Un triunfo categórico y una derrota digna

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
Fuente: LA NACION
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27 de octubre de 2019  • 23:50

El país político que surgió el 11 agosto terminó por cristalizarse este domingo, aunque polarizado al extremo, como no ocurría desde hace 20 años.

Como se preveía, Alberto Fernández es el presidente electo gracias a un apoyo más que suficiente para imponerse en la primera vuelta y reponer a un peronismo unificado en el gobierno. Una legitimidad de llegada mayor que la obtenida por Macri en 2015, aunque por una diferencia menor a la prevista. Matices que no modifican el fondo pero que marcan diferencias a futuro para el gobierno entrante y la nueva oposición.

El apoyo fue masivo para la fórmula Fernández-Cristina Kirchner, pero el rechazo fue menor del que se anunciaba para el binomio Macri-Pichetto.

En definitiva, los resultados muestran un triunfo incuestionable. Y una derrota digna, si se tiene en cuenta lo ocurrido a partir de las elecciones primarias, que dejaron un oficialismo al borde del precipicio político y a la economía en las puertas de la terapia intensiva. Hubo victoria categórica del Frente de Todos pero no una catástrofe del macrismo, convertido en expresión cabal del no peronismo.

Lejos estuvo la diferencia de los más de 15 (y hasta 20 puntos) que esperaba y auguraba el Frente de Todos. También lejos del ballottage con el que se ilusionaba el macrismo más puro. Pero con un sistema político menos desequilibrado de lo que muchos temían, lo que se verificará en la representación legislativa. No hay hegemonía a la vista.

Tal vez por eso, la polarización no implica automáticamente una profundización de la grieta que divide al país desde hace una década y media.

La aceptación por parte de Fernández de la invitación a reunirse con Macri y su anunciada disposición a colaborar con la transición dan lugar a una inicial esperanza. No es poco después de todo lo que se han dicho públicamente y de lo mucho que se han denostado mutuamente en privado. Y de las diferencias que tienen y seguirán teniendo y continuarán enrostrándose,

Fue una respuesta acorde al moderado discurso de admisión de la derrota por parte de Macri dio lugar a un incipiente optimismo para que las diferencias políticas dejen de traducirse en enemistades. Una nueva confirmación de que los resultados se interpretan y se perciben en función de las expectativas. El contraste con lo ocurrido después de las PASO es abrumador.

Cristina Kirchner no facilitó las cosas, pero tampoco las agravó al hablar ante sus exultantes militantes. Fue fiel a sí misma sin exagerar ni caricaturizarse. Puede ser un avance.

El resultado surgido de las urnas resultó la confirmación, además, de realidades sociales y económicas que se traducen en las urnas según espacios geográficos y demográficos claramente diferenciados.

El abrumador dominio del peronismo en el conurbano bonaerense, donde se concentra la mayor desigualdad y el mayor número absoluto de pobres e indigentes del país, volvió a ser determinante. No solo para la elección provincial, en la que se impuso cómodamente Axel Kicillof sobre María Eugenia Vidal.

Es el más crudo reflejo de la agudísima crisis económica que deja el gobierno de Macri. Un dato más que relevante para el futuro inmediato. Un espejo que adelanta en otros países de la región.

En el territorio bonaerense la continuidad fue derrotada por la decisión masiva de cambiar. Toda una paradoja, el Frente de Todos fue más que los que se identificaron con el cambio.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo en toda la provincia y aún menos en el resto del país, empezando por Córdoba, que continúa siendo infranqueable para el peronismo kirchnerista.

En la lista también deben incluirse Mendoza y, sobre todo, la ciudad de Buenos Aires. El distrito de origen del macrismo se ha vuelto inexpugnable desde 2007. Y, por primera vez, no necesitó acudir a un ballottage para retener el gobierno, que desde 2015 están en manos de Horacio Rodríguez Larreta.

El resultado cobra más relevancia si se considera que el peronismo, encontró en Matías Lammens, un candidato joven y distinto de todo lo que ha venido ofreciéndole a los porteños y que lo llevó a hacer la mejor elección en más de dos décadas. Una apuesta con sabor a futuro.

El futuro gobierno

Hasta aquí buena parte de las certezas que deja la elección. Quedan ahora muchas incógnitas por develar. Y la madre de todas las dudas radica en si el gobierno de Alberto Fernández será una prolongación del ciclo kirchnerista renovado, después de un paréntesis de cuatro años, o si abre una nueva etapa superadora. Capaz de elevarse por sobre las antinomias, que no sólo marcaron la Argentina en lo que va del siglo XXI sino que le impidieron evitar las crisis cíclicas que mantienen en la pobreza a más del 25% de los argentinos desde hace 20 años.

La resolución de este enigma excede el análisis del rol que tendrá Cristina Kirchner o las señales que derivarán del perfil del gabinete del futuro gobierno. Los primeros indicios pueden parecer contradictorios. En la noche del triunfo Fernández no facilitó la tarea: eludió las precisiones y las revelaciones.

En el entorno del presidente electo nadie duda de que él decidirá quiénes serán sus ministros y colaboradores más importantes. Pero al mismo tiempo todo indica que ese gabinete será elegido con la premisa de no incomodar a quien lo ungió como candidato. Es decir, será el equipo que Alberto quiera evitando nombres que ella pudiera objetar. Una forma de evitar conflictos que la empoderen aún más. Es tiempo de construir poder no de empezar a compartirlo.

La expresidenta convertida en vicepresidenta electa no resignó en las últimas semanas de campaña y en las primeras horas triunfales ni resignará, seguramente, por un buen tiempo el protagonismo público después de lo que para ella es una reivindicación en sentido amplio.

En su visión de sí misma, que es la que importa, implica un reconocimiento que va desde una nueva consideración popular sobre su integridad moral hasta su habilidad político-electoral. Ambas habían sido seriamente puestas en cuestión desde 2011 hasta fines de 2017, cuando perdió la elección para senadores nacionales por la provincia de Buenos Aires.

La mención a sus hijos Máximo y Florencia no fue causal en su discurso de la victoria. Va por su autoreivindicación.

Cristina Kirchner tiene, además, un motivo adicional para celebrar: el triunfo de Kicillof lo vive como propio, sin desmerecer los méritos de un candidato que creyó en sí mismo cuando nadie lo imaginaba apenas sucedida la derrota kirchnerista en 2015. Lo explicitó.

El flamante gobernador boanerense y La Cámpora son sus herederos políticos. La ex presidente lo dejó en claro en el último acto de la campaña cuando contrapuso su visión y su acción política con la de otros que integran el Frente de Todos, especialmente Sergio Massa y el resto del Frente renovador, que en los primeros años macristas prestó su colaboración legislativa.

En el palco triunfal el tigrense no fue mencionado. Su lenguaje corporal se veía más a tono con esos desplantes que con el ánimo celebratorio del resto.

Será todo esto parte de lo que deberá amalgamar Alberto Fernández para construir su propio gobierno. Tal vez no sea un desafío menor, aunque parezca nimio en medio de las enormes dificultades económicas, política y sociales que deberá afrontar.

Su liderazgo político y sus cualidades para gobernar empezarán a ponerse en juego desde este lunes.

A partir de hoy Macri, aún como Presidente, también empezará a delinear su perfil y su rol como futuro opositor. No es poca la responsabilidad que tiene y tendrá. Su declamado apego a la institucionalidad está puesta a prueba

Por eso, la polarización puede ser una oportunidad. La reposición de la grieta, en cambio, una seria amenaza. Para el futuro. De todos. Mucho dependerá del diálogo que empezará hoy.

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