
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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Que en estos crispados tiempos una planta se llame Acacia mansa , ya prenuncia una gran virtud, más aún cuando el nombre acacia deriva de una palabra con la que el griego Dioscorides designaba un árbol espinoso y ésta es una vistosa plantita de la flora rioplatense que se da en la Argentina, Uruguay y Brasil.
La Sesbania punicea -tal su nombre botánico- puede llegar a los tres metros de altura, de tronco bajo y copa redondeada. Las hojas, compuestas por numerosos folíolos, son caducas y caen muy tarde (en ciertas condiciones, no caen); las ramitas tienen corteza rojiza, oscura. Pero lo verdaderamente atractivo son las flores: con la típica forma de mariposa de las flores de las acacias, pero de intenso color rojo anaranjado, miden más de 1,5 cm cada una y se agrupan en racimos colgantes, en las axilas de las hojas y tan largos como éstas. La floración, abundante y muy notable, aparece a mediados de la primavera y dura hasta febrero, aunque puede prolongarse. Necesita sencillos cuidados (aunque cuando hay sequía necesita riego) y se la puede ver en el arbolado urbano, como en algunas calles de City Bell.
Se reproduce con gran facilidad por semillas, que están en vainas colgantes de hasta 10 centímetros. Son vainas dehiscentes, esto es, se abren al madurar y dejan escapar las semillas. Si se las quiere cosechar, se cortan las vainas cuando se ponen marrones y leñosas, y se apoyan sobre papel para que abran y caiga la semilla. Germinan y crecen rápidamente.
En su ámbito natural, el Delta o la costa del Río de la Plata, por ejemplo, se la encuentra mezclada con otras plantas, en matorrales y pajonales, y en esos casos su altura y ramificación son escasas.
En los mismos lugares y con los mismos requerimientos crece otra especie, la Sesbania virgata , o rama negra, algo más alta y esbelta, que produce racimos más breves de flores amarillas y es, en general, menos atractiva. Volviendo a la acacia, como toda planta nativa hay un insecto que ataca sus semillas, limita su reproducción e impide que se haga invasora. A los sudafricanos les gustó la planta, la llevaron allá y al poco tiempo la invasión de sesbania fue alarmante, sobre todo en embalses y cursos de agua. En una acción digna de imitarse, un investigador sudafricano vino al país y se llevó al insecto atacante. Así, todo volvió a su equilibrio.




