
Verdades y mentiras del "corralito"
Por Martín Lagos Para LA NACION
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Días atrás el doctor Pedro Pou expuso una idea sobre cómo podrían ser los sistemas bancarios en países carecientes de instituciones creíbles o perdurables, tal como es el caso de nuestra maltratada Argentina. A la luz de la experiencia reciente, es una propuesta digna de ser considerada, pero cualquier acción de cara al futuro requiere ser complementada con alguna salida (ya que difícilmente pueda hablarse de "solución") para el marasmo provocado por la larga y profunda recesión, el "default", el exceso de endeudamiento público, el "corralito" y la devaluación.
La banca es, sin dudas, una actividad peculiar, sujeta a riesgos bien distintos de los de otros negocios. La gente (mucha gente) lleva y/o mantiene dinero en los bancos. Algunos llevan o tienen en ellos sólo lo necesario para hacer sus pagos, para lo cual extraen los billetes requeridos o libran cheques u otras órdenes de pago (como las tan mentadas "transferencias" de estos días). Otros lo hacen principalmente para ahorrar. Pero todos, unos y otros, dan por sentado que, si lo desean, podrán retirar su dinero en tiempo y forma. ¿Será así...?
Muchos depositantes pueden, ciertamente, retirar su dinero de los bancos... ¡pero siempre y cuando la idea no se les vaya a ocurrir a todos a la vez...! Desde que los primeros banqueros comprobaron que en condiciones normales una parte del dinero no "sale" de los bancos, comenzaron a prestarlo. Ellos ponen ese dinero a disposición de personas o empresas, quedándose con papeles emitidos generalmente a plazos más largos que los de los depósitos.
Pero desde los lejanos días de los banqueros venecianos y lombardos, siempre se supo que no habría defensa contra una "corrida" (o retiros) sistémica o generalizada, sin fin. Más aún cuando se trata de países en los que la gente no quiere llevarse dinero nacional (pesos) de los bancos, sino dinero extranjero (dólares).
Crisis de liquidez
Por fortuna fenómenos tan extremos no son frecuentes, pero en 2001 la Alianza y Cavallo se las ingeniaron para provocar un caso en la Argentina. El "corralito" nació así como una crisis de liquidez bancaria desatada por la creciente desconfianza que fue inspirando el gobierno de la Alianza y sus mentores. Pero los problemas no terminarían allí. Tras cartón vino la aplaudida cesación de pagos de Rodríguez Saá y luego la grosera devaluación de Duhalde. Con esto, lo que nació como un corral se transformó en un marasmo, que encierra no sólo el problema de la iliquidez bancaria, sino el problema cambiario (si se emiten pesos para devolver depósitos) y el de solvencia.
Porque ahora la devaluación proyecta una fuerte duda sobre la cobrabilidad de los créditos bancarios que han quedado denominados en dólares, que son el 90% del total. Si éstos se tornan incobrables, ¿qué sentido tiene decirles a los depositantes que cobrarán sus depósitos en dólares en tal o cual fecha? Tal incobrabilidad se resolvería, obviamente, si de un plumazo se "pesifica" la totalidad del activo bancario. Pero ello obligaría a darles igual trato a los depositantes, a quienes, además de retenerles el efectivo para evitar el completo hundimiento del peso, se les haría contabilizar una pérdida de magnitud.
Mas justo (al menos, menos injusto) parecería redenominar los créditos y depósitos bancarios en una unidad monetaria ajustada por inflación. Al ajustarse los capitales por un factor más moderado y cercano al de sus ingresos o precios de venta, los deudores estarían en mejores condiciones de servir sus obligaciones. Los depositantes se quejarán, naturalmente, por pasar de tener dólares a pesos indexados. Pero si alguien con credibilidad les habla con claridad, comprenderán que sus dólares son teóricos y sumamente inseguros cuando los deudores de los bancos no pueden pagar sus deudas en esa moneda, en tanto que con indexación aumenta la probabilidad de cobrar y sus ahorros mantendrían el poder de compra en el mercado doméstico.
La indexación de activos y pasivos financieros ataca el problema de la solvencia bancaria, pero no el cambiario, ni el de iliquidez. Por lo tanto no hay que anunciar cronogramas sin ninguna base real, sino valientemente explicarle a la gente los problemas y decirle que el Gobierno pondrá todo su empeño para que la recuperación de sus depósitos -ahora congelados- pueda tener lugar lo antes posible.
Difícil tarea ésta de recuperar la confianza en un gobierno inspirado por Alfonsín y Duhalde. Un comienzo, al menos, sería explicarle a la gente la verdadera naturaleza de las cosas, en vez de adularla, engañarla o confundirla apelando a antinomias inexistentes, como producción versus finanzas, ganadores versus perdedores o españoles versus argentinos.




