
Un llamado a evitar la visión sesgada de la realidad
Incómoda, por lo menos, será la recepción que tendrá en el Gobierno el mensaje que el Episcopado difundió ayer, en el que reclama la urgente necesidad de reconstruir los tejidos sociales y advierte sobre los riesgos de una violencia surgida de los "sectores excluidos del mundo del trabajo".
En los últimos meses, los conflictos que enfrentaron al gobierno de Kirchner con la Iglesia rodearon temas de la doctrina católica (aborto, educación sexual) que algunos sectores progresistas identifican con posiciones conservadoras.
En esta ocasión, la preocupación central es la marginación y el "escandaloso crecimiento de la desigualdad en la distribución de los ingresos".
Los obispos se encargaron, hasta el cansancio, de aclarar que el documento no está dirigido al Gobierno, sino a toda la sociedad, aunque cualquier interpretación objetiva obliga a reconocer que los sectores oficiales son parte de la sociedad que gobiernan.
Se preguntan, expresamente, por "la responsabilidad que les cabe a las autoridades políticas" por la crisis de 2001, así como a los demás sectores sociales, en especial a los empresarios y sindicalistas, en particular "a los que se profesan cristianos".
La nueva conducción episcopal, encabezada por el cardenal Jorge Bergoglio y caracterizada por el equilibrio y la prudencia a la hora de fijar posiciones -muy alejadas de posturas ultraconservadoras- no se quedó en las necesidades de las personas postergadas, un clásico de los reclamos episcopales.
Advirtió, al mismo tiempo, sobre "la reiteración de reclamos no atendidos y de huelgas desproporcionadas, que no reparan en las injustas consecuencias sufridas por los más débiles". La tolerancia excesiva frente a los piquetes, la pobre convicción que se tiene de "lo público" y el grave conflicto que inutilizó durante varias semanas al hospital Garrahan llevaron a los obispos a incluir entre esos débiles a "los niños, los ancianos, los enfermos".
Del mismo modo, el reclamo por la creación de fuentes de trabajo genuino llegó junto con la advertencia de la supresión del trabajo en negro y de la dádiva". Frente a las promesas de la llamada nueva política, los obispos, plantean un interrogante: ¿cómo desterrar la práctica de comprar adhesiones mediante la dádiva?
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Una reflexión que seguramente suscitará derivaciones en distintos sectores políticos e ideológicos está referida a la interpretación del pasado reciente. Por un lado, los obispos sorprendieron con el pedido de "continuar y alentar" la investigación sobre la muerte de monseñor Enrique Angelelli, en un sospechoso accidente durante la dictadura militar. A casi 30 años de la tragedia, cuando la causa judicial está cerrada, el Episcopado asumió como suyas palabras del propio presidente Kirchner en tierra riojana, en la última campaña electoral.
Pero el documento es terminante a la hora de preguntarse "si transmitimos a los jóvenes toda la verdad sobre lo acaecido en la década del 70 o si estamos ofreciéndoles una visión sesgada de los hechos, que podría fomentar nuevos enconos entre los argentinos".
Si bien condena el terrorismo de Estado, los métodos empleados y los consecuentes crímenes de lesa humanidad, el Episcopado llama a no callar los crímenes de la guerrilla. Y al mirar hacia adelante, observa: "Los jóvenes deben conocer también este capítulo de la verdad histórica".
La advertencia de que "es peligroso para el futuro del país hacer lecturas parciales de la historia" llega junto con un fuerte llamado a los laicos a dar testimonio. Los exhorta a cumplir con la democracia, no sólo con la emisión formal del voto sino postulándose "para cargos públicos y, si fuere el caso, hacer juicio político a la autoridad constituida".
En todos los casos, el hilo conductor es la grave preocupación por evitar el rebrote de la violencia, un riesgo latente alimentado por una larga historia de desencuentros.






