Temple Bar es el nombre de un barrio icónico de la capital irlandesa y de su pub homónimo. En otra punta de la ciudad, el museo Guinness rinde culto a la cerveza negra más famosa del mundo.
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El buen ánimo reina en los mil y un pubs que pueblan los barrios de Dublín. De un lado y del otro del río Liffey, bares, calles peatonales y no, restaurantes, parques, plazas y jardines están inmersas en ese estado de ánimo de cierta euforia existencial casi constante que impregna la vida cotidiana de la patria chica de Joyce.

The Temple Bar
The Temple Bar es la zona céntrica delimitada por el río Liffey, la Dame St., el puente O’Connell y la catedral de la Santísima Trinidad (el templo protestante más antiguo de la ciudad), donde se concentra la mayor actividad de la vida nocturna.



Es en el cogollito de este animado barrio donde echa sus cimientos The Temple, el paradigmático e histórico pub siempre desbordado de adeptos que trascienden la misma calle. Música en vivo, patio para fumadores y varios salones en los que jóvenes de cualquier edad adoran amucharse definen el carácter de este ícono urbano, otra inmersión en el entusiasmo dublinés. Aquí, David Bowne rompió el récord Guinness en maratón de guitarra: tocó, del 12 al 17 de junio de 2011, 114 horas en vivo.
Museo Guinness
Cebada, mucha cebada, lúpulo, agua y levadura hacen falta para la elaboración de la emblemática Guinness, tan negra y tan cerveza, única e inimitable. Tan Irlanda. Sus habitantes insisten en que no se trata de una cerveza negra: es Guinness. Punto.

Esta historia empezó hace dos siglos y medio cuando, en 1759, Arthur Guinness sellaba formalmente un contrato de alquiler de una destilería de Saint James’s Gates Brewery. La fábrica cerró en 1988; doce años después, las mismas puertas volvían a abrirse para mostrar el renacimiento de las instalaciones originales en museo, un delirio escénico extraordinariamente bien armado y repartido en siete pisos.


El recorrido de la vieja fábrica es un viaje sensorial tan colmado de efectismos como instructivo; el antiguo equipamiento (tostadero, molino, alambique, los grandes barriles de madera), medios de transporte, formas de conservación, el arte de la tonelería y sus múltiples herramientas, etcétera… cada paso dado a lo largo del tiempo hasta el presente es mostrado y explicado con puntillosidad académica. Por ejemplo, la permanencia de la espuma de una Guinness –mucho más prolongada que la de cualquier otra cerveza del mundo– está maravillosamente representada en estereogramas (imágenes en 3D), igual que otros pormenores técnicos que, de otra manera, resultarían verdaderos ladrillazos para la mayoría.

Juegos interactivos y degustaciones tampoco faltan y un final por todo lo alto: en el último piso, el Gravity Bar ocupa la terraza de la antigua fábrica, área acristalada que permite tener una visión de la ciudad casi 360 grados mientras del otro lado de la barra no paran de servir medias pintas de Guinness tirada. Esto sucede todos los días de 9.30 a 19; el último acceso es a las 18.
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