Fogoneros, rincones escondidos, desniveles y refugios al aire libre redefinen el modo de usar el jardín y transforman cualquier espacio en un lugar de encuentro
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Ya pasaron años desde que el jardín dejó de ser un espacio puramente contemplativo. De aquel tiempo en los que María Antonieta se paseaba por las pasarelas floridas u organizaba fiestas bajo pérgolas de Versalles. Con el tiempo, y gracias a la visión de generaciones de paisajistas, el jardín se ha convertido en un espacio para vivir y disfrutar. En esta nota, algunas ideas para dar nueva vida y generar impacto en quienes lo visiten.

A veces, el punto de partida es la forma. Jardines que se estructuran en largos caminos, rectángulos que se superponen, círculos, la forma más orgánica posible, y que puede ser la mejor manera de aprovechar el espacio. En este caso, el hormigón encuentra una veta elegante para generar un espacio de reunión que marca contrapunto con el verde del entorno. Se aprovecha un rincón elevado para extender la vista al horizonte. El resultado no minimiza el paisaje sino que lo exalta. Un espacio ideal para charlas, mates y reuniones más formales donde todos pueden verse y escucharse.

Otras veces, cuando el espacio es más acotado, la creatividad se cuela en forma de “puesta en escena”. En este caso, un empapelado de árboles hace las veces de paisaje. Las macetas con vegetación de un verde brillante amplían el efecto y generan una sensación inmersiva que despeja los sentidos. El efecto se completa con un juego de living liviano y suave, que no compite con los tonos y que, más bien, acompaña en su paleta y estética.

Muchas veces son rincones un tanto perdidos en el jardín los que piden a gritos un gesto de impacto. Son cobijos que se crean con texturas o hierros recuperados, pequeños refugios que se integran pero a la vez marcan una identidad y dan un sustento al entorno. Como un camastro con estampas pasteles con unas rosas en flor. El efecto se logra en esas tensiones que fluyen y que se ven con un ojo avispado.

Rehuir de las sillas livianas y reposeras para caer en el concreto exige un punto de vista sólido. Una visión sobre cómo se quiere vivir un jardín, sus vistas, hallazgos y pinceladas que un diseñador pensó para él. Un muro envuelto en enredadera es un telón de fondo perfecto para un círculo de hormigón y su fogonero. Rincones pensados para estaciones más frías, que luego se extienden hacia los meses cálidos a la sombra de un árbol.

“El jardín es para nosotros una sala de juegos”, relata Floro (Florencio Varela) sobre este espacio diseñado junto con su mujer Alejandra, en San Isidro. Inspirados en el estilo cottage inglés, el quincho nace del gusto de la herrería y carpintería de su dueño, quien armó este rincón bello para recibir, agasajar y disfrutar.

También con estética fabril y mucho ingenio, en este espacio en desnivel se apuesta por un rincón donde adolescentes se junten por las tardes o noches buscando distancia -pero tampoco tanta-. Una salvia acompaña para enmarcar el cobijo, y la vista de la casa es el marco perfecto. Fogonero de hierro completa el cuadro perfecto para disfrutar de esta idea lograda.

A veces el todo es más que la suma de las partes. A saber, una casa de barrio cerrado debe tener un fogonero, pileta, reposeras y un poco de magia por algún lugar. En este caso, empezando por la casa de fachada negra que sorprende, nada parece librado al azar. La enredadera, los arboles con flores rosadas, las gramíneas que acompañan el desnivel y dan privacidad a la pileta, el fogonero que encuentra su sitio con presencia pero sin desmesura. No hace falta más que unos bancos, piedras y el efecto está logrado.

Aunque parezca mentira, contar con metros cuadrados -hectáreas incluso- y vistas de ensueño no son garantía de éxito. Cada jardín necesita un contrapunto, un eje que consolida, un aire que deje volar la vista. En este caso, un rincón se contiene con un desnivel y de algún modo las tensiones logran un efecto de impacto, resistente y funcional para juntadas y encuentros. El horno de barro aporta calidez y la vista se lleva el resto.

El consuelo es encontrar mil y un maneras de contar la misma historia. Que un fogonero puede tener su gesto y su impronta, sin caer en pantomimas forzadas. Aquí, la piedra arma una pared que divide y contiene, gramíneas y futuros árboles enmarcan el rincón central de un fogonero de hierro que se roba las miradas y cuenta una historia que solo puede contarse con eso que chispea y reúne voluntades. Lo dicho: siempre hay lugar para crear.






