
La tercera edición de Amanita se realizará en Mercedes con música, arte, talleres y experiencias de bienestar; su organizador explica por qué la convivencia, la desconexión y los vínculos que se generan durante varios días son el eje de la propuesta
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“Lo que más me gusta es estar con el taladro en la mano arreglando cosas y construyendo. Me gusta ver cómo cobra vida lo que imaginamos todo el año”, cuenta Agustín Berardo, organizador de Amanita, un festival transformacional que llegará a su tercera edición en la localidad bonaerense de Mercedes.
La historia de este evento comenzó algunos años antes y lejos de la Argentina. En febrero de 2020, el productor del festival viajó a Costa Rica para vivir por primera vez un encuentro de siete días en medio de la selva.
Hasta entonces trabajaba en marketing y comunicación y sus salidas estaban asociadas a la noche tradicional o a eventos de una jornada. “Toda mi vida estuve trabajando a los pedos, siempre corriendo con las entregas y los clientes. Muchas veces comunicando cosas que quizás no estaban muy alineadas conmigo, no las sentía de verdad. En el 2020 fui a un festival de estos por primera vez”. Lo que encontró allí modificó la manera en que imaginaba un evento.

“No podía creer que existiera eso y yo no conociera este tipo de encuentros. Estaba acostumbrado a que salir, ir a escuchar música o hacer un programa con amigos era la noche tradicional, o eventos de un día donde vas y volvés a tu casa. De repente, estar ahí acampando siete días con gente de todos lados... fui solo y nunca estuve solo”.
Para Berardo, esa convivencia es una de las claves de estos festivales. “Genera algo que es recordarte que hay una forma de vivir a otro ritmo. Son como una especie de vacaciones para adultos. En el fondo es un festival porque hay escenarios, música, shows y demás, pero lo diferente es la comunidad que se genera; es una experiencia inmersiva, un viaje, una pausa en tu rutina donde durante cuatro días estás en otra sintonía”.
Del Ecstatic Dance a Amanita
De todas las actividades que conoció durante aquel viaje, una quedó especialmente asociada al proyecto que desarrollaría después: el Ecstatic Dance. “Es una forma de baile libre con un DJ. La gente baila durante 90 minutos, pero tiene unas pequeñas consignas que son que no se usa el celular, no se habla y se baila descalzo. Podés interactuar con la gente, pero sin hablar; es un lugar para bailar como quieras, expresándote”, explica.
“Volví de ese viaje y arrancó la pandemia; fue un contraste enorme, de eso pasé al encierro como todos. Pero me quedó la idea de ‘che, yo tengo que hacer esto acá, compartirlo, porque seguro hay más gente que se suma a esta locura’”.
Berardo empezó a organizar encuentros de Ecstatic Dance en su casa. Más tarde trabajó durante tres años como director de marketing de Envision Festival, en Costa Rica, y recorrió propuestas similares, entre ellas Boom Festival, en Portugal.
En diciembre de 2023 organizó junto con amigos dos encuentros pequeños en una oficina vacía. Allí comenzó a tomar forma una idea que después trasladaría a Amanita: que la música conviviera con otras experiencias y que no todo obligara a permanecer frente a un escenario.
“Combinaba DJs y música, pero también podías tener un viaje sonoro, estar descansando o charlando. En la noche o en una fiesta tradicional solo tenés que estar bailando al palo, pero capaz te querés ir a dormir o te querés sentar”.
La repercusión de esos encuentros llevó al grupo a organizar la primera edición de Amanita en 2024, en Cañuelas. Al año siguiente el festival se trasladó a Mercedes, al mismo predio previsto para este año.
De 700 personas a más de 2000

En la primera edición, una de las dificultades fue transmitir qué tipo de experiencia proponían cuando todavía no tenían imágenes propias para mostrarla. “El principal cambio es que el primer año nos costó mucho explicar la experiencia sin fotos ni videos, explicar por qué te vas a ir a acampar tres días (la primera edición fue de tres días). Teníamos miedo de que la gente no entendiera la propuesta, que vinieran pensando que era una fiesta normal o que no fueran a los talleres de la mañana y estuvieran vacíos”.
Con el paso de las ediciones, Berardo percibió un cambio en la forma en que el público llega al festival. “Lo que fue pasando es que la gente entiende cada vez más la propuesta, viene con más intención, se prepara con más anticipación y viene cada vez más gente sola”.
La primera edición reunió 700 personas y la segunda, alrededor de 1000, según Berardo. Para el próximo encuentro espera superar las 2000, además de más de 200 artistas y 200 voluntarios. “Se siente que lo estamos haciendo entre todos”, comenta.
La mayor parte del público tiene entre 35 y 45 años, una franja que, según el organizador, todavía busca salir y bailar pero no necesariamente encuentra propuestas con las que se identifique.
“Yo tengo 36. Es esa edad donde todavía te gusta ir a bailar y salir, pero capaz no te sentís muy representado por lo que hay. Yo no tengo ganas de ir a meterme en un boliche apretado a que me empujen en una fila. Hay un montón de gente que dice ‘yo no salgo más, ¿qué hay para mí?’”, dice Berardo. Y agrega: “Amanita genera un lugar donde hay muchas puertas de entrada: por la música, por el yoga, o por las actividades diurnas. Podés ir con tus hijos, todos encuentran algo para hacer: un DJ, una charla, yoga o taller de pintura. En el fondo nos unen las ganas de compartir, de vivir una experiencia distinta a lo que hacemos todos los días”.
Dormir adentro y convertir el festival en un viaje

La permanencia durante varios días es uno de los componentes centrales de la propuesta, aunque existen distintas alternativas de alojamiento. “Amanita es una puerta de entrada a este mundo porque tiene un montón de facilidades. Podés dormir en carpa, pero podés alquilar una carpa prearmada, sacar un glamping, ir en motorhome o alquilar una casa cerca en Mercedes e ir por el día y volver”.
Para Berardo, quedarse dentro del predio modifica la experiencia. “Es una parte fundamental de la experiencia, algo único despertar e irte a dormir con la misma gente. Pero hay gente que por distintas razones duerme en una casa, vuelve temprano y sigue siendo increíble”.
El festival cuenta con 12 puestos gastronómicos. Está permitido llevar snacks, pero no cocinar ni hacer fuego. También hay venta de alcohol, aunque la organización intenta que no marque el ritmo del encuentro.
“Trato de que el consumo de alcohol sea mínimo. En algún momento pensé en hacerlo sin alcohol, pero hay personas que disfrutan una cerveza viendo una banda al atardecer. No tengo problema con el alcohol, quizás lo que no me gusta es el abuso”.
Esa dinámica forma parte de una idea más amplia sobre cómo atravesar un festival de varios días. “Siento que estamos generando una cultura y una movida nueva: la de ir a dormir a los festivales y tomarlos como un viaje”.
Cuatro o siete días
“El primer año fue de tres días, el segundo de cuatro más la experiencia extendida de otros tres. Queríamos probar y fue increíble. Es más como un retiro los primeros días, una mezcla entre retiro y festival que arranca más tranquilo. Este año es lo que más está creciendo en porcentaje”, adelanta. En 2026, el festival se realizará del 20 al 24 de noviembre, mientras que la modalidad extendida abarcará siete jornadas.
Para quienes regresan de una edición a otra, esa convivencia también comenzó a funcionar como un reencuentro. “La gente se vuelve a cruzar, surgieron grupos de amigos y emprendimientos. Es un momento del año en el que vas y te desconectás”.
Cómo se eligen los artistas de Amanita

La programación musical busca alejarse deliberadamente de una lógica basada únicamente en nombres masivos. “Siempre tratamos de ir mejorando año a año. En música, el festival tiene una identidad muy propia; no vamos por música comercial o mainstream. Hay veces que la gente ve el lineup y conoce a pocos”.
Entre los artistas que Berardo destaca está Kevin Di Serna, DJ y productor argentino presente desde los comienzos del festival. “Kevin [sic], que es groso, está desde el principio porque representa mucho la visión de la experiencia: la música como forma de meditación y ceremonia”.
La curaduría también apunta a presentar propuestas nuevas para buena parte del público. “Traemos muchos artistas de afuera por primera vez, no porque ayuden a vender tickets, sino para que descubras música nueva”. Berardo da un ejemplo concreto: “El año pasado vino Elias Alexander, un artista que toca la gaita y música celta electrónica; no lo conocía nadie y fue un éxito. Este año vuelve”.
Para esta edición, el equipo recibió más de 800 aplicaciones de música y talleres. La búsqueda incluye referentes internacionales de Ecstatic Dance y viajes sonoros, además de artistas nacionales.
“Algo interesante son los artistas que traemos, la curaduría del lineup. Traemos géneros como el Ambient o el Chill, que en la Argentina no te venden tickets ni llenan un boliche, pero traemos referentes de esos géneros”.
La programación 2026 también incluye a Oliver Koletzki, Alex Serra & Totidub, Mike Love, Moontricks con Sean Rodman, Guido Sartoris y Mushina, entre otros artistas y facilitadores.
Una producción hecha a mano

Desde la primera edición, Amanita cuenta con siete escenarios y suma talleres de arte, cerámica y pintura, propuestas de movimiento y actividades para familias. Para este año también se incorpora un área de acroyoga y se potencia el Templo Rubí, destinado a actividades vinculadas con lo femenino y círculos de conversación.
La construcción de los espacios forma parte de la identidad que Berardo busca preservar.
“Sí, somos un montón de amigos y gente que viene a trabajar durante meses. Un productor tradicional diría que nos estamos comprando problemas porque todo es más complicado de lo que debería ser, pero es la esencia de Amanita: que todo esté hecho a mano. Los carteles están pintados a mano, no impresos. Lo vivimos como un regalo a la gente”.
La propuesta también busca que la experiencia no quede concentrada frente a los escenarios. Berardo recuerda que hasta Mercedes ya llegaron asistentes de Chile, Uruguay, provincias como Córdoba e incluso Rusia, además de una persona que viajó en bicicleta desde lejos. “Mientras más diverso sea el público, más interesante. La ubicación es importante; tiene que ser un viaje. Si estuviera a minutos de tu casa, te invitaría a ir y volver”.
Ese intercambio continúa dentro del predio. “Lo que la gente se lleva son las conexiones en el medio: charlas con el vecino de carpa o gente descansando bajo un árbol”.
Este año, por ejemplo, participarán en el área de Fuego Sagrado los Yawanawá, una familia originaria de Brasil, de la zona del Amazonas, que llegará para compartir sus conocimientos y canciones tradicionales.
“Hay una propuesta muy variada por ese lado, y eso está buenísimo. Hay gente que a la noche está con un DJ y otra que está sentada alrededor del fuego charlando, y quizás es la mejor noche de su vida en un fogón. No hay ni una luz, ni un escenario, nada: fuego y gente charlando. Quizás disfrutan más eso que un escenario con luces y artistas que tardamos meses en construir. La conexión uno a uno es algo que dura mucho más que el festival”.
“Sueño con algún día estar celebrando 10, 20 o 30 años de Amanita”

Berardo asegura que actualmente concentra su energía en Amanita, aunque continúa realizando trabajos de marketing. Su objetivo es aumentar la escala sin alterar la lógica del encuentro.
“Un conocido de la industria en Estados Unidos me dijo que el objetivo de los primeros años es sobrevivir, porque la producción es muy demandante y los costos suben. El desafío es crecer lentamente cuidando la experiencia”.
Esa decisión también implica resignar alternativas que podrían aumentar la venta de entradas. “Podríamos vender pases diarios para que vengan a las 8 de la noche a ver a un DJ y se vayan, eso nos ayudaría a vender más tickets, pero va en contra de lo que queremos generar. Tratamos de no tomar atajos con sponsors o barras para mantener la visión”.
Berardo imagina esa comunidad a largo plazo. “Desde el principio me imaginé haciendo esto para toda la vida. Sueño con algún día estar celebrando 10, 20 o 30 años de Amanita. Me lo imagino como un estilo de vida para siempre”.
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