
Un hombre educado, pero no un tecnócrata
Acaso la primera cualidad que corresponda resaltar, tras la lectura de este libro, sea su valor previsor, anticipatorio, su notable sagacidad para proponer pronósticos a partir del análisis de los datos suministrados por la realidad. De hecho, Ricardo López Murphy, sin olvidar sus aciertos parciales, señaló hace mucho los efectos nocivos de la aplicación de la ley de convertibilidad, tanto en el orden técnico como político, y lo hizo cuando nadie fue capaz de hacerlo con semejante rigor y de manera tan frontal.
Cabe decir, por eso, que los artículos que integran este libro importan ahora tanto o más que en el momento en que cada uno de ellos se publicó. Ellos ilustran un modo de razonar la política que es hoy indispensable en la medida en que muestran que la lógica política no puede verse reducida a la lógica económica, cuando de gobernar con espíritu democrático se trata. Es esta convicción, este espíritu integrador e interdisciplinario, así como intersectorial, el que define la vocación nacional de López Murphy, su incompatibilidad con todo propósito corporativo. Y es el conjunto de virtudes cívicas y profesionales que dan fundamento a su acción el que determinó que se lo expulsara del poder durante la última y errática gestión radical.
Figura
Como bien señala en su prólogo a este libro el historiador Roberto Cortés Conde, con Ricardo López Murphy se incorpora al escenario de la política argentina la figura indispensable de un hombre educado. Y educado quiere decir que siendo, sin duda, un experto en su materia, López Murphy no es un tecnócrata. Es, sí, un hombre que cuenta con el dominio pleno de su formación profesional pero, a la vez y por sobre todo, un hombre que ha sabido aunar sus propuestas específicas con una aguda sensibilidad política, lo cual quiere decir consecuente con una realidad más amplia, más polifacética y matizada, como lo es la compleja realidad de una nación y la de un tiempo como el actual. Un hombre educado, en suma, es Ricardo López Murphy, porque sabe que el mejor servicio que puede y debe prestar cada instrumento y cada recurso productivo es el que resulta de su integración en una propuesta orquestal, en una labor de conjunto, en una intención colectiva.
Es cierto que López Murphy es un hombre lógico, racional. Pero no es racionalista. Jamás diría él, como aquellos personajes de los que se burlaba Francis Bacon en el siglo XVI, "si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad". Que obre racionalmente sin ser racionalista significa que conoce y reconoce los límites de la razón en la aprehensión de la realidad. Pero, en la misma medida en que lo reconoce, afirma rotundamente que la razón es el único instrumento de que disponemos para concebir, programar y avanzar en la comprensión y el dominio de la realidad. Y ello no es un dato menor si se advierte que la Argentina, políticamente hablando, está enferma de irracionalidad. El delito impune, la corrupción en todas sus formas, el uso perverso del poder, el envilecimiento moral de las instituciones, el vaciamiento el Estado, la implacable injusticia social, el menoscabo del ahorro, la educación y el trabajo, son todas expresiones de irracionalidad, es decir de una razón agónica y prostituida porque le falta ese componente ético decisivo que sabe poner el pensamiento y la acción al servicio del bien común y de la dignidad innegociable de la persona.
Buscar el logro de la justicia social y el orden institucional desatendiendo los imperativos de la macroeconomía es algo que sólo puede redundar en un proyecto demagógico y, por lo tanto, inconsistente. Asimismo, aspirar a la resolución de problemas macroeconómicos sin hacerlo en función del logro primordial y progresivo de una justicia social cada vez más afianzada, equivale a desoír los ideales y las exigencias de la democracia.
Conciliar ambas metas es, pues, el gran desafío; el desafío que, bien encarado, puede devolverle a la sociedad su estatuto cívico y a la Argentina, su perfil de nación. Se trata de una tarea sumamente exigente, tan exigente como inaplazable. Requiere lucidez, resolución, fortaleza moral e infinita paciencia y sentido de la oportunidad. Todos estos atributos son los de Ricardo López Murphy. Todos estos atributos están presentes en los fundamentos de su programa de gobierno.
Celebramos hoy al autor de un libro al que él mismo ha definido como testimonio. Mañana, así lo espero, podremos celebrar al hombre capaz de devolverle dignidad y sentido a la responsabilidad de ejercer el cargo de presidente de la Nación.





