
Todo comedido suele salir mal
En algún momento, Carlos Mesa tiró la toalla. Pretendió ser una estrategia, de modo de obtener la legitimación del Congreso, pero, en el fondo, era un deseo, renunciar, mientras cavilaba entre sus íntimos, según confió a LA NACION uno de ellos, que había sido más fácil juzgar desde afuera, como analista de televisión y luego vicepresidente, que decidir desde adentro, como presidente de emergencia después de la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada a raíz de la llamada guerra del gas.
Desde entonces, según confesó Mesa a LA NACION, sólo lleva una cosa en los bolsillos: el teléfono celular. Con él, mientras recorre el país, habla tanto con su familia como con presidentes extranjeros. Entre ellos, Lula y Néstor Kirchner.
Uno, preocupado por el desenlace de un caos que podría afectar seriamente a Brasil, envió a Bolivia, como piloto de tormentas, a su principal asesor en política exterior, Marco Aurelio García. El otro, no menos preocupado, había enviado en un comienzo, antes de la caída de Sánchez de Lozada, a Eduardo Sguiglia, entonces subsecretario de Política Latinoamericana de la Cancillería.
Protesta radicalizada
Desde octubre de 2003, cuando la represión provocó 56 muertos, mucho ha cambiado, sin embargo. La ley de hidrocarburos, más allá del reclamo de nacionalización de los recursos, ha quedado envuelta en medio de las demandas de una Asamblea Constituyente y de los rechazos a los movimientos que promueven autonomías regionales.
En ese contexto, agravado por una situación económica y social más que inestable, Evo Morales, con su rodilla operada en Cuba y su figura exaltada en Venezuela, y Jaime Solares, líder de la Central Obrera Boliviana (COB), últimamente empeñado en radicalizar la protesta y tomar el Congreso, han demostrado que la situación excede a Mesa, pero, a la vez, tampoco compete en forma directa a los países limítrofes.
No compete, en principio, más allá de la preocupación razonable. En el gobierno boliviano no cayeron bien dos decisiones de Kirchner: una, la disposición del ministro de Defensa, José Pampuro, para desplegar un plan de evacuación de argentinos en aviones Hércules ante un eventual agravamiento del caos; dos, el envío de un emisario que, a diferencia de García, nuevamente comisionado por Lula, no parece responder a las expectativas de Mesa, sino a los perfiles de Morales y de Solares. Es decir, de aquellos que promueven algo así como una "revolución bolivariana" en Bolivia.
Respuestas diplomáticas
Todo comedido sale mal. Ayer, el embajador argentino en La Paz, Horacio Macedo, procuró responder desde temprano que la Cancillería no tenía nada que ver con el plan de Pampuro, de modo de atenuar el disgusto del gobierno de Mesa, y que la designación del emisario, cuyo nombre desconocía en un principio, había sido una facultad de Kirchner en la cual no había intervenido.
Ambos pasos, en un país también convulsionado por militares de rango medio que dejaron entrever la posibilidad de un golpe de Estado, no cayeron bien en La Paz. La ayuda, si de eso se trató, terminó siendo una molestia. O un error de percepción en el cual no se disputó el liderazgo regional con Brasil. Fue una cuestión de sentido común. Sobre todo, frente a una orden de Kirchner mientras Mesa pensaba en tirar la toalla: "Hay que sostenerlo".
Detrás estaba el guiño de los Estados Unidos, impedidos de actuar en Bolivia desde que "inventaron" a Morales con tal de apoyar a Sánchez de Lozada.






