
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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Puntualmente, todos los inviernos desde hace muchísimos años, en el lugar más sombreado y frío del jardín, florece el eléboro. Mi planta fue traída desde Esquel, junto con unos muguets que, durante unos pocos años, llegaron a florecer y me permitieron obtener un importante premio en la muestra de la Sociedad Argentina de Horticultura; después, desaparecieron. Pero este eléboro sobrevivió y puedo atestiguar que llegó a soportar veranos cálidos como el pasado, y sin perder sus flores. Esta es otra curiosidad de esta planta, pues sus bonitas flores parecen no marchitarse ni secarse nunca. De manera que es hora de ordenar la información.
El Helleborus niger es de la familia de las ranunculáceas, como las más comunes marimoñas o las peonías, originario de las regiones montañosas de Europa. Se trata de una especie herbácea perenne que llega a medir unos 40 centímetros de altura; de corta raíz rizomatosa, de la que emergen los largos y fuertes pecíolos, en cuyos extremos hay hojas permanentes, fuertes, coriáceas, compuestas de varios folíolos. Los tallos florales llevan una o dos flores solitarias, blancas, teñidas de rosado en su envés, de unos 5 cm de diámetro, compuestas por cinco sépalos petaloides, lo que quiere decir que aunque parecen pétalos son en realidad sépalos y, por consiguiente, de consistencia más firme y duradera. Su nombre popular es rosa de Navidad, pues la floración es coincidente con el solsticio de invierno, Navidad en el hemisferio norte.
Es planta tóxica, especialmente su raíz, aunque la antigua medicina herborística también la usó como cardiotónico; en el jardín se la considera venenosa, y se aconseja manipularla con cuidado. Esta toxicidad sería perceptible para los gatos y ha dado lugar a que se plante eléboro en aquellos sitios que uno quiere evitar que visiten los felinos. He realizado esas experiencias y me permito no coincidir, porque los gatos omitieron toda prevención en proximidades del vegetal.
De las plantas provenientes de Esquel, sólo el eléboro se adaptó a mi jardín. No es común, pero hay cultivos que demuestran sus posibilidades en la zona del Gran Buenos Aires. Los muguets pelearon su lugar y sucumbieron dignamente. Los que fracasaron sin atenuantes fueron los lupinos, que en esa zona patagónica forman grandes manchas multicolores. Parecería que nuestro Gran Buenos Aires permite aclimatar con éxito plantas de la región subtropical, pero no es hospitalario para las bellas plantas del Sur, cuyas complejas condiciones de temperatura y luz no logramos reproducir aquí con fidelidad.






