el Ejército.
El recuerdo que la viuda de Aguilar tiene de la institución a la que perteneció su marido no es grato. Se quejó de que luego del accidente, y pese a que lo intentó, nunca pudo "hablar con (el teniente general Martín) Balza".


