
En una zona que invita a soñar con la nostalgia de otras épocas, dos jóvenes son propietarios de una posada con estilo campestre, en una casa que data de 1800
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Qué ha quedado de aquellos pueblos, no muy lejanos de la Capital Federal, que tuvieron su esplendor a principios del siglo pasado con el progreso que les llevó el ferrocarril que hoy no existe. Una de las respuestas está en Carlos Keen, a 15 kilómetros de Luján, por el Acceso Oeste y luego el camino de ingreso al pueblo (es la tercera salida después de Luján).
Desde el viaje hacia Carlos Keen se entra en el paisaje de campo: grandes extensiones de verde, sólo recortadas por animales, casonas y herramientas para trabajar la tierra.
Con sencillez
Ya en el pueblo, la nostalgia de otra época y el encanto de viejos almacenes de ramos generales devenidos en comedores de platos caseros y autóctonos o en casas de antigüedades de campo. También la cordialidad y sencillez de sus habitantes, despojados de relojes y apuros. Hoy, Carlos Keen se ha convertido en una zona de clubes de chacras, atraídos por las extensas y quebradas tierras y por un casco urbano único por sus características. Hacia 1930, cuando el tren dejó de pasar, el pueblo se detuvo en el tiempo.
Atendido por sus dueños, dos jóvenes gastronómicos del lugar, Bien de Campo se convirtió en la parrilla de Carlos Keen.
Está en una tradicional casona, que data de fines de 1800 y se encuentra al lado de la biblioteca y frente al Museo Rural, un sitio que recorren los que llegan hasta el lugar.
"La casona tiene la fisonomía local, con un gran salón al frente; acá funcionaba la sastrería de Di Módico", explica Nicolás Mainelli, uno de los anfitriones.
La casa se recicló completamente, manteniéndose las características originales.
Sus muros son de más de 60 centímetros, construidos con adobe; los pisos son de pino tea y los techos -altos- están hechos con bovedilla.
Bien de Campo está decorado con elementos de la zona, encontrados en la casa o donados por los propios vecinos de Carlos Keen que conservan viejas tradiciones. En una de las paredes del salón luce una imponente rastra, que hasta no hace mucho se utilizaba en un campo vecino para arar la tierra.
La comida que se sirve también está en armonía con el lugar. En platos de madera, se recibe a los visitantes con quesos y fiambres producidos en la zona. "Los quesos son saborizados, y el salame y jamón crudo los hace un vecino, en un campo cercano", explica Junior, también anfitrión y parrillero.
Luego siguen las empanadas caseras de carne cortada a cuchillo y hechas al disco. Las achuras son de las más frescas, mientras que los más exquisitos cortes de carne están asados a la leña, en una gran parrilla que se puede visitar mientras se sirven las empanadas y la tabla de fiambres.
El programa no termina con el postre -todo casero-, sino que continúa en el fondo de la casona, donde los anfitriones enseñan a chicos y grandes los secretos de la huerta, de donde se nutren para las ensaladas y los condimentos.
Luego, nada mejor que un recorrido a pie por el pueblo, quizás una charla con algún lugareño y hasta la compra de recuerdos en la casa de antigüedades y la feria de artesanías. Un programa ideal para hacer más de una vez.





