A 4.722 kilómetros de la capital argentina, en el nordeste de Brasil, existe un municipio de 13.000 habitantes que cultiva caña de azúcar, baila maracatu y se llama, desde hace casi un siglo, Buenos Aires. Tiene un club llamado Boca Juniors, un rival que se llama River Plate en el pueblo vecino, y una hinchada organizada que alienta a la selección argentina durante todo el año.
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Mundial de Qatar 2022. Las calles de Buenos Aires están en llamas. Bombas de estruendo revientan en cada gol argentino. Los gritos de “dale campeón” se propagan de vereda en vereda, de ventana en ventana, como si la alegría fuera un incendio que nadie quisiera apagar. Los hombres salen corriendo con la camiseta celeste y blanca, los chicos celebran sin entender del todo por qué, y los ancianos interrumpen su partida de dominó para mirar hacia arriba, agradeciendo al cielo. Cualquiera podría imaginar estas escenas en medio del bochinche del barrio de La Boca, o en Palermo, o en cualquier rincón de la ciudad. Sin embargo, estamos en Pernambuco, nordeste de Brasil, a 4.722 kilómetros de la capital argentina, en un municipio que cultiva caña de azúcar, baila maracatu y se llama, desde hace casi un siglo, Buenos Aires.

El argentino de la calle sin nombre
En enero de 1999, Leonardo Caponi llegó a Recife desde Realicó, un pueblo del norte de La Pampa, enviado por la empresa para la que trabajaba a instalar un sistema de lotería. Pocos meses después conoció a Josiane, que sería su esposa. Un día, casi por casualidad, vio su documento de identidad. Lugar de nacimiento: Buenos Aires. “Me dijo en broma que había nacido en Argentina, pero que había venido de chica a Brasil y por eso no sabía hablar español. Lo creí por un momento”, recuerda. “Pero después me contó sobre el pueblo, y eso me pareció más increíble aún”, agrega.
Caponi notó algo que cualquier argentino notaría: el nombre estaba escrito en español. En portugués debería ser Bons Ares. Esa rareza lo intrigó durante años. Hoy, más de un cuarto de siglo después, Leonardo Caponi es el único argentino que vive en Buenos Aires. El único extranjero, de hecho, en un pueblo de 13.000 personas. La calle donde vive tiene nombre oficial, pero los vecinos la conocen de otra manera: a rua do argentino.

El cura, el ingenio y el nombre
El origen del nombre es una historia que se cuenta de muchas formas, y esa multiplicidad de versiones dice algo sobre la naturaleza de los lugares que necesitan inventarse una identidad. La versión que se escucha con más frecuencia es que el pueblo se llamó primero Jacú, en honor a una especie de ave negra que abundaba en la zona. Pero Caponi, que desde hace quince años recorre la región con un detector de metales buscando reliquias del pasado -y que sueña con abrir algún día un pequeño museo para donarlo al pueblo-, encontró algo que desacomoda esa historia. “Un día, estudiando mapas antiguos, encontré uno de fines del siglo XIX donde aparecían Buenos Aires y Jacú como dos lugares diferentes, separados por pocos kilómetros.

Fue ahí que entendí que había una confusión histórica, algo que no encajaba, y me propuse descubrirlo”, relata. Lo que Caponi reconstruyó es esto: a fines del siglo XVIII ya existía en la región un ingenio azucarero, ese pequeño “estado cuasi medieval” donde la vida giraba alrededor de la plantación, la cosecha y el procesamiento de la caña. El dueño del ingenio, un tiempo después, trajo a un cura para dar misa y orientar a patrones, trabajadores libres y esclavizados sobre los misterios de la fe cristiana. El sacerdote, que según la crónica local había conocido Buenos Aires, la capital del Río de la Plata, dijo al llegar que el aire del lugar le recordaba al de aquella ciudad lejana. El dueño del ingenio aceptó el bautismo. El lugar pasó a llamarse Buenos Aires.

No hay forma de verificar qué vio exactamente ese cura cuando miró los campos de caña colorada y respiró el aire húmedo de la Zona da Mata Norte. Quizás vio algo. Quizás solo quiso nombrar la nostalgia. Con el tiempo, más casas fueron rodeando al pequeño grupo original. En 1920 fue reconocido como distrito, en 1928 obtuvo el estatus de villa y en 1963 se emancipó definitivamente del municipio de Nazaré da Mata. Jacú, el otro ingenio, el del pájaro negro que ya no existe porque los cafetales y las selvas que lo alimentaban fueron arrasados por la expansión cañera, quedó como un nombre que la historia confundió con el propio.
La directora que quiso conocerla
Para llegar a Buenos Aires hay que querer llegar. La ciudad no queda de paso hacia ningún otro lugar. Está a 79 kilómetros de Recife, pero es una distancia que funciona como un umbral: quien la cruza lo hace con propósito. Tuca Siqueira, directora y guionista recifense con más de 20 años de trabajo en el campo audiovisual, llegó por primera vez a través de un libro de fotografías de Josivan Rodrigues. Le dio curiosidad. Volvió varias veces. En 2017 consiguió financiamiento para desarrollar el guion de un documental, que finalmente filmó durante el Mundial de 2022.
El resultado de esos años de investigación y rodaje es Buenos Aires, un largometraje documental que se estrenará en cines el 12 de junio -días antes del inicio del Mundial 2026- en São Paulo, Río de Janeiro, Salvador, Recife, Fortaleza y Vitória. La película todavía está en proceso de negociación con plataformas de streaming brasileñas, y sus productores trabajan para que sea seleccionada en festivales y licenciada por plataformas argentinas y extranjeras.
Siqueira define su película con una frase que podría servir como clave de lectura de todo lo que sucede en ese pueblo: “Es un largometraje documental de paisaje sobre el hiato entre lo que se quiere ser y lo que se puede ser“.
La vida que el nombre no eligió
Acostumbrado a los paisajes de La Pampa, Caponi tenía en la cabeza una imagen muy definida de lo que era un pueblo rural. Esa imagen no encajó en nada con lo que encontró en Buenos Aires. “Me sorprendían escenas que para mí eran completamente nuevas: burros cargados con enormes bidones de agua, uno a cada lado de la montura, formando hileras de cinco, seis o más animales, uno detrás de otro, guiados por el vendedor de agua. O la feria, que ocupa una calle durante un par de días y donde se puede comprar desde verduras frescas y ollas de aluminio hasta gallinas vivas”, describe.

La vida en Buenos Aires tiene un ritmo marcado por el sol, que en esa latitud -casi en línea con el Ecuador- es una presencia física, casi tiránica. Antes de las cinco de la mañana ya hay movimiento. A medida que avanza la mañana las calles se llenan de gente caminando, conversando, yendo en moto, sentada en las veredas. Al mediodía, con el sol cayendo a plomo, todo entra en una especie de pausa. El sol se pone antes de las seis de la tarde y una hora después la mayoría ya cenó y se prepara para dormir. Muchas cosas permanecen casi inmutables, dice Caponi: “Las personas que muy temprano, apenas amanece, ‘sacan a pasear’ a sus pájaros en jaulas. Los gritos amistosos de una punta a la otra de la calle. Los chicos jugando descalzos al fútbol o remontando barriletes. Y los ancianos, por las noches, jugando al dominó en la vereda, golpeando con fuerza las fichas sobre una tabla improvisada como mesa”.

La economía del pueblo sigue atada, como hace dos siglos, a la caña de azúcar. Los ingenios coloniales -Criméia, Conceição, Bandeirantes, Cavalcanti- todavía están en pie, algunos reconvertidos en hospedajes para el turismo rural, otros simplemente resistiendo. En el pueblo, los artesanos producen piezas de papel reciclado, bordados, cestería y, sobre todo, los adornos que visten al maracatu: las golas de los caboclos de lanza, los estandartes de las naciones. Porque Buenos Aires, más allá de su nombre, es un pueblo del interior pernambucano, y eso significa algo específico en términos culturales. Tiene al menos seis grupos de maracatu -Estrela Dourada, Leão Vencedor, Leão Coroado, Leão Mimoso, Leão Vencedor das Flores, Pavão Voador-, dos grupos de caboclinho y una tradición de cultura popular que hunde sus raíces en los mismos ingenios que le dieron nombre. El maracatu rural, también llamado de baque solto, nació en los cañaverales de la Zona da Mata Norte en el siglo XIX, cuando los trabajadores rurales encontraron en él una forma de expresar, con lanzas y ritmos y plumas de colores, algo que el trabajo les negaba: la libertad. Ese es el Buenos Aires real. El que existe todos los días, con o sin Mundial.
Boca, River y la celeste y blanca
Pero el Mundial existe, y cuando existe, algo cambia. “Sí existe una tradición muy marcada de hinchar por Argentina, y no solo durante los mundiales”, dice Caponi. “En el pueblo hay un club llamado Boca Juniors, y además muchas personas siguen a la selección argentina y a clubes argentinos durante todo el año", cuenta. El mayor rival de Boca, obviamente, se llama River Plate, que tiene su sede en un pueblo vecino llamado, con otra vuelta de tuerca geográfica, Asunción. El equipo se completa con un tercero, el Peñarol Fútbol Clube, que evoca al histórico club uruguayo.

La hinchada organizada de la selección argentina está activa todo el año: son brasileños que eligieron alentar al archirrival de Brasil. Para Tuca Siqueira, “se trata de un grupo de brasileños creando una identidad única”, algo indivisible del nombre elegido por la ciudad, pero que tuvo su catalizador exclusivo con el fútbol. Caponi, que vive ese fenómeno desde adentro, lo describe en términos más futboleros: “En general se vive con humor y folklore futbolero. Hay algunas pocas personas que los critican por no alentar a Brasil, pero nunca vi que eso generara una tensión real más allá de la clásica rivalidad futbolística”.

Con cada Mundial, los canales de televisión del país se acuerdan de que existe este pueblo. Llegan periodistas, fotógrafos, camarógrafos. Muestran las camisetas celestes y blancas, el nombre del pueblo en el cartel de la ruta, la paradoja enclavada en pleno nordeste brasileño. Terminado el torneo, los hinchas siguen usando la camiseta, siguen discutiendo de fútbol, siguen tirando bombas en cada uno de los goles.
Una identidad sostenida en el aire
Siqueira descubrió, durante su investigación, que más allá del fútbol los rastros reales de Argentina en Buenos Aires son casi nulos. El interés por el idioma, por la cultura, por cualquier cosa que no sea la celeste y blanca es, según ella, casi inexistente. La conexión con Argentina es una proyección, un deseo, una identidad que se construye y se sostiene en el aire -en los buenos aires- de cuatro semanas cada cuatro años. Caponi, el único argentino real del pueblo, lleva más de dos décadas siendo esa rareza encarnada. Todos lo conocen. Muchas veces alguien le estrecha la mano solo para decirle: “Siempre quise saludar a un argentino”.

Hay tiendas y comercios que llevan el nombre Buenos Aires. Y la esposa de Caponi enseña español en el pueblo. Hay algo en esa imagen que conviene detenerse a mirar: en Buenos Aires, Pernambuco, el único argentino es el marido de una mujer nacida allí, que llegó por accidente y se quedó por amor, y cuya esposa ahora enseña el idioma de ese nombre que el lugar lleva sin haberlo elegido del todo. El cura que bautizó el ingenio hace más de dos siglos ya no está. Pero el nombre quedó, y el nombre hizo algo. “Este pueblo me enseñó la importancia de sostener los sueños sin juicios”, dice Tuca Siqueira.
Quizás eso sea lo que hace Buenos Aires, Pernambuco, con su nombre: sostenerlo, como esa clase de sueño al que uno vuelve aunque sepa que al despertar el sol ya estará cayendo a plomo sobre los cañaverales, y los ancianos habrán sacado el tablero de dominó a la vereda, y los chicos descalzos habrán retomado su partido interminable, y la ciudad seguirá siendo, en todo lo que importa, perfectamente sí misma.

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El documental Buenos Aires, de Tuca Siqueira, se estrena el 12 de junio de 2026 en cines de São Paulo, Río de Janeiro, Salvador, Recife, Fortaleza y Vitória.
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