
Una expedición por las islas Georgias, donde todo comenzó
Un argentino guió por el archipiélago a un grupo de turistas norteamericanos
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GEORGIAS DEL SUR.- Esa mañana, cuando me arrimé a la cubierta del barco, apenas podía dominar mis sentimientos. Estaba en el lugar donde veinte años antes una flameante bandera argentina hizo estallar el conflicto de Malvinas.
En ese entonces era soldado clase 63 y me limitaba a escuchar por radio las informaciones fragmentadas que hablaban de recios enfrentamientos de argentinos y británicos en las playas de las Georgias del Sur. Esta vez sólo veía un manto de neblinas (como en la canción) que se iba disipando lentamente, hasta que al cabo de unos minutos el sol iluminó la pequeña bahía donde se encuentra Grytviken, la antigua capital de las islas y sede de la mayor estación ballenera del lugar.
Finalmente, mi sueño se había cumplido. Estas desconocidas islas para la inmensa mayoría de los argentinos se ofrecían ante mi vista, mostrando todas sus bellezas naturales. De hecho, mi presencia en el lugar estaba relacionada con ellas.
En los últimos 15 años, mi trabajo como periodista, escritor y guía de turismo de aventura me ha llevado a los lugares más recónditos de la Patagonia y del Atlántico Sur. Esta vez tenía a mi cargo a un grupo de 52 turistas norteamericanos a bordo de la embarcación Polar Star.
Veníamos de la Antártida y aún nos faltaba recorrer las Malvinas, pero esta parada en las Georgias era la que más me interesaba. Sucede que hasta hace 4 meses los argentinos no podían desembarcar en las islas, aunque curiosamente es posible hacerlo desde hace un tiempo en Malvinas.
El 82 está muy fresco en mi memoria no sólo porque era soldado en ese entonces (aunque destinado en Buenos Aires), sino porque antes del conflicto estuve a punto de viajar a las Malvinas como turista, pero inconvenientes de último momento hicieron que cancelara el viaje.
Meses más tarde el Ejército me convocó para la conscripción y estaba lejos de saber que en poco tiempo se desataría la guerra. En cuestión de semanas pasé de la condición, más amable, de turista a la de soldado inexperto. El tiempo me dio una nueva oportunidad y fue así que al finalizar este verano disfruté de la increíble fauna silvestre del lugar.
Miles de pingüinos de distintas especies, albatros, petreles, lobos y elefantes marinos son la cara visible del boom turístico en esa zona del Atlántico Sur, que también incluye las islas Malvinas.
Pasajeros de todo el mundo llegan en distintos barcos y desembarcan en las playas, extasiados por la combinación de fauna silvestre y de paisajes increíbles. También llegan para visitar la tumba del famoso explorador antártico Ernest Shackleton, donde se destaca una placa de homenaje del Yacht Club Argentino, de 1923, primer aniversario de la muerte del explorador.
Pero en el pequeño cementerio local también hay una tumba con el único argentino fallecido en el lugar. Félix Artuso fue abatido cuando hizo un movimiento brusco mientras estaba en el submarino argentino Santa Fe, luego de haberse rendido ante las tropas británicas.
A un costado de la bahía se encuentran los restos de un helicóptero argentino destruido por una bazuca inglesa. Caminé solo hasta el lugar hasta que vi el destello del metal al reflejarse en el sol. "De quiénes lo manejaban no se sabe nada", me dijo un funcionario inglés destinado en las islas.
Hoy, los sentimientos en Malvinas son encontrados. He hablado con gente en la ciudad y en el campo. Los más jóvenes son más benignos con los argentinos, aunque mucha gente mayor también lo es. Todos coinciden en que la prioridad es mantener sus costumbres y tradiciones, y ven a los argentinos como una seria amenaza a su estilo de vida. Confían en que la solución del conflicto de Gibraltar sea favorable a los habitantes locales y siente un precedente para el conflicto de las Malvinas.
Mientras tanto, la naturaleza sigue su curso: cerca de las zonas aún minadas, miles de pingüinos se reproducen cada verano. La vida parece querer restañar al menos algunas heridas.



