Con el trabajo remoto y las restricciones, las ventajas de mudarse o permanecer en la Capital no son las mismas; pros y contras de quienes se van, se quedan o vuelven
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Las restricciones y cambios de hábitos que impuso la pandemia llevaron a mucha gente a cambiar de hogar en función de nuevas rutinas laborales y sociales. Con la expansión del trabajo remoto, la permanencia física en un lugar concreto ya no es indispensable. Los ejemplos son variopintos: desde familias con hijos pequeños que migraron hacia los suburbios hasta jóvenes profesionales que optaron por trabajar intermitentemente desde otros destinos, incluyendo la costa atlántica o la Patagonia. La “nueva normalidad” abrió nuevas posibilidades y trastocó rutinas.
Si bien la Argentina transita un pico de contagios y la situación sanitaria es ahora seriamente preocupante, lo cierto es que parece empezar a vislumbrarse una luz al final del túnel. Las vacunas comienzan a llegar en cantidades relevantes, por lo que no es descabellado suponer que en unos meses la situación empezará a parecerse a la de aquellos países que inmunizaron a su población masivamente, y hoy en día están lentamente recuperando un ritmo y estilo de vida prepandémico.
Históricamente, los jóvenes son quienes llegan en masa a vivir a las ciudades cuando se independizan. Así ocurrió siempre: en las urbes hay más y mejor trabajo, mayor interacción social y actividades de ocio, mayor proliferación de ideas, creatividad y oportunidades de todo tipo. Pero, durante los casi 15 meses de restricciones que arrastra el país, muchas de esas condiciones se perdieron o relativizaron, y precisamente eso es lo que llevó a muchos, incluyendo los jóvenes, a replantearse si realmente vale la pena instalarse en una gran urbe. ¿Se justifican los gastos elevados y las contras de una vida urbana ante un panorama que podría haberse transformado permanentemente? ¿Habrá cambiado la relación entre los jóvenes y la ciudad? Con la perspectiva ya no imposiblemente lejana de actividades sociales normales, clases universitarias y trabajos presenciales, bares, teatros, cines o espectáculos abiertos, ¿vuelve la ciudad a ser “el lugar en el que hay que estar”?
Historias reales
Lucas es un economista de 25 años y oriundo de Tigre. Hace dos años, decidió mudarse a un monoambiente en Núñez. “Lo que buscaba al independizarme era tener más libertad. Tener mi espacio, mis propias reglas, construir un proyecto -en este caso, mi casa- que fuera 100% mío”, explica. Son objetivos, sin embargo, factibles en cualquier lugar, no únicamente en una ciudad grande como Buenos Aires. “A la ciudad vine principalmente por la comodidad laboral. Trabajo alternadamente en la zona de Costa Salguero o Villa Urquiza, y hacer el viaje desde Tigre todos los días insume mucho tiempo”, sigue. “Necesitaba estar cerca de mi lugar de trabajo. Teniendo en cuenta que el transporte público suburbano no es el mejor, era un factor importantísimo. Si hubiera mejor transporte público, el hecho de estar lejos tendría menos relevancia”. Eduardo (24), comunicador social de Pilar, coincide: “Vivir en Pilar y trabajar en Capital, no era una opción”.
Sin embargo, con el auge del trabajo remoto que provocó la pandemia, las distancias para los jóvenes suburbanos perdieron relevancia. La compañía multinacional de software para la que trabaja Eduardo ya avisó a sus empleados que no habrá trabajo presencial hasta, por lo menos, diciembre de este año. Lucas, que es gerente en una empresa de consumo masivo, tampoco necesita asistir a la oficina regularmente. “Antes de la cuarentena la foto era, ‘hay que estar en Capital sí o sí'. Pero si hoy me dijeran que voy a trabajar presencialmente, por ejemplo, dos días por semana, consideraría seriamente mudarme a los suburbios de nuevo, obviamente solo”, explica Lucas. “Con la pandemia se acentuaron las ganas de tener verde. Creo que hoy, suponiendo que se mantiene el home office, lo priorizaría más”. Además, el economista considera el aspecto de sus finanzas personales: “Por la misma plata que me sale vivir en un monoambiente de Núñez probablemente podría vivir en un PH suburbano, con más árboles y verde. Y teniendo que ir pocas veces a la oficina, perdería poco tiempo”, razona.
Las distancias, por supuesto, no son el único factor de magnetismo urbano. Diego (23), que estudió periodismo en la Universidad Católica Argentina (UCA), se mudó a Buenos Aires desde Tandil cuando terminó el secundario. “En primer lugar no tenía la opción de estudiar periodismo en Tandil. Pero también vine buscando más movimiento, más acción, más gente. En mi ciudad los ritmos son más lentos”, cuenta. Agostina (27), profesora de danza y actriz, oriunda de Concordia, agregó: “Necesitaba un ambiente más estimulante. Rodearme de gente distinta, tener más opciones laborales y personales, un estilo de vida donde lo imprevisto no sea tan improbable”. “Necesitaba un poco de novedad, cambiar de ámbito social, estar en contacto con gente nueva”, coincide Lucas.
Son ventajas, sin embargo, que se diluyeron con los nuevos hábitos y condicionamientos pandémicos. Hoy en día, con las restricciones a los encuentros sociales y los horarios reducidos, ha bajado significativamente el contacto social con personas que no integran el círculo regular de cada uno. Bares y vida cultural cerrada, inexistencia de vida nocturna masiva, meses y meses sin clases universitarias o jornadas laborales presenciales. “La ciudad está repleta de oportunidades que hoy no ofrece”, se lamenta Eduardo. “La realidad es que la cuarentena se hizo tan larga que fui absorbiendo y normalizando todo eso. Como si me hubiera olvidado que existe”, explica Lucas. “Hasta que esas actividades vuelvan a ser posibles y naturales, las perdí como beneficio de estar en la ciudad“.
Son muchos los ejemplos de jóvenes de distintos puntos del Interior que dejaron la Capital Federal durante el encierro. En el caso de Diego y Agostina, ambos volvieron a sus ciudades de origen. Si bien por motivos laborales volvió brevemente a Buenos Aires, Diego asegura que, en estas circunstancias, permanecerá en Tandil. “No tenía sentido estar encerrado haciendo lo mismo que podía hacer en Tandil. Volví y me quedé”, cuenta. “La gran mayoría de la gente que conozco tomó decisiones similares”, asegura. El caso de Agostina es idéntico. “Volví en abril del año pasado, cuando entendí que la cuarentena sería larga. Estuve todo el año en Concordia, no tenía sentido tener un nivel de gastos porteño sin poder vivir una vida porteña”, apunta. Agostina volvió este año a instalarse en CABA , pero asegura que vuelve a Entre Ríos con mayor regularidad de lo que lo hacía antes. “Algunos se volvieron permanentemente y otros, como yo, visitan más seguido o se quedan más tiempo. Obviamente depende de si tu vida laboral lo permite, pero creo que muchos nos dimos cuenta que no es indispensable estar en Buenos Aires”, asegura. Diego, por su parte, cuenta que algunos de sus conocidos empezaron a retornar a Buenos Aires a comienzos de año. “Ahí empezó a ‘cambiar el chip’. Pero más que nada porque estaban pagando alquileres que no estaban usando y querían amortizar el gasto, no tanto por sentir que se estaban perdiendo de algo”, explica.
A medida que retrocedan los contagios y la crisis sanitaria, la vida cobrará visos de normalidad nuevamente. La pregunta es si las expectativas, las costumbres y los gustos serán los mismos. La forzada experiencia remota a partir del Covid-19 sirvió de prueba piloto y sorprendió a personas, corporaciones y gobiernos de todo el mundo con resultados en los que la productividad se mantuvo -y hasta mejoró-, y con ejemplos de miles de actividades que parecían imposibles a la distancia pero que probaron con creces que funcionan a través de una buena conexión a internet. Muchas personas experimentaron una forma de trabajar y vivir más alineada con su búsqueda de calidad de vida, obteniendo un mejor balance entre el tiempo de trabajo y personal. Para los jóvenes, la ciudad difícilmente deje de ser el polo atractivo que es hoy. Las oportunidades laborales, la interacción social intensa o el entorno de enriquecimiento cultural son factores propios de los lugares en los que se aglomera mucha gente, y así seguirá siendo. Sin embargo, tal vez exista mayor percepción de que los costos de la vida urbana pueden ser mitigados sin resignar sus beneficios. Nuevas costumbres, nuevas ciudades, nueva normalidad.
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