En su mundo privado, habla sobre la maternidad y su pasión por el campo
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![Josie, posando con Pistacchio, uno de los dos Pomeranians que tiene [el otro se llama Poroto]](https://www.lanacion.com.ar/resizer/v2/josie-posando-con-pistacchio-uno-de-los-dos-XOSKU37OPNDMLA5YFCJVBZIRQY.jpg?auth=b8879b98189e5b5799797eb9c804b0f0811f84b9687a72dfc70857f45e82ff2b&width=420&height=280&quality=70&smart=true)
Quince años atrás, cuando abrió la inmensa puerta del edificio y dejó atrás los bocinazos de la avenida, Josefina “Josie” Bridge (54) se encontró con el lugar que, más tarde, se convertiría en su casa. Ubicada en una construcción centenaria y de estilo francés, a la propiedad le faltaba muchísimo mantenimiento. En sus dimensiones, sin embargo, era extremadamente generosa: se podía pasar de un mundo a otro –del ruido invasivo de los colectivos que venían de la parte del edificio que mira a la calle al canto de los pájaros del otro lado– caminando 80 metros de largo. “Cuando se lo mostré a Dolores Otamendi, mi amiga y arquitecta, me dijo: ‘Pero… ¡¿sos consciente de la cantidad de metros que estás comprando?!’. Ella, que me conoce bien, lo decía no sólo porque sabe que soy un poco obsesiva, sino porque ahí viviríamos sólo mi hijo Giorgio [15] y yo. Pero, a diferencia de la mayoría de los departamentos que había visto, este me generaba sensación de libertad”, relata Josie a ¡HOLA! Argentina.
![Josie, enfundada en una pollera by Rocío G., en el living de su casa, un ambiente dominado por
los colores cálidos y con detalles cargados de sentido: los caballos, una de sus pasiones, están
presentes tanto en los libros [sobre la mesa de madera maciza de Fernando Moy] como en
el inmenso cuadro de Patricia Dunsmore, un regalo de su mamá. Los sillones fueron hechos a
medida](https://resizer.glanacion.com/resizer/v2/josie-enfundada-en-una-pollera-by-rocio-g-en-el-I6HIOHTU6ZEPHK6BDMXISHYTNE.jpg?auth=ccdec5dd94e8a8233bd6bad3190c89385ede27a8e2ba0849a282492d221a2c55&width=420&height=280&quality=70&smart=true)
Aunque nació en Capital y creció en el cemento, la cocinera y cofundadora junto con el chef Tommy Perlberger de Eat Catering –la empresa de gastronomía número uno de la Argentina– tiene en el cuerpo la geografía interminable de Tie rra del Fuego, donde vivían sus abuelos maternos, inmigrantes croatas, y donde ella y su hermano pasaban tres meses al año. “Afuera, en el campo, a mitad de camino entre Río Grande y Ushuaia, era territorio inhóspito: arreando ovejas, podíamos andar horas a caballo. Adentro, todo sucedía en la cocina: era inmensa y, con sus fuegos, calentaba toda la casa; lo que se gestaba ahí marcaba el ritmo de todo. Mi abuela Juanita nos mandaba a buscar hongos y a traer productos frescos de la huerta, también enorme. Ahí me enamoré de la cocina”, dice ella. De más está decir que, en esta casa porteña, cada rincón tiene su estilo y su buen gusto y la vuelta de tuerca que siempre le busca a las cosas. Y allí la cocina es la gran protagonista.
–Además de tu abuela Juanita, ¿alguien más de tu familia se dedicó a cocinar?
–Nadie. Cocinar siempre me encantó y me salió fácil. Mientras estudiaba Turismo, conseguí una pasantía en lo de Francis Mallmann en la Patagonia. Trabajé con Pablo Massey y con Germán Martitegui. Empecé después a hacer mis propios eventos: no sólo hacía la comida, sino que, además, planchaba los manteles, llevaba las servilletas…. Me gustaba que la gente comiera rico, pero también que la pasara bien. No me relajo hasta no ver las caras y escuchar las risas. Agasajar me hace feliz. Según mi terapeuta, con quien lo he hablado mucho, tiene que ver con dar.

–¿Cómo compatibilizás tu trabajo, tan demandante, con la maternidad?
–A Giorgio lo tuve cuando Eat estaba encaminada. El papá de Giorgio [con Jorge Frávega, que se dedica a las finanzas, Josie tuvo una relación que duró quince años] me rebancó: a él le encantaba que me desarrollara profesionalmente. En un momento, me dije: “Se me pasa la hora; quiero ser mamá”. Giorgio vino cuando estaban dadas las condiciones para que pudiera ocuparme de él.

–¿Sos tan exigente como mamá como lo sos con el trabajo?
–Le pongo mucha dedicación. Así como soy en el trabajo, soy en la vida. Para mí, esa es la única manera de hacer las cosas. Antes de tener a Giorgio, admito que un poco subestimaba la maternidad. Pero cuando lo tuve, me di cuenta de que ser mamá es más difícil que tener una empresa. No me tiembla el pulso para servirles platos a mandatarios como Vladimir Putin [en 2018, Eat tuvo a su cargo el servicio de la Cumbre del G20, en Buenos Aires], pero, más de una vez, me he llenado de dudas en cosas vinculadas a la maternidad.

–¿Giorgio te ha hecho reclamos? Tenés “Eat” tatuado en uno de tus brazos…
–¡Tengo también tatuado su nombre en mi otro brazo! Giorgio no me reclama. Si un sábado temprano me veía con el delantal, ya sabía que tenía un evento. También sabe que, si tiene fiebre, me atornillo a su lado y que no me perdí ningún acto del colegio. Así como me ve trabajando, sabe que tengo gran capacidad para desenchufarme. Somos muy compañeros. Si bien desde la pandemia con Eat estamos en un momento más relajado –ahora nuestro trabajo viró más hacia la dirección; hoy, para mí, cocinar es como ser un director de orquesta–, no sueño con jubilarme e instalarme en una playa. Soy una hacedora desde chiquita; y una convencida del “yo puedo”. Tengo sangre inglesa por parte de mi papá, pero siento que mi lado croata –la disciplina, la voluntad y el espíritu aguerrido– es el que me define. Creo en el mérito y que, cuando hacés, ganás libertad. Cuando mi mamá enviudó [Josie tenía 6 años], salió a trabajar para bancarnos a mi hermano y a mí. Fue un gran ejemplo: siempre tuve claro que tenía que valerme por mí misma.


–¿Estás en pareja?
–Ahora no. Estuve mucho tiempo en pareja y lo disfruté. Y ahora también lo paso muy bien. Soy una disfrutadora por convicción. Me considero superafortunada. Tengo muchos motivos para sonreír.
–Si aparece un interesado, debe ser difícil dar el primer paso invitándote a comer…
–[Se ríe]. Me gusta lo simple, pero con productos buenos. Los cocineros tenemos esa ventaja: el lujo de poder tener acceso a alimentos de calidad. Entonces, para mí, con tres buenos quesos, un buen jamón crudo y una baguette alcanza. ¡Y vayamos a una plaza! Nunca digas nunca, pero hoy tengo mi energía puesta en el trabajo y en mi hijo. La adolescencia requiere atención. Además, quiero aprovecharlo: ¡creció tan rápido! Si un viernes Giorgio se va con su papá y yo no tengo evento al día siguiente, voy un rato a bailar. ¡Me encanta la música! O armo algo en mi terraza.

–¿Qué pasa en la terraza?
–Cuando compré esta casa, hace quince años, quien era la dueña me dijo: “Esta casa es muy noble; van a ser felices acá”. Así ha sido. ¡Y, después, apareció la terraza! Fue una oportunidad que surgió durante la pandemia, cuando se puso en venta el sexto piso. Es uno de mis lugares favoritos. Soy consciente de este privilegio que tengo; lo disfruto un montón. Con una arquitectura moderna y diferente al resto del edificio, armé un living, otra gran cocina y un espacio versátil con aislamiento acústico que puede convertirse en una pista para bailar. Tiene, también, un jardín con mucho verde, parrilla y una mesa para veintiséis personas.
–Esa terraza debe ser la envidia de tus amigos.
–¡Al contrario! Mis amigos son parte de “Piso 6”, como todos la llamamos. Celebro mis cumpleaños allí, pero también es el lugar que elegimos para reuniones de trabajo o encuentros improvisados. Un día, mi amigo Marcelo Lien me dijo: “Imanol Arias está acá y cumple años; ¿hacemos algo en Piso 6?”. Vinieron amigos míos, vino Imanol y con él, muchísima gente del mundo del teatro, como Mercedes Morán e Inés Estévez. Mi amiga Narda Lepes dice que soy una alquimista: que, cuando pienso en una reunión, no sólo pienso mucho quién va a venir, sino con quién puedo hacerlo congeniar. Fue mágica esa noche: en un momento, se puso a llover y todos terminamos en la pista bailando. Ahora estoy enloquecida con el sake [la bebida japonesa]: tomé un curso y, después, armé una gran masterclass en Piso 6. Vinieron los cocineros, mis amigos y, además, un sommelier japonés. Estaban todos encantados: pasaron un lindo momento, y, además, aprendieron algo nuevo. También vamos mucho a “Piso 6″ con Giorgio. “Mamá, ¿hacemos un copetín?”, me dice. Subimos, ponemos música y nos que damos ahí, debajo de las estrellas, rodeados por las plantas, el perfume de las flores, el canto de los grillos y el sonido del viento. Es mágico, como estar en el campo.


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