La pólvora y los chimangos
Se sabe que la verdad es la primera víctima en las guerras. Así se ha dicho desde, al menos, la primera guerra mundial, y nada hasta el momento ha permitido desmentir esa premisa. Hablando de vínculos humanos, hay que ser perspicaz y saber si, a la hora de hablar con alguien, se está generando un diálogo o, por el contrario, se está en batalla. Solo sabiendo distinguir entre una conversación y una guerra discursiva es que se conseguirá evitar gastar pólvora en chimangos, intentando acceder a una verdad que, de antemano, está destinada a ser eclipsada por el afán guerrero.
Si usted está intentando generar una conversación en la que, aunque sea de manera mínima, tiene en cuenta lo que el otro dice y, a la vez, está dispuesto a otorgarle a las evidencias y argumentos un lugar de importancia (aun a costa de que eventualmente los mismos contradigan su deseo) usted está conversando y no guerreando, por intenso que sea el intercambio.
Si, por el contrario, usted está en un intercambio en el que se desea eliminar al otro del mapa y, para ello, se usa el desprecio, el grito, la amenaza y la zancadilla discursiva, digámoslo sin vueltas: se trata de una guerra y, por lo tanto, la verdad (siempre parcial, pero verdad al fin) quedará sepultada bajo los gritos y la mera fuerza de los discursos blindados y pagados de sí mismos.
Convengamos que hoy en día la guerra discursiva se impone en demasiados ámbitos, y anda todo el mundo por ahí gritando, haciendo zancadillas, amedrentando a fuerza de insultos a quienes piensan y no meramente repiten consignas, y es así que, al final de cuentas, todo se vuelve guerra, aunque se disfrace de argumentación. Se sabe que el que está en plan bélico usa los datos que tiene para que se amolden a sus premisas preestablecidas. Todo sea por la causa. De nada vale desgañitarse en argumentos con aquellos que no les otorgan ningún valor, ya que su idea es eliminar al enemigo (usted, por ejemplo) de la ecuación y no acceder a ningún tipo de concordia.
Sí, es verdad: estamos hablando de “ellos”, los malos de la película que, bravucones anónimos de Twitter, soldados a las órdenes de un “master plan” que requiere la victoria discursiva, pretenden golpear y aplastar, viendo la conciliación como signo de debilidad. Pero en este plano siempre es bueno un toque de autocrítica, no sea cosa que se caiga en la misma, y entre bandos contrincantes se sumen fuerzas para ser, entre todos, los sepultureros de la verdad. Esa tan esquiva e inabarcable que se ríe de quienes pretende enjaularla en su mapa conceptual.
Todo lo antedicho parece remitir al clima político, a las batallas que hoy hacen volar misiles insultantes en las redes, toda esa vehemencia peleona ofrecida en nombre de un mundo mejor gracias a que “ellos” deberían ser eliminados. Pero nos quedaríamos cortos si nos limitamos a esos paisajes, y no mencionamos otros distintos, como las discusiones de pareja, por ejemplo, en las que la impulsividad se disfraza de argumento, pero en realidad desea imponerse sobre el otro para dominarlo y someterlo. Cuando en las discusiones “ganar” es “dejar sin palabras” al otro, estamos ante una guerra, no una conversación, ya que, al menos en parte, “con-versar” es generar un discurso en el que ambos tengan palabras, y que desde allí se arme un texto compartido.
Así las cosas, volvamos a lo de los chimangos. Si usted está con alguien que quiere batallar y no conversar no se gaste: los argumentos de nada valdrán. Usted creerá que no logra hacerse entender, pero no se dará cuenta de que el batallador ya entendió, pero no le importa lo que usted diga, dado que lo que desea es ganar porque, para él, la verdad es única y está de su lado: el único lado posible y el único merecedor de existencia.







