Una elección casi sin partidos

Carlos Gervasoni
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25 de octubre de 2011  

La política argentina se va quedando sin partidos. Las elecciones mostraron lo poco que perdura de los tiempos en que dos auténticas organizaciones partidarias se disputaban la presidencia y la mayoría de las gobernaciones. La personalización de las campañas se agudizó notablemente en comparación con décadas pasadas y con países hermanos. Los argentinos, bombardeados por siglas partidarias crípticas y volátiles, votamos por Alfonsín, Binner o Cristina.

El PJ sufre bajo el peso del aquelarre ideológico que lo caracteriza desde su fundación y se confunde cada vez más peligrosamente con la estructura de los gobiernos que encabeza. No es mejor la situación de la UCR, que hace años se debate entre gobernadores de notable entusiasmo K y líderes legislativos manifiestamente opositores. Los demás partidos adolecen de similares problemas o de escasa envergadura electoral.

En las democracias maduras, los partidos no son sólo instrumentos de la ambición de sus miembros. Son también organizaciones relativamente autónomas de sus candidatos y gobiernos. Tienen vida propia. Producen programas y equipos. Reclutan y capacitan dirigentes. Y proveen a los votantes de señales claras acerca de lo que significa votarlos. Poco de esto ocurrió en la campaña. ¿Es el PJ la fuerza conservadora del presidente Menem y el gobernador Kirchner (compañeros de boleta en 1991 y 1995) o la fuerza neopopulista de Cristina (y su aliado Carlos Menem)? ¿Votar por un candidato radical implicaba oponerse al gobierno nacional o apoyarlo?

Es improbable que el kirchnerismo -reacio a toda forma de control- intente fortalecer al PJ. Las chances son algo mejores del lado de la oposición. Esta puede seguir buscando una solución fácil (un candidato de fulgurante pero efímera popularidad mediática) o puede, al estilo del PT brasileño, ensayar una construcción institucional sólida y de largo plazo. El objetivo de los partidos opositores no debería ser llegar a 2015 con un candidato popular, sino con una institución partidaria robusta y vibrante. La UCR y las fuerzas que aspiran a ocupar su histórico rol (como el socialismo, Pro y la Coalición Cívica) tienen potencial para construir un auténtico partido (o varios). La democracia argentina, los votantes y también los dirigentes involucrados resultarían beneficiados.

El autor es doctor en Ciencia Política y profesor en la Universidad Torcuato Di Tella.

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