Un argentino de 30 años y un napolitano fanático de Maradona organizaron Orilla. La primera edición convocó a cuatro mil personas, llegadas desde toda Europa, y generó algo que ninguno de los dos había planificado.
9 minutos de lectura'

El humo llega antes que cualquier otra cosa. Después, los aromas. Después, el ruido: una mezcla de guitarras, cumbia, algún cantito que nadie organizó pero todos conocen. Hay camisetas de la Selección, vasos de fernet con Coca, choripanes que salen de una parrilla donde el fuego no para nunca. Podría ser una feria en cualquier punto de la Argentina. Pero el cielo es napolitano, los edificios del fondo también, y la mitad de la gente que están en trance argento, habla italiano.

Así fue Orilla. Así fue su primera edición, el sábado 12 de abril en Nápoles, donde cuatro mil personas —argentinos que viven en Europa, italianos que nunca pisaron el Río de la Plata, napolitanos que crecieron con el Diego como denominador común— ocuparon un predio durante horas y construyeron algo difícil de nombrar con precisión. No fue exactamente una fiesta. Fue algo más parecido a un reencuentro. A una misa pagana.
Dos del sur
La historia empieza, como muchas, con un amigo en común. Juan Bautista Smart tiene 30 años, es de Zona Norte y estudió comunicación social. En 2019 se fue a vivir a París, y en marzo de 2020 se tomó el último avión de vuelta a Buenos Aires cuando el mundo empezaba a cerrar. “Me enteré de la pandemia y me fui para Buenos Aires. Llegué y cerraron las fronteras”, cuenta. Esos años de regreso los llenó de proyectos: empanadas congeladas para repartir en la zona, un torneo de fútbol amateur llamado La Jaula, una productora de eventos con vinilos y moda que bautizó Déjà Vu. En 2023 se casó. Al año siguiente, él y su mujer —que había estudiado un máster en arquitectura— decidieron irse a Barcelona.

Fue ahí donde apareció Federico Giordano. Napolitano, ingeniero, organizador de una feria de vintage y artesanías, pero sobre todo fanático de Argentina. Luego de una temporada viviendo en Buenos Aires, Fede volvió a Europa con una idea fija: hacer un festival que celebrara esa cultura en suelo italiano. Un amigo en común, al que le dicen el Sapo, los conectó. “Mi amigo sabía que yo hacía eventos en Argentina, que hacíamos cosas artísticas, también tenía un colectivo artístico de hip hop, entonces me dijo: vas a pegar muy bien con Fede”, recuerda Juan Bautista. Se juntaron. Empezaron a pensar en voz alta.
Lo primero que encontraron fue el nombre. Nápoles y Buenos Aires separadas por el Atlántico, pero conectadas por el mar. Las dos ciudades del sur, las dos con esa energía caótica y sentimental que sus habitantes reconocen de inmediato en la otra. “Somos del sur, somos sureños, somos sureños con sueños”, repite Juan Bautista, y esa frase terminó siendo el latiguillo del primer teaser que subieron a Instagram: un video que llegó antes que cualquier fecha confirmada, antes que los sponsors, antes que la grilla de artistas. Eso fue hace un año, en abril o mayo de 2025. El festival todavía no tenía forma, pero ya tenía nombre: Orilla.
“Nos dimos cuenta que no había una celebración única de la cultura argentina”, revela Fede.
Curar un festival
Los meses siguientes fueron de decisiones. A quién convocar, qué mostrar, cómo comunicarlo. La idea era amplia: gastronomía, música, cultura, un poco de todo lo que define a la Argentina cuando se la mira desde afuera. Tango, chacarera, folklore. Choripanes, empanadas fritas, postres. Fernet Branca como sponsor. Vinos argentinos. Una masterclass de alfajores. Charlas de fútbol. Martín Ruffini, de Fuegos La Martina (Pergamino), a cargo de la parrilla y una cata de vinos junto a Pilar Montoya, sommelier de Ramallo. Un restaurante llegado desde Torino —Volver— y una chica que hace medialunas desde Roma. “Napolitanos haciendo cosas argentinas, argentinos haciendo cosas de napolitanos”, resumen los organizadores.

Las redes hicieron lo suyo. Mucha gente empezó a escribir para participar. En noviembre ya tenían claro que en abril lo hacían. En febrero salieron en Instagram con todo, dos meses antes de la fecha. “Las redes sociales también hicieron lo suyo, y mucha gente nos escribió que quería participar, y fuimos decidiendo quién podía sumarse”, cuenta Juan Bautista. Para ese momento, Orilla ya había dejado de ser una idea de dos socios en Barcelona y se había convertido en algo que se movía solo.

El día
El 12 de abril llegaron cuatro mil personas. Vinieron en buses desde Sicilia, desde Torino, desde Milán, desde Roma, desde Calabria. Algunos salieron a las cuatro de la mañana para estar a las doce. Otros cruzaron en ferry desde Ischia. Hubo gente que llegó en avión.

La parrilla no paró desde el mediodía hasta las nueve de la noche. Martín Ruffini, el único cocinero argentino que viajó especialmente para el festival, despachó para un flujo casi constante de unas quinientas personas durante esas horas. “Fue un tremendo desafío para trabajar para tanta gente. Lindo, agotador, pero lindo”, dice. Por su stand pasaron figuras del ambiente napolitano y también Diego Maradona Junior, presencia que en esa ciudad no necesita demasiada explicación.

La parrilla se desbordó. Juan Bautista y Fede corrían de un lado al otro —a la barra, a la entrada para hacer pasar un camión por las calles angostas de Nápoles, a la parrilla a apagar problemas—. En un momento, un chico se acercó a Juan Bautista y le dijo que si necesitaba ayuda en la parrilla, se metía. Y se metió. “Esas cosas donde la gente te ayuda desinteresadamente a mí me llenan un montón”, dice Juan Bautista. También hubo una masterclass de alfajores protagonizada por chefs que trabajan en restaurantes con estrella Michelin.

La grilla de músicos tenía sus horarios, sus sets, su orden. Nada de eso importó demasiado cuando llegó el momento: todos terminaron tocando juntos. Los músicos se mezclaron con otros colegas en el escenario. Darío Sansone, cantautor muy conocido en Nápoles que iba a tocar solo con su guitarra, terminó dando su show con los músicos argentinos acompañándolo. Nadie lo había planeado. La espontaneidad argentina al palo. “Esos mini espacios y momentos donde se generó esta conexión, para mí era un poco lo que buscábamos”, dice Juan Bautista.

Lo que se extraña
Hay algo que los números no explican del todo. Cuatro mil personas, sí. Buses desde seis ciudades, sí. Pero Juan Bautista habla de otra cosa cuando describe lo que vio ese día: gente llorando, abrazándose, viniendo a decirle que hacía diez años que no volvían a casa, que acá también se hace difícil, que Europa no es lo que parece desde lejos.
“Mucha gente viene con un sueño de cambiar totalmente, y acá también se hace difícil, se extraña, la gente sufre”, dice. Esa frase sintetiza algo que el festival, sin proponérselo como objetivo principal, terminó tocando: la vida real de la diáspora argentina en Europa, que no siempre es la postal que se sube a Instagram. La distancia tiene un peso concreto, y hay cosas —el asado, el fernet, una chacarera, el olor del choripán— que lo hacen sentir de golpe.

Para los napolitanos, el vínculo con Argentina tiene su propia historia. Maradona sigue siendo una presencia viva en la ciudad: hay murales, hay altares, hay una devoción que no necesita explicación. Pero Orilla intentó mostrar que Argentina es también otra cosa, más allá del Diego. “Hacer una degustación de vinos en Nápoles, la tierra del Diego, donde todos lo aman, y es una locura la conexión que hay con Argentina. Pero faltaba también de decir: mostremos otras cosas del país de donde viene Diego, para que la gente también sepa”, cuenta Juan Bautista.
El resultado fue un grupo de WhatsApp con 500 miembros que no paran de hablar. Gente que no se habría conocido de otra manera —un chico de veinticinco, una mujer de cuarenta, un hombre de cincuenta— planeando ir juntos al estadio Diego Armando Maradona a tomar mate. “De repente pasa todo esto... es muy loco”, dice Juan Bautista.
“Muchos dijeron que no entendían por qué no se había armado esto antes; fue muy emocionante para nosotros también”, completa Fede.

La segunda orilla
La primera edición tuvo errores. Juan Bautista los admite sin rodeos: en cualquier primera edición los hay. Pero algo llama la atención: casi no hubo quejas. “La gente superpredispuesta, tirando para adelante siempre”, dice. Eso también es parte del diagnóstico: cuando hay algo que represente y que motive, el argentino va.
Ruffini volvió a Pergamino con la cabeza llena de contactos y con la certeza de que habrá más. “Queda abierto a muchas cosas, como para volver a Italia, a Nápoles, a Roma y poder concretar muchas más de este tipo de experiencia”, dice. Para Juan Bautista, la segunda edición ya está en marcha. Quieren un lugar más grande, más gente, arreglos con alojamientos para que los argentinos de toda Europa puedan planificar el viaje. La idea es que Orilla deje de ser una sorpresa y se convierta en una cita.
Juan Bautista dice que todavía no cayó del todo. Que estuvo trabajando sin parar durante el festival y que los momentos en que pudo frenar no podía creer lo que estaba viendo. “Hicimos felices a mucha gente. Eso me lo han dicho todos, desde el fotógrafo que vino a sacar fotos hasta todos los chicos que participaron. Estaban todos muy conmovidos y agradecidos con el espacio que se pudo generar.”
Afuera, el humo seguía saliendo de la parrilla. Las calles napolitanas, angostas y ruidosas, absorbían el sonido de una guitarra que no distinguía entre orillas.

1Dejaron su empresa para mudarse a las sierras y armar una posada campestre
2Se instalaron en las sierras para cultivar lavandas y convirtieron su emprendimiento en atractivo turístico
36 parques nacionales para disfrutar especialmente en otoño
4Tres amigos y una bodega construida con chatarra que nació de casualidad





