
Testimonios de quienes eligen vivir en casas alquiladas o compradas ubicadas en cementerios: sus anécdotas, sus experiencias y lo que les inspira
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Vivir entre los muertos es un bien cada vez más demandado, ya que crece la cantidad de edificios habitables en cementerios. Los nuevos residentes comentan que el entorno es sorprendentemente reconfortante.
Despertarse con vistas a hileras de lápidas puede recordarnos que debemos “vivir este día al máximo”, dijo Leah Guadagnoli, artista culinaria y florista de Hillsdale, Nueva York. Ella, su prometido, Tim Sengenberger, y un gato atigrado llamado Señor Tuna comparten una antigua iglesia del siglo XIX reconvertida en vivienda con tejado a dos aguas, contigua a los lugares de descanso final de unas 170 personas. A Guadagnoli le han dicho: “Aquí todos los espíritus son pacíficos”.


Los líquenes y los musgos han esculpido los obeliscos y las losas grises. “Las piedras se integran a la naturaleza”, dijo Guadagnoli.
Ella organizó banquetes en los terrenos, que son mantenidos por los descendientes de los difuntos y está planeando su boda allí. Incluso recolecta flores locales para sus recetas. “¿A quién no le gusta un cóctel de violetas de cementerio?”, preguntó entre risas.
Sarah Gundle, psicóloga de la ciudad de Nueva York, dijo haber encontrado una sensación de “calma y paz” en su hogar, una antigua iglesia en el oeste de Nueva Jersey, ubicada en un terreno de una hectárea dedicado al cementerio. Las lápidas erosionadas llevan inscripciones tan conmovedoras como “Hijo pequeño”. Como escribió en un ensayo para Salon, vivir entre tumbas puede inspirar compasión por “todo lo que está roto”, incluyéndose a uno mismo.

Gundle comentó que dudaba en acercarse a los visitantes del cementerio —quizás preferían llorar en silencio—, pero descubrió que, en general, querían conversar. Ella y su familia añadieron pinares, parterres y casitas de hadas hechas a mano al paisaje. Un visitante, que había enterrado allí a muchos familiares, dejó una nota agradeciendo a los nuevos ocupantes por el cuidado respetuoso del lugar.

Cuando la propiedad salió a la venta hace unos años, acaparó titulares como una “casa para morirse”, con una " transformación celestial " y algunas “sorpresas escalofriantes”. Tal atención mediática y pública, acompañada de juegos de palabras, se convirtió en un cliché para los habitantes de cementerios.
“Estamos en una casa realmente famosa”, dijo Kat Momenzadeh, profesora de secundaria en Bellefonte, Pensilvania. En 2025, ella y su esposo, Ed Choma, compraron un edificio del siglo XIX, decorado con detalles ornamentales y con un arco sobre un camino de entrada, que antiguamente servía como caseta de entrada a un cementerio. Es ampliamente conocida, dijo Momenzadeh, como “la que tiene el agujero en el medio”.
El edificio también se había utilizado como atracción de casa encantada, con una guillotina simulada en un baño.
El interior se había deteriorado hasta tal punto que, según Momenzadeh, “subir las escaleras era como jugarse la vida”. HGTV -un canal de televisión americano- la catalogó como “la casa más aterradora de Estados Unidos” y le invirtió US$150.000 en una remodelación.
Cuando la pareja y sus dos hijos exploran el cementerio boscoso, sus rutas habituales pasan por un ángel de piedra que marca la tumba de una recién nacida llamada Gladys Dietz. “Siempre nos detenemos a saludar a Gladys”, dijo Momenzadeh. Por la noche, algunas luces dispersas iluminan algunas lápidas. “Parece que hay estrellas”, comentó.
No es un fenómeno solo de Estados Unidos
Vivir en un cementerio incluso ha comenzado a inspirar el espíritu emprendedor. Tombstone Honey es un nuevo producto alimenticio artesanal que se cosecha en el antiguo cementerio de Paddington, en Londres, a partir de media docena de colmenas cuidadas por Nicholas Horowitz, cofundador de Founders Makers, una consultora de desarrollo de marcas. Él, su esposa, Sophia Tran-Thomson, periodista, y su hijo viven en la entrada del cementerio, en una antigua casa parroquial de estilo gótico, renovada y ampliada por el estudio de arquitectura londinense Studio Hallett Ike.
En un barrio repleto de casas adosadas, la vivienda de la pareja tiene una tranquilidad casi monástica, como si la ciudad hubiera desaparecido, según Horowitz. Un antiguo inquilino era guitarrista de una banda de rock, un lugar ideal donde, como señaló Tran-Thomson, “no hay vecinos que se quejen del ruido ni la música fuerte”.
Búhos y zorros prosperan entre las tumbas de celebridades como Michael Bond, el creador del Oso Paddington (“Por favor, cuiden de este oso” es el epitafio). La casa tiene ventanas de arco apuntado, vigas de madera sin tratar y paredes de yeso texturizado. “Nos gusta esa sensación de imperfección y desgarbe”, dijo Tran-Thomson. La pareja instaló un espejo de baño, con bordes sinuosamente erosionados, que encontraron enterrado en el jardín.

El establecimiento de alojamientos temporales en cementerios tiene una larga historia, como señaló Allison C. Meier, escritora especializada en tumbas y rituales funerarios. Los mausoleos de la Edad Dorada estaban amueblados con mesas, sillas, alfombras y candelabros.
“Eran extensiones de las casas de la gente”, dijo Meier. En un ejemplo extremo de alrededor de 1900, un viudo de Brooklyn pasaba sus días dentro de la tumba de su esposa, repleta de sus utensilios domésticos favoritos, incluyendo los cubiertos.
¿Por qué se da este fenómeno?
La oferta de residencias junto a cementerios está aumentando no solo porque entidades religiosas y seculares venden sus instalaciones, sino también porque los propietarios están redescubriendo la venerable práctica de enterrar a sus seres queridos en sus propias propiedades. En una generación, esos lugares pueden quedar cubiertos de maleza y las lápidas pueden resultar una sorpresa para los compradores posteriores.
“La historia nos demostró que estos lugares simplemente se pierden”, dijo Ryan M. Seidemann, director ejecutivo de la Asociación Norteamericana de Reguladores de Servicios Funerarios y autor de “Protección de cementerios en entornos urbanos”.
Algunos cuidadores de cementerios con larga trayectoria han decidido dejar una huella permanente de su labor. “La Dama del Cementerio, Defensora de los Muertos” es la inscripción en la lápida de Helen A. Sclair en el Cementerio Nacional Bohemio de Chicago, cerca de la casita del cuidador que ella alquiló durante mucho tiempo. Sclair fue investigadora, conferencista y guía turística especializada en la muerte y los rituales funerarios (su colección de publicaciones, manuscritos y otros documentos relacionados pertenece ahora a la Biblioteca Newberry).
“Su casa era un museo”, dijo su hija, Lu Sclair, enfermera especializada en Indiana, quien heredó recuerdos como un ataúd de mimbre utilizado para transportar cadáveres. Le encantaba visitar la casita del cementerio, rodeada de “hermosas estatuas de todo tipo”. Añadió: “Algunas de las mejores noches que he dormido fueron en el sofá de mi madre”.

Marion Duckworth Smith, quien desde la década de 1980 cuida la casa de campo Lent-Riker-Smith en Queens, construida en la década de 1650, lucha contra las enredaderas que trepan por las lápidas del patio trasero, donde se encuentran los primeros colonos holandeses. Se sabe de memoria las inscripciones, que dicen algo así como: “No lloren por mí, mis queridos amigos, no estoy muerta, sino que duermo aquí”. Sus propios familiares descansan allí, bajo lápidas del siglo XXI adornadas con ramos de flores.
Vio la propiedad por primera vez en 1979, cuando su futuro esposo, Michael Smith (quien ahora está enterrado allí), le preguntó durante una cita: “¿Te gustaría ver mi cementerio?”. Inmediatamente sintió como si el lugar “me hubiera estado esperando”, dijo.

Entre sus compañeros actuales se encuentra una camada de gatitos, rescatados de debajo de un banco de duelo tallado con ángeles. Su equipo de voluntarios incluye a un funerario, quien le aseguró que “consideraría un honor realizar mi cremación”, dijo Duckworth Smith. Añadió que planeaba proteger la propiedad póstumamente desde el lugar de una tumba marcada por un ángel llorón. “Voy a atormentar a cualquiera que venga y deshaga mis buenas obras”.
Entre los vecinos que comparten su afinidad se encuentra James Sheehan, quien dedicó siete décadas al cuidado de un recinto amurallado con tumbas que datan de 1703. Las lápidas varían desde un ángel de color crema con el puño en alto en señal de desafío hasta una losa marrón que advierte: “¡Lector! ¿Estás preparado para seguir?“. Según cuenta, hasta que su delicada salud se lo impidió, podaba y cortaba el césped con tanta meticulosidad que “todo relucía”.
Sus familiares colaboran: dos bisnietos se han dedicado a rastrillar y embolsar las hojas. Las Girl Scouts han recogido docenas de bolsas de hojas en un solo día. La hija de Sheehan, Debbie Sheehan Collins, comentó que, a lo largo de los años, algunos miembros de la familia se habían disfrazado de fantasma o de Drácula. Pero nadie se comportó de forma irrespetuosa entre las tumbas. “Sabíamos lo que significaba”, afirmó.
Su padre dijo que había oído a visitantes enojarse con sus antepasados en las lápidas: “¡Maldito imbécil, deberías haber seguido mi consejo!”.
¿Y cuál es el lugar de descanso final de Sheehan? “Donde sea que me pongan”, dijo, “estaré satisfecho”.
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