
Una historia signada por peleas y desencuentros entre sus líderes
Desde 1984, la unidad cegetista nunca logró consolidarse
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Fiel a una historia signada por los desencuentros y no justamente por las coincidencias, el sindicalismo peronista vuelve a ser sobrevolado en estas horas por el fantasma de la ruptura, algo que ya parece un clásico en la historia de las últimas décadas.
Tras el regreso de la democracia, el congreso normalizador de la CGT designó en 1984 al dirigente cervecero Saúl Ubaldini como secretario general de la central obrera unificada. Durante la dictadura, Ubaldini había sido el jefe de una las fracciones, la CGT Brasil, que había tenido un perfil más combativo contra el Proceso. La CGT Azopardo, en cambio, tenía una orientación dialoguista.
De 1984 a 1989, el presidente Raúl Alfonsín sufrió 13 medidas de fuerza que organizó la CGT de Ubaldini.
Cuando Carlos Menem asumió la presidencia en 1989, la CGT se partió en dos: Ubaldini quedó al frente de la CGT Azopardo, antimenemista, y el mercantil Guerino Andreoni lideró la CGT San Martín, de claro alineamiento con el gobierno de Menem. Luego siguió una conducción colegiada que integraron el petrolero Antonio Cassia y Gerardo Martínez, de la Uocra.
En 1992, la CGT sumó otra división: un grupo de gremios combativos del PJ, liderados por el estatal Víctor de Gennaro, oficializó la creación de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), durante un acto que se realizó en Parque Sarmiento.
Los dirigentes de este sector (ATE, Ctera y judiciales, entre otros) criticaban la falta de democracia interna de la CGT y se proponían construir un sindicalismo autónomo de los partidos, los gobiernos y los empresarios.
Bendición miguelista
En 1996, Rodolfo Daer, del gremio de la alimentación, asume como jefe de la CGT unificada (con Juan Palacios, de la UTA, como secretario adjunto), luego de haber sido bendecido por el metalúrgico Lorenzo Miguel y las 62 Organizaciones, el tradicional brazo político del gremialismo peronista.
Con la llegada de la Alianza al poder, sin el PJ en la Casa Rosada, la CGT comenzó a escribir la historia de una nueva ruptura, esta vez de la mano del camionero Hugo Moyano, líder sindical con fama de inmanejable.
La nueva pelea estalló en 2000, cuando el presidente Fernando de la Rúa envió al Congreso el proyecto de ley de reforma laboral. La central obrera, que había amenazado con un paro general en disconformidad con la norma, llegó a un acuerdo con el Gobierno respecto del texto de la iniciativa y dio marcha atrás con la medida de fuerza.
Esta decisión enfureció al sector liderado por Moyano, que insistió en llevar adelante la protesta y que acusó a sus adversarios de traicionar los intereses de los trabajadores.
Así, el 16 de marzo de ese año, la CGT quedó con dos conducciones paralelas: Daer, a cargo de la central obrera oficial, y Moyano, como líder de la disidente.
A partir de ese momento, fueron incesantes los intentos de unidad.
Tan sólo el 14 de julio último la CGT logró ponerse de acuerdo para designar una conducción unificada. Un triunvirato, integrado por Moyano, Juan José Lingeri y Susana Rueda (la primera mujer en la historia del sindicalismo argentino en llegar a ese puesto), inauguró una nueva etapa con el propósito de recuperar el protagonismo perdido.
El objetivo de la unidad se deshizo en menos de un año. Ayer, los sindicalistas comenzaron a escribir un nuevo capítulo de su historia. Separados, claro está.
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