Mona Gallosi: “Un buen cóctel es como una persona que te gusta”
Bartender y embajadora de reconocidas marcas, cuenta cómo construyó su perfil de empresaria gastronómica
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En una exfábrica de envasados reciclada y remodelada por el arquitecto Ricardo Gilardi, en Chacarita (Fraga 93), se levanta Punto Mona, uno de los lugares más efervescentes de la noche porteña. Con un diseño industrial y glamoroso, ostenta una barra y un ambiente que no dejan de convocar a un público ávido de experiencias de calidad. ¿Quién es la cabeza detrás del proyecto? Mona Gallosi, bartender y empresaria gastronómica con amplia experiencia en el rubro.
“Un buen cóctel es como una persona que te gusta, lo primero que hacés es observar”, aprecia la rionegrina que hace más de 25 años se vino a la gran ciudad a estudiar. Hoy, no solo es una de las profesionales de las bebidas más reconocidas del país sino que fue embajadora de marcas y realizó diversas asesorías en gastronomía, muebles, indumentaria, cristalería, estética y barras móviles en eventos corporativos, donde se hizo muy fuerte.

En su bar, ese multiespacio que encontró hace ocho años y que fue una apuesta cuando Chacarita aún no estallaba, la bartender se expresa con una barra que ofrece más de 20 cócteles innovadores. “Estamos en un momento minimalista, trabajamos el vaso desde la transparencia. Si va a ser así, el hielo debe llamar la atención y la cristalería acompañar. Y al llevarlo a la nariz es como el perfume, te tiene que acercar, luego lo probás y te enamorás”, dice.
–Primero lo primero: ¿cuál es tu verdadero nombre?
–Me llamo María Cecilia. Desde que nací me dicen Mona. Soy la mujer después de dos varones que me peleaban mucho y me decían que era muy fea, como un monito. De ahí me quedó Mona, yo me reía. Cuando empecé a hablar y me preguntaban cómo me llamaba en la guardería decía Mona Gallosi y ahí quedó. Abuelos, tíos, jardín, colegio. Si me decís Cecilia no me doy vuelta, María Cecilia puede ser que sí.

–Todo eso sucedió en el sur. ¿Cómo es ser patagónica? ¿Hay algo de crecer allá que te conectó con los sabores?
–Roza lo hostil. Hay días que no podías salir, tenías que quedarte en casa o hacía mucho frío aunque te abrigaras. Ser patagónica es tener un poco más de fuerza. El viento, el clima, el caudal. Tenés que ser fuerte, me ayudó a desarrollar eso. Y además desde muy chica me subía a los árboles y me comía las moras. Iba a lo de mi abuela paterna, que tenía una chacra y cosechaba las uvas, los tomates, las aromáticas. Desde muy chica cocino, cocinaba con ella que no me dejó usar la pastalinda hasta que aprendí a cortar los fideos con cuchillo. Ella me enseñó a entender la vegetación y la cocina. Mi otra abuela fue más de lo estético, me aportó ser coqueta, estar arreglada, tener luz en la cara. De eso se trató mi niñez, con una jugaba a la casita y a la cocina y con la otra me maquillaba y me iba a la oficina. Yo era la mascota de mis hermanos, con ellos aprendí el lenguaje de los varones, la picardía.
–¿Y eso te ayudó a hacerte camino en una industria de varones?
–Sí, porque me ayudó a poner una distancia con los hombres, a entender el doble sentido, poder salir airosa y con una sonrisa de ciertas situaciones. Siempre jugué con ellos a cosas más masculinas como softball, fútbol, carreras. Sola sí jugaba a las muñecas. Me dio cierta fuerza física que luego necesité para levantar cajones y cargar freezers. Ellos me ayudaron a poder soportar el ritmo gastronómico.

–En el 98 te fuiste de tu ciudad natal, ¿hacia dónde?
–Me fui de Cipolletti a La Plata, me mandaron a estudiar, hice dos años de periodismo. En esa época hice terapia, estaba deprimida porque yo quería ir a Buenos Aires, donde estaban mis amigos, no a La Plata, que mis padres veían como seguro. Mi psicólogo me sugirió que volviera a trabajar, que me esforzara, y empecé como moza o bartender los findes. Cuando pude ahorrar corte el cordón y les dije a mis papás que me iba. Así que llegué a los 20 a esta ciudad para estudiar diseño de indumentaria. La única manera de laburar era hacerlo en gastronomía para poder estudiar de día y trabajar de noche. Buenos Aires se convirtió en mi lugar en el mundo, aunque no reniego de Neuquén, donde también viví. En esa época yo estaba con sobrepeso y las oportunidades no las podía tener por mi cuerpo, hasta que encontré un lugar que me aceptó como era: un restó tailandés donde trabajé 12 años, en el centro.
–¿Cuándo arrancás como comunicadora?
–Ya había empezado a trabajar en radio Metro, haciendo segmentos de coctelería en la radio, en el 2005, y estuve hasta 2023.
–¿Y por qué te eligieron las marcas?
–Empecé a trabajar como embajadora de las marcas. Me convertí en una bartender de oficio, pero con mucha info porque estaba todo el tiempo incorporando. Vi la veta de poder ganar dinero y crecer de esta manera orgánica, dejé el diseño para abocarme a la coctelería y empecé a hacer cursos. Sabía cómo hablar, cómo transmitir y de qué estaba hablando, con conocimiento. Y al momento de hacer la foto, daba bien en cámara. Era 360. A ellos también les convenía porque les era más rentable.
–¿Cómo es hoy un día típico tuyo?
–Parte de mi vida es arriba de la camioneta. Llevo a todos lados a mi hijo. Me traslado mucho de reunión en reunión. Llevo el bolso del gimnasio y la lonchera que mantiene el frío así me llevo una comida que me va a nutrir y me hace bien. Cambié mucho desde que tuve un burnout, hace cinco años: entendí que mi motor es mi cuerpo. Si bien está en la naturaleza de mi trabajo y en mi ADN ser multifacética, no se trata solo de ir al bar. Tengo otras unidades de negocio y soy cabeza de equipo, lidero mucha gente y eso implica mucho movimiento. No había leído la letra chica de la maternidad: no es que los nenes crecen y te liberás, necesitan otro cuidado y acompañamiento. Soy una mamá presente y me gusta.
–¿Cómo ensamblás tu maternidad con el trabajo de noche?
–No es fácil, no tengo socios así que soy yo en todo. Lo próximo que emprenda no será así porque es mucha presión. Tengo que estar, tomar decisiones. Tengo un buen compañero: a Juan la paternidad lo agarró más grande, resuelto, se puede tomar los tiempos que quiera. Es un papá presente y amoroso, un marido que me apoya y cree en mí, eso me ayuda. Después de la pandemia que tuve este burnout sentí como una muerte, el sistema en el que venía viviendo no podía continuar. Mi hijo y yo no podíamos estar en un segundo plano. Entendí que tenía que delegar para disfrutar de todo lo otro. Trabajo menos horas, pero más concentrada, y tengo menos desgaste, hago un servicio por semana. Y luego sí, quiero estar en el concert, participar en la feria de ciencia, y con el celu apagado.
–¿Por qué siempre te vemos con esos maxi accesorios espectaculares?
–Porque me gusta lo brutalista. Me parece que necesitaba algo que me destaque, siempre fui muy de arreglarme pero me faltaba un accesorio que me identificara, esto de usar aros grandes, collares, pulseras. Creo que habla de un estilo propio, de saber lo uno puede llevar.






